Qué son las vitaminas: tipos, funciones y clasificación

Las vitaminas son sustancias orgánicas que nuestro organismo necesita en cantidades relativamente pequeñas para mantener multitud de funciones vitales. No proporcionan energía como los hidratos de carbono, las grasas o las proteínas, pero sin ellas muchas de las reacciones que permiten utilizar esos nutrientes sencillamente no funcionarían correctamente.

El origen de su nombre es bastante curioso.

El bioquímico Casimir Funk (1884-1967), nacido en Polonia y posteriormente nacionalizado estadounidense, formuló en 1912 la hipótesis de que determinadas enfermedades estaban relacionadas con la ausencia en la alimentación de unas sustancias esenciales.

Funk utilizó el término vitamine, formado a partir del latín vita, vida, y amine, amina, porque inicialmente pensó que estas sustancias pertenecían químicamente al grupo de las aminas.

Después se descubrió que no todas lo eran, pero el nombre ya había hecho fortuna y terminó convirtiéndose en el actual vitamina.

Con el tiempo se fueron identificando diferentes vitaminas y se las denominó mediante letras. Algunas de aquellas primeras denominaciones desaparecieron cuando se descubrió que dos supuestas vitaminas eran en realidad la misma sustancia, que determinadas sustancias no cumplían los requisitos para considerarse vitaminas o que una letra agrupaba varios compuestos diferentes.

El ejemplo más conocido es el complejo B.

Hoy reconocemos 13 vitaminas esenciales para el ser humano y las dividimos fundamentalmente en dos grandes grupos según su solubilidad: liposolubles e hidrosolubles.

Vitaminas liposolubles

Son aquellas que se disuelven en grasas y cuya absorción intestinal está estrechamente relacionada con la digestión y absorción de los lípidos.

A este grupo pertenecen:

  • Vitamina A

  • Vitamina D

  • Vitamina E

  • Vitamina K

El organismo puede almacenar cantidades importantes de algunas vitaminas liposolubles, principalmente en el hígado y en el tejido adiposo. Precisamente por esta capacidad de almacenamiento, un exceso mantenido de determinadas vitaminas liposolubles puede acumularse con mayor facilidad que en el caso de muchas vitaminas hidrosolubles.

Para absorberlas correctamente necesitamos una adecuada digestión de las grasas. Por esta razón, los problemas que alteran la producción o circulación de bilis, la función pancreática o la absorción intestinal de grasas pueden terminar afectando también a las vitaminas A, D, E y K.

Cada una tiene funciones completamente diferentes.

La vitamina A está relacionada, entre otras cosas, con la visión, las mucosas, la piel y el sistema inmunitario.

La vitamina D participa en el metabolismo del calcio y el fósforo, los huesos, los músculos y numerosas funciones celulares.

La vitamina E destaca por su función antioxidante y por la protección de las membranas celulares.

Y la vitamina K participa especialmente en la coagulación sanguínea y en proteínas relacionadas con el metabolismo óseo.

Las vitaminas liposolubles pueden resistir determinados procesos culinarios mejor que algunas vitaminas hidrosolubles, pero esto no significa que la cocción no pueda afectar nunca a su contenido.

Vitaminas hidrosolubles

Las vitaminas hidrosolubles se disuelven en agua.

A este grupo pertenecen la vitamina C y las diferentes vitaminas del complejo B:

  • Vitamina B1 o tiamina

  • Vitamina B2 o riboflavina

  • Vitamina B3 o niacina

  • Vitamina B5 o ácido pantoténico

  • Vitamina B6

  • Vitamina B7 o biotina

  • Vitamina B9 o folato

  • Vitamina B12 o cobalamina

  • Vitamina C

Algunas son bastante sensibles al calor, al oxígeno, a la luz o a los procesos de cocción y, al ser solubles en agua, una parte puede terminar en el agua donde hemos cocinado los alimentos.

Por eso, cuando queremos conservar mejor estas vitaminas, puede ser interesante utilizar cocciones cortas, poca agua o cocinar al vapor. Y si hemos preparado un caldo o un guiso y consumimos también el líquido, parte de las vitaminas que han pasado al agua no se pierden: nos las comemos igualmente.

