Beneficios y propiedades del agua alcalina

El agua alcalina es probablemente uno de los tipos de agua que más controversia ha generado. Para unos es poco menos que milagrosa y para otros no tiene ningún interés. A mí nunca me han gustado demasiado los extremos, porque en medio hay una fisiología bastante más interesante.

Para empezar, cuando hablamos de agua alcalina hablamos de un agua cuyo pH es superior a 7. Dependiendo de su origen puede ser un agua naturalmente rica en bicarbonatos y minerales, un agua cuya composición ha sido modificada o un agua obtenida mediante un ionizador.

Y esto último es importante, porque agua alcalina y agua ionizada no son necesariamente lo mismo.

Nuestro organismo, además, no funciona como una piscina a la que añadimos algo alcalino y automáticamente sube su pH. La sangre mantiene su pH dentro de unos límites muy estrechos, aproximadamente entre 7,35 y 7,45, gracias a diferentes sistemas reguladores en los que participan pulmones, riñones y tampones químicos.

Uno de los más importantes es el bicarbonato.

Cómo funciona el agua alcalina

El estómago mantiene un medio ácido necesario para la digestión, aunque su pH no es siempre el mismo: cambia en ayunas, después de comer y según la propia secreción gástrica.

Las células parietales producen ácido clorhídrico mediante un proceso en el que interviene la anhidrasa carbónica. En el interior de estas células, el dióxido de carbono y el agua permiten formar ácido carbónico, que posteriormente se disocia en hidrogeniones y bicarbonato.

Los hidrogeniones terminan participando en la secreción de HCl hacia el estómago mientras el bicarbonato pasa hacia la sangre. Después de comer se produce incluso un aumento transitorio de bicarbonato sanguíneo conocido como marea alcalina posprandial.

Por eso me parece mucho más interesante hablar de capacidad tampón y regulación ácido-base que decir simplemente que beber agua alcalina «alcaliniza la sangre».

El pH de nuestra sangre no debería cambiar apreciablemente porque bebamos un agua u otra. Precisamente disponemos de estos mecanismos para impedirlo.

El bicarbonato (HCO₃⁻) es uno de los grandes reguladores alcalinos del medio interno y trabaja conjuntamente con el sistema ácido carbónico/CO₂. Los pulmones regulan rápidamente el dióxido de carbono y los riñones participan tanto en la eliminación de hidrogeniones como en la conservación y regeneración de bicarbonato.

Es un sistema precioso y bastante más complejo de lo que suele contarse cuando hablamos de alimentación alcalina.

La investigadora Lynda Frassetto, de la Universidad de California en San Francisco, ha estudiado durante años la relación entre envejecimiento, función renal, alimentación y equilibrio ácido-base. Con la edad pueden producirse cambios en la capacidad renal para manejar la carga ácida y en las concentraciones de bicarbonato, especialmente cuando la función renal disminuye.

De aquí surge una cuestión que a mí sí me parece interesante: cuando hablamos de «alcalinizar el organismo» no necesitamos imaginar que vamos modificando el pH sanguíneo. Podemos estar hablando de bicarbonatos, minerales, carga ácida de la dieta y capacidad del organismo para mantener su medio interno.

Beneficios del agua alcalina

El primero es también el más sencillo: hidrata.

El agua es imprescindible para mantener el volumen sanguíneo, la termorregulación, el funcionamiento renal, la digestión, el tránsito intestinal, el transporte de sustancias y el funcionamiento normal del cerebro.

Una hidratación insuficiente puede manifestarse mediante cansancio, cefalea, disminución de la concentración y del rendimiento físico, estreñimiento, mareo o una orina más concentrada.

Durante años se afirmó que el agua alcalina estaba formada por pequeños «clusters» moleculares capaces de introducirse en las células mucho más deprisa que el agua normal. No hace falta recurrir a esa explicación para entender sus posibles particularidades.

Lo que sí debemos mirar es qué contiene ese agua.

Un agua naturalmente bicarbonatada no es igual que otra cuyo pH se ha elevado artificialmente. Y un agua obtenida mediante determinados ionizadores puede contener hidrógeno molecular disuelto, que constituye otra línea de investigación diferente del simple pH.

También puede variar enormemente su contenido en calcio, magnesio, sodio, potasio y bicarbonatos.

Digestión

El agua participa desde el comienzo de la digestión. Forma parte de la saliva, facilita el desplazamiento de los alimentos por el tubo digestivo y resulta fundamental para que la fibra pueda desarrollar correctamente sus funciones.

Las aguas bicarbonatadas tienen además una larga tradición de utilización digestiva, especialmente asociadas a comidas copiosas y determinadas molestias relacionadas con la acidez.

