Para qué sirven las isoflavonas de soja

Las isoflavonas de soja son sustancias vegetales pertenecientes al grupo de los fitoestrógenos. Reciben este nombre porque su estructura presenta similitudes con nuestros estrógenos y pueden unirse a sus receptores, aunque su actividad es mucho más compleja que la de un simple “estrógeno vegetal”.

Las dos isoflavonas más conocidas de la soja son la genisteína y la daidzeína, a las que se suma la gliciteína en cantidades menores.

Esta capacidad para interactuar con los receptores estrogénicos explica buena parte de su interés durante la menopausia, pero también sus efectos sobre hueso, sistema cardiovascular, metabolismo de la glucosa, próstata y otros tejidos.

Propiedades de las isoflavonas de soja

Las isoflavonas tienen una estructura química suficientemente parecida al estradiol como para poder unirse a los receptores de estrógeno ERα y ERβ.

Y aquí está precisamente una de las claves para comprenderlas: no se comportan igual en todos los tejidos.

Dependiendo del receptor predominante, de la cantidad de estrógeno que produzca la propia persona y del contexto hormonal, pueden producir un efecto estrogénico suave o competir con estrógenos más potentes por esos mismos receptores.

La genisteína presenta además una afinidad especialmente interesante por el receptor ERβ, distribuido en tejidos como hueso, vasos sanguíneos, próstata y sistema nervioso.

Por eso las isoflavonas pueden comportarse de manera diferente antes y después de la menopausia.

Cuando existen concentraciones elevadas de estrógenos endógenos pueden competir por sus receptores y modular su actividad. Sin embargo, cuando los niveles de estrógeno disminuyen durante la menopausia, esa actividad estrogénica más suave puede adquirir mayor importancia.

Esta es una de las razones por las que las isoflavonas se utilizan para los sofocos, cambios propios del climaterio y pérdida de masa ósea.

La mejor forma de incorporarlas de manera habitual sigue siendo mediante alimentos de soja. Entre las fuentes más interesantes encontramos tempeh, tofu, soja cocida, edamame y habas de soja, aunque su concentración cambia dependiendo de la variedad y del procesamiento.

La fermentación también modifica las isoflavonas. En alimentos como el tempeh aumenta la proporción de formas agliconas, que presentan diferencias en su absorción respecto a los glucósidos presentes en otros preparados.

Otra fuente vegetal muy conocida de isoflavonas es el trébol rojo, aunque contiene un perfil diferente, con formononetina y biochanina A entre sus principales componentes.

Y existe todavía otra diferencia individual muy interesante: no todas las personas metabolizan la daidzeína igual.

Parte de nuestra microbiota intestinal puede transformar la daidzeína en equol, un metabolito con una afinidad especialmente marcada por ERβ. Sin embargo, solamente una parte de la población posee una microbiota capaz de producir cantidades importantes de equol.

Esto puede ayudar a explicar por qué dos mujeres pueden tomar exactamente las mismas isoflavonas y obtener respuestas diferentes.

Beneficios de las isoflavonas

Menopausia. Este sigue siendo su uso más conocido. Al descender los estrógenos pueden aparecer sofocos, sudores nocturnos, cambios en sueño y estado de ánimo, sequedad de mucosas y modificaciones progresivas del metabolismo óseo. Las isoflavonas pueden ocupar parcialmente los receptores estrogénicos y producir una acción más suave, por lo que se utilizan especialmente durante el climaterio y la postmenopausia.

No todas las mujeres responden igual, algo que probablemente depende de la dosis, el tipo de isoflavona, la microbiota intestinal, la capacidad de producir equol y el momento de la menopausia en el que se empiecen a utilizar.

Huesos. La pérdida de estrógenos favorece la resorción ósea y es una de las razones por las que aumenta el riesgo de osteoporosis después de la menopausia.

La genisteína y otras isoflavonas intervienen en el metabolismo óseo y se han estudiado tanto sobre los osteoblastos encargados de formar hueso como sobre los osteoclastos responsables de su resorción.

Por eso su interés no se limita simplemente a “aportar calcio”. Estamos actuando sobre las señales que determinan cuánto hueso se construye y cuánto se destruye.

La utilización prolongada de determinadas isoflavonas, y especialmente de preparados ricos en genisteína, se ha relacionado con mejor mantenimiento de la densidad mineral ósea, particularmente en columna lumbar, cuello femoral y cadera.