Suele decirse que las vitaminas hidrosolubles no se almacenan y que cualquier exceso se elimina por la orina. Como regla sencilla sirve para entender la diferencia con las liposolubles, pero no es completamente exacto.

El ejemplo más claro es la vitamina B12, de la que podemos mantener reservas hepáticas suficientes para varios años.

¿Por qué necesitamos vitaminas?

Las vitaminas intervienen directa o indirectamente en prácticamente todos los sistemas del organismo.

Muchas funcionan como precursoras de coenzimas, es decir, moléculas necesarias para que determinadas enzimas puedan realizar correctamente sus reacciones.

Participan en procesos relacionados con la producción de energía, formación de sangre, sistema nervioso, inmunidad, piel y mucosas, visión, metabolismo óseo, síntesis de ADN, protección antioxidante, coagulación y desarrollo embrionario, entre muchos otros.

Por eso la falta mantenida de una determinada vitamina puede producir una hipovitaminosis y, cuando la deficiencia es grave, enfermedades carenciales características.

El escorbuto por falta de vitamina C, el raquitismo asociado a una deficiencia grave de vitamina D o el beriberi por falta de vitamina B1 son algunos de los ejemplos históricos más conocidos.

Pero la historia de las vitaminas tiene otra parte mucho menos conocida.

Las antiguas vitaminas que ya no llamamos vitaminas

Si recuperamos libros antiguos de nutrición, naturopatía o bioquímica aparecen muchas más letras de las que encontramos actualmente en cualquier manual.

Vitamina F, vitamina H2, vitamina P, vitamina T, vitamina U...

No todas eran disparates ni sustancias inexistentes.

En muchos casos se descubrió posteriormente que eran moléculas reales e interesantes, pero que no cumplían los criterios necesarios para seguir clasificándolas como vitaminas.

Y a mí esta parte de la historia me parece especialmente interesante porque muchas de ellas continúan utilizándose y estudiándose hoy, aunque hayamos cambiado su nombre.

Vitamina F: los ácidos grasos esenciales

La antigua vitamina F no es realmente una vitamina.

Este nombre se utilizó para referirse a determinados ácidos grasos esenciales, principalmente el ácido linoleico, de la familia omega-6, y el ácido alfa-linolénico, de la familia omega-3.

Son esenciales porque nuestro organismo no puede sintetizarlos y necesita obtenerlos mediante la alimentación.

A partir de ellos podemos formar otros ácidos grasos de cadena más larga que intervienen en membranas celulares y en la producción de diferentes mediadores.

Una deficiencia grave de ácidos grasos esenciales puede producir alteraciones cutáneas, descamación, problemas de crecimiento y otras manifestaciones.

Los encontramos principalmente en aceites vegetales, semillas y frutos secos, mientras que sus derivados aparecen también en otros alimentos.

Así que la antigua vitamina F desapareció de la lista de vitaminas, pero los ácidos grasos esenciales siguen siendo esenciales.

Vitamina H2: PABA

La llamada vitamina H2 era el ácido paraaminobenzoico o PABA.

El PABA participa en el metabolismo del folato de determinadas bacterias y microorganismos. Precisamente ahí encontramos una curiosidad farmacológica: las sulfamidas actúan interfiriendo con esta vía metabólica bacteriana.

Durante años el PABA estuvo relacionado también con la pigmentación del cabello y se hizo popular en productos destinados a evitar el encanecimiento y en antiguos protectores solares.

Hoy no se considera una vitamina esencial para el ser humano, pero sigue siendo una molécula bioquímicamente muy interesante.

Vitamina L

Bajo el nombre de vitamina L se describieron antiguamente determinados factores que parecían estar relacionados con la lactancia.

Finalmente no se consolidó como una vitamina humana reconocida.

Es un buen ejemplo de cómo funcionaba la investigación nutricional de aquellos años: primero se observaba que un alimento contenía algún «factor» necesario para una determinada función y después había que descubrir qué sustancia era realmente y si cumplía los requisitos para considerarse una nueva vitamina.