Aquí hay que recordar algo que a veces olvidamos cuando hablamos de alcalinización: necesitamos ácido clorhídrico en el estómago. No interesa mantener permanentemente neutralizado el medio gástrico porque su acidez cumple funciones fundamentales en la digestión.

Concentración, energía y dolor de cabeza

Nuestro cerebro contiene una proporción muy elevada de agua y es especialmente sensible a las alteraciones de hidratación.

Cuando falta agua puede disminuir la atención y aumentar la sensación de fatiga, y en algunas personas la deshidratación actúa como desencadenante o agravante del dolor de cabeza.

Lo mismo ocurre con el rendimiento físico. La pérdida de agua mediante sudor afecta al volumen circulante, la termorregulación y el esfuerzo que tiene que realizar nuestro organismo durante el ejercicio.

Cuando además existen grandes pérdidas por sudor entran en juego los electrolitos, especialmente el sodio.

Por eso no basta con mirar el pH de un agua. Su composición mineral puede ser mucho más interesante.

Riñones y eliminación

Los riñones son protagonistas absolutos del equilibrio de agua, minerales y pH.

Regulan sodio, potasio y otros electrolitos, eliminan productos del metabolismo y participan continuamente en el mantenimiento del equilibrio ácido-base.

Una hidratación adecuada favorece su funcionamiento normal y la producción de orina. Éste es uno de los sentidos fisiológicos que podemos dar a la palabra depuración: facilitar que nuestros propios órganos de eliminación dispongan del agua necesaria para realizar su trabajo.

Piel y envejecimiento

La hidratación también repercute en la piel, aunque no porque el agua alcalina penetre seis veces más rápido dentro de las células.

El estado de hidratación forma parte de las condiciones necesarias para mantener correctamente los tejidos.

Con la edad, además, disminuye muchas veces la sensación de sed y se producen cambios en la función renal, por lo que prestar atención al consumo de líquidos adquiere todavía más importancia.

En determinadas aguas electrolizadas se ha estudiado también el papel del hidrógeno molecular, relacionado con mecanismos de oxidación-reducción. Por eso conviene separar este campo del simple concepto de «agua con pH alto».

Batmanghelidj y la teoría de la deshidratación crónica

Buena parte de la popularidad de la hidratación como herramienta terapéutica se la debemos al médico iraní Fereydoon Batmanghelidj, autor de Your Body's Many Cries for Water.

Batmanghelidj consideraba que la sensación de sed aparece demasiado tarde para utilizarla como único indicador y que muchos síntomas aparentemente desconectados podían estar relacionados con estados mantenidos de deshidratación.

Su modelo relacionaba la falta de agua con el sistema de histamina, la regulación hormonal, el sistema renina-angiotensina-aldosterona, el metabolismo celular y diferentes mecanismos destinados a distribuir un recurso tan imprescindible como el agua cuando ésta escasea.

A partir de ahí estudió su relación con numerosos procesos.

En el aparato digestivo, daba mucha importancia al agua para la producción y posterior neutralización de las secreciones digestivas, así como para el tránsito intestinal. El estreñimiento es probablemente uno de los ejemplos más fáciles de comprender: aumentar mucho la fibra mientras mantenemos una ingesta insuficiente de líquidos puede empeorar considerablemente el problema.

También observó que muchas personas confunden en determinadas ocasiones la sed con el hambre. Beber agua no es un tratamiento del sobrepeso, pero aprender a reconocer nuestras señales de sed y sustituir bebidas calóricas por agua sí puede cambiar bastante nuestra alimentación.

En el sistema nervioso, relacionaba la deshidratación con cefalea, cansancio, cambios en el estado de ánimo y disminución de la concentración. El cerebro depende de una circulación y un equilibrio hidroelectrolítico adecuados, y tanto el agua como sodio, potasio, magnesio y otros minerales intervienen en la transmisión nerviosa.

Batmanghelidj concedió además mucha importancia a la relación entre estrés y agua. En situaciones de reducción del volumen circulante se activan mecanismos de conservación, entre ellos el sistema renina-angiotensina-aldosterona, destinado a mantener presión arterial, sodio y volumen.

Aquí encontramos una de las conexiones más interesantes de su trabajo: la hidratación no es solamente llenar un depósito, sino que está integrada en nuestros mecanismos hormonales de supervivencia.

Articulaciones, cartílagos y discos intervertebrales

Otro de los terrenos a los que Batmanghelidj prestó especial atención fueron las articulaciones.

Cartílagos y discos intervertebrales tienen un contenido muy elevado en agua. Los proteoglicanos de estos tejidos atraen y retienen agua, y esa propiedad participa directamente en su capacidad para soportar presión y recuperar su forma.

De ahí procede su relación entre hidratación y molestias articulares o vertebrales.

La artritis, la artrosis y las lesiones de columna tienen naturalmente mecanismos diferentes y mucho más amplios, pero la importancia del agua dentro de la estructura y biomecánica del cartílago y del disco intervertebral es real y merece la pena tenerla presente.