Esto ayuda también a explicar algo que siempre llamó la atención al comparar determinadas poblaciones asiáticas con las occidentales: tradicionalmente podían consumir pocos lácteos y, sin embargo, mantenían una alimentación rica en soja, pescado, vegetales y otros alimentos relacionados con el metabolismo óseo.

Sistema cardiovascular. Las isoflavonas tienen una relación especialmente interesante con el endotelio, la capa celular que tapiza el interior de nuestros vasos sanguíneos.

La genisteína se ha estudiado por su capacidad para favorecer la función endotelial y la vasodilatación, mejorando la respuesta y flexibilidad arterial.

Esto resulta importante porque la disfunción endotelial aparece mucho antes de que una arteria llegue a estar seriamente dañada y participa en el desarrollo de la aterosclerosis.

También encontramos efectos sobre el metabolismo de los lípidos. El consumo de soja y de proteína de soja acompañada de sus isoflavonas puede ayudar a reducir colesterol total y LDL.

A esto se suma la actividad antioxidante de las propias isoflavonas. Cuando el LDL se oxida aumenta su capacidad para participar en la formación del ateroma; por eso la acción antioxidante constituye otra vía mediante la que estos compuestos pueden resultar interesantes para el sistema cardiovascular.

Glucosa, insulina y metabolismo. La relación entre isoflavonas, obesidad y diabetes también lleva muchos años estudiándose.

La soja combina proteína, fibra y numerosos compuestos bioactivos, por lo que no todo el efecto metabólico puede atribuirse exclusivamente a las isoflavonas. Sin embargo, tanto la genisteína como otros componentes de la soja se han relacionado con mecanismos implicados en sensibilidad a la insulina, captación de glucosa y función pancreática.

Existen trabajos donde se observa reducción de glucosa, insulina y resistencia a la insulina, especialmente en determinados grupos de mujeres menopáusicas.

Por eso las isoflavonas también resultan interesantes cuando la menopausia viene acompañada de ese cambio metabólico tan frecuente: mayor facilidad para acumular grasa abdominal, empeoramiento de la sensibilidad a la insulina y alteraciones progresivas del perfil lipídico.

La proteína de soja añade además su propio efecto sobre saciedad, metabolismo lipídico y control del peso.

Isoflavonas, próstata y proliferación celular

Las isoflavonas no son exclusivamente sustancias “para mujeres”.

Precisamente porque existen receptores estrogénicos en numerosos tejidos, también tienen aplicaciones interesantes en el hombre.

La próstata ha sido uno de los campos clásicos de investigación de la genisteína. Se han estudiado sus efectos sobre proliferación celular, apoptosis, señalización hormonal, angiogénesis y diferentes enzimas implicadas en el comportamiento de las células prostáticas.

Esto explica la relación observada entre dietas tradicionalmente ricas en soja y salud prostática y el interés que han despertado las isoflavonas tanto en hiperplasia prostática como en investigación sobre cáncer de próstata.

La genisteína resulta especialmente curiosa porque su actividad no depende únicamente de los receptores de estrógeno. También puede interactuar con tirosina quinasas y diferentes rutas de señalización celular, de ahí que haya sido estudiada en numerosos modelos de proliferación tumoral.

En cáncer de mama, endometrio y próstata encontramos además otra de las aparentes paradojas de las isoflavonas.

Una sustancia capaz de unirse a receptores estrogénicos puede ejercer acciones diferentes dependiendo de la cantidad de estrógeno existente, el receptor implicado, el tejido y la dosis.

Esta capacidad moduladora es precisamente una de las razones por las que durante décadas se ha investigado la relación entre consumo tradicional de soja y tumores hormonodependientes.

La genisteína también presenta actividad sobre proliferación celular, formación de nuevos vasos, enzimas relacionadas con señalización intracelular y mecanismos de apoptosis.

En diferentes estudios poblacionales se han encontrado asociaciones entre un consumo elevado de alimentos tradicionales de soja y menor incidencia de determinados tumores, especialmente en poblaciones asiáticas donde la soja forma parte de la alimentación desde edades tempranas.

Las isoflavonas poseen además actividad antioxidante. Genisteína, daidzeína y otros compuestos pueden ayudar a limitar la oxidación provocada por radicales libres y proteger lípidos y estructuras celulares frente al estrés oxidativo.

La genisteína presenta una actividad antioxidante especialmente interesante dentro de este grupo.

Usos de las isoflavonas de soja

Las isoflavonas se utilizan principalmente