Vitamina P: los bioflavonoides

La antigua vitamina P me parece mucho más interesante porque seguimos hablando continuamente de las sustancias que se escondían detrás de ese nombre.

El término se utilizó para diferentes bioflavonoides, entre ellos rutina, hesperidina y otros compuestos vegetales relacionados con la resistencia y permeabilidad de los capilares.

De ahí precisamente venía la letra P: permeabilidad.

Estos bioflavonoides aparecen en cítricos, trigo sarraceno, frutas, verduras y numerosas plantas medicinales.

La rutina, por ejemplo, sigue utilizándose por su relación con la fragilidad capilar y la circulación venosa.

Ya no hablamos de vitamina P porque estos compuestos no son vitaminas esenciales en el sentido actual del término, pero tampoco desaparecieron sus propiedades por haber perdido la letra.

Vitamina T

La vitamina T es una de las denominaciones más extrañas que podemos encontrar en los antiguos textos.

Se utilizaron nombres como termitina o torulitina para describir ciertos factores o complejos bioestimulantes relacionados con el crecimiento y asociados históricamente a levaduras o incluso a extractos procedentes de termitas.

Nunca llegó a establecerse como una vitamina humana esencial y actualmente la denominación vitamina T está prácticamente abandonada.

Pero ahí queda como una de esas pequeñas rarezas de la historia de la nutrición.

Vitamina U

La llamada vitamina U tampoco es una vitamina propiamente dicha.

El nombre se utilizó para la S-metilmetionina, un compuesto presente especialmente en la col y otras verduras.

La letra U procedía de ulcer, porque comenzó a estudiarse por su posible relación con la protección de la mucosa gástrica y las úlceras.

La encontramos principalmente en verduras como:

  • Col.

  • Brócoli.

  • Apio.

  • Perejil.

  • Algunas verduras de hoja.

La S-metilmetionina participa además como donadora de grupos metilo, lo que hace que siga siendo una sustancia interesante aunque ya no la llamemos vitamina.

Otras sustancias que antiguamente se acercaron al mundo de las vitaminas

En los antiguos textos encontramos además otras moléculas que llegaron a agruparse junto a las vitaminas o a recibir nombres vitamínicos provisionales.

Una de ellas es el ácido lipoico, actualmente conocido sobre todo como ácido alfa-lipoico. Participa como cofactor en importantes complejos enzimáticos relacionados con el metabolismo energético y tiene además propiedades antioxidantes.

El ácido orótico participa en el metabolismo de las pirimidinas y, por tanto, en procesos relacionados con la formación de nucleótidos.

El inositol, que durante un tiempo llegó a recibir el nombre de vitamina B8, participa en membranas celulares y sistemas de señalización y tiene una relación especialmente interesante con el metabolismo y la respuesta a la insulina.

Y encontramos también la ubiquinona o coenzima Q10, componente fundamental de la cadena respiratoria mitocondrial y, por tanto, de la producción celular de energía.

Ninguna de estas sustancias forma parte actualmente de las 13 vitaminas esenciales, pero todas tienen funciones biológicas reales.

Y ésta es precisamente una de las cosas que más me gustan de revisar la historia de la nutrición.

La ciencia no encontró un día una lista perfecta de vitaminas de la A a la K.

Fue encontrando factores desconocidos presentes en los alimentos, poniéndoles letras, separándolos, cambiándoles el nombre, descubriendo que algunos eran familias completas de sustancias y comprobando que otros, aunque fueran importantes, no eran realmente vitaminas.

Por eso todavía hoy hablamos de vitamina B12, vitamina K o vitamina C, mientras que la vitamina F terminó siendo omega-3 y omega-6, la vitamina P se convirtió en una historia de bioflavonoides y la vitamina U acabó siendo S-metilmetionina.

Las letras cambiaron.

Las moléculas siguieron ahí.

Este contenido tiene carácter educativo e informativo. Las necesidades de vitaminas dependen de la alimentación, edad, absorción, situación fisiológica, enfermedades y tratamientos de cada persona.

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