Migraña, fatiga y estrés

Batmanghelidj interpretaba determinados dolores de cabeza como señales de necesidad de agua y prestó especial atención a la migraña.

La deshidratación puede actuar como desencadenante de cefalea en personas susceptibles, del mismo modo que el calor, el ejercicio y las pérdidas de líquido pueden empeorarla.

También relacionó la deshidratación mantenida con fatiga, decaimiento y menor capacidad para afrontar situaciones de estrés.

No es extraño que una persona deshidratada se encuentre peor física y mentalmente. Agua, volumen circulante, electrolitos y termorregulación participan continuamente en nuestro rendimiento.

Histamina, asma y alergias

Una de las hipótesis más características de Batmanghelidj relacionaba la histamina con los mecanismos de conservación del agua.

La histamina participa en multitud de procesos fisiológicos y tiene un papel especialmente conocido en las reacciones alérgicas y la broncoconstricción.

Batmanghelidj interpretaba parte de la elevación de histamina como una respuesta adaptativa a la escasez de agua y relacionaba este mecanismo con asma y alergias.

La hidratación también influye en la viscosidad de las secreciones respiratorias, algo que cualquiera que haya pasado una infección respiratoria con fiebre puede comprobar fácilmente.

En una crisis asmática, sin embargo, la hidratación pertenece al cuidado general de la persona; la broncoconstricción necesita su manejo específico y no es momento de sustituirlo por agua o sal.

Hipertensión y equilibrio de líquidos

Otra de sus conexiones fue la hipertensión.

Cuando disminuye el volumen circulante, nuestro organismo dispone de mecanismos destinados a conservar agua y sodio y mantener la presión necesaria para que los órganos continúen recibiendo sangre.

El sistema renina-angiotensina-aldosterona participa precisamente en esta regulación.

La relación entre agua y presión arterial no es lineal, porque intervienen función renal, sodio, hormonas, elasticidad vascular, medicación y muchos otros factores.

Esto resulta especialmente importante en personas con enfermedad renal o cardíaca, en las que tanto un déficit como un exceso de líquidos pueden convertirse en un problema.

Colesterol y membrana celular

Batmanghelidj estableció también una conexión entre deshidratación y colesterol a partir de la función estructural que éste desempeña en las membranas celulares.

El colesterol no es simplemente una sustancia que circula por la sangre y «atasca arterias». Es un componente fundamental de las membranas, participa en su fluidez y constituye además el precursor de hormonas esteroideas, vitamina D y ácidos biliares.

Su hipótesis planteaba que determinadas modificaciones de las membranas podían formar parte de mecanismos de protección frente a la pérdida de agua.

Es una de esas conexiones que explican por qué su trabajo resultó tan atractivo: intentaba comprender la enfermedad desde la regulación del medio celular, no únicamente desde síntomas aislados.

Diabetes e hidratación

La relación entre diabetes y agua merece especial atención porque aquí podemos encontrarnos con pérdidas muy importantes.

Cuando la glucosa sanguínea supera determinados niveles, aparece glucosa en la orina y ésta arrastra agua. Como consecuencia pueden producirse poliuria, sed intensa y deshidratación.

Batmanghelidj desarrolló además su propia interpretación sobre histamina, prostaglandinas, distribución de agua y metabolismo de la insulina.

En diabetes, por tanto, la hidratación es particularmente importante, pero también debemos recordar que una sed exagerada y una micción muy frecuente pueden ser precisamente señales de glucosa elevada.

Sueño, sexualidad y circulación

Batmanghelidj extendió su modelo incluso al sueño y la sexualidad.

Una hidratación adecuada contribuye al mantenimiento del volumen circulante y de las condiciones fisiológicas normales de todos nuestros tejidos, incluido el sistema reproductor.

En sexualidad intervienen además circulación, sistema nervioso, hormonas, estado emocional y multitud de factores que explican por qué reducirla simplemente a beber agua sería quedarse muy corto.

Con el sueño ocurre algo parecido. Tanto acostarse deshidratado como beber enormes cantidades inmediatamente antes de dormir puede ser contraproducente si nos obliga a levantarnos varias veces a orinar.

El equilibrio vuelve a ser más interesante que los extremos.

Acidez, oxígeno y metabolismo

Dentro del mundo de la alcalinización aparece inevitablemente Otto Warburg, que recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1931 por sus investigaciones sobre la respiración celular.

Warburg estudió posteriormente una característica metabólica muy peculiar de numerosas células tumorales: su tendencia a utilizar intensamente la glucólisis y producir lactato incluso cuando disponen de oxígeno. Es lo que conocemos como efecto Warburg.

El metabolismo tumoral y su microambiente pueden generar zonas con características ácidas.

Esto abrió una enorme línea de investigación sobre la relación entre metabolismo celular, oxígeno, mitocondrias, lactato y pH.

No significa que podamos cambiar directamente el pH de un tumor bebiendo agua alcalina. Nuestro organismo protege demasiado bien el pH sanguíneo para permitir semejante modificación.

Pero la relación entre metabolismo y microambiente celular que despertó todo este interés sigue siendo fascinante.

Agua alcalina, minerales y huesos

También se ha relacionado tradicionalmente la alimentación alcalina con la salud ósea.

Nuestros huesos constituyen una gran reserva de calcio, fósforo y otros minerales y participan en una compleja regulación metabólica.

Una alimentación rica en verduras, frutas, potasio y magnesio aporta compuestos que generan una carga renal diferente de la producida por otros patrones alimentarios.

Para cuidar el hueso necesitamos además proteínas, calcio, fósforo, magnesio, vitamina D, vitamina K, ejercicio y un adecuado equilibrio hormonal.

Por eso me interesa mucho más contemplar el agua alcalina dentro del conjunto de hidratación, minerales y alimentación que utilizarla de forma aislada.

¿Cuánta agua alcalina tomar?

En el artículo antiguo utilizaba una fórmula procedente del entorno de Batmanghelidj que calculaba los vasos diarios dividiendo el peso corporal entre siete.

Hoy prefiero no utilizar una cifra universal.

Las necesidades de agua cambian según peso, alimentación, temperatura, ejercicio, sudoración, edad, embarazo, lactancia, fiebre, pérdidas digestivas, función renal y otras muchas circunstancias.

Además, una parte del agua diaria procede de frutas, verduras, sopas y otros alimentos.

Con un agua alcalina hay que tener en cuenta otra cosa: no sólo estamos tomando agua. Dependiendo del producto podemos estar incorporando cantidades muy diferentes de sodio, bicarbonato, calcio, magnesio y otros minerales.

Por eso hay que mirar su composición y no únicamente el número que aparece en el medidor de pH.

Precauciones

Las aguas muy alcalinas no tienen por qué ser adecuadas para beber continuamente en grandes cantidades.

También debemos prestar atención cuando existen alteraciones renales, cardíacas o electrolíticas, o cuando se ha indicado controlar sodio, potasio u otros minerales.

Para tomar medicamentos y complementos prefiero utilizar agua normal salvo que sepamos que el producto puede administrarse con otro tipo de agua. El pH puede modificar la disolución de determinadas sustancias y no tiene demasiado sentido complicar algo tan sencillo.

Cómo conseguir agua alcalina

Existen diferentes posibilidades.

Podemos encontrar aguas minerales naturalmente alcalinas o bicarbonatadas, en las que el pH depende de su propia composición mineral.

También existen jarras y sistemas que filtran el agua y modifican su mineralización.

Los ionizadores de agua funcionan mediante electrólisis y producen una corriente más alcalina y otra más ácida. Dependiendo del equipo y del agua de partida, el agua obtenida puede presentar además un potencial de oxidación-reducción diferente y contener hidrógeno molecular disuelto.

Otra posibilidad es modificar el pH mediante sustancias alcalinas como el bicarbonato, aunque eso no convierte la mezcla en equivalente a un agua mineral naturalmente alcalina ni a un agua ionizada.

El limón merece una mención aparte porque ha provocado muchísima confusión. El zumo de limón tiene pH ácido. Cuando se habla de su carácter «alcalinizante» se hace referencia al metabolismo de sus sales orgánicas y a su efecto sobre la carga ácida dietética, no a que echar limón dentro de un vaso haga subir automáticamente el pH del agua.

Pepino, menta o limón pueden preparar una estupenda agua aromatizada, pero no tenemos por qué llamarla agua alcalina.

Tampoco hervir el agua o pasarla repetidamente de un recipiente a otro garantiza una alcalinización determinada.

Si queremos saber el pH que tiene un agua, hay una solución bastante menos complicada: medirlo.

El agua alcalina me parece interesante precisamente cuando dejamos de intentar convertirla en una solución para todo.

Podemos hablar de hidratación, bicarbonatos, minerales, equilibrio ácido-base, función renal, aguas naturalmente bicarbonatadas, electrólisis e incluso hidrógeno molecular. Tenemos material de sobra.

Nuestro organismo lleva toda la vida haciendo algo mucho más sofisticado que «estar ácido» o «estar alcalino»: mantener su medio interno dentro de unos márgenes extraordinariamente precisos mientras todo a su alrededor cambia.

Y comprender ese equilibrio es, para mí, la parte realmente interesante del agua alcalina.

Contenido de carácter educativo e informativo. La cantidad y composición del agua más adecuada puede variar según las necesidades y circunstancias individuales.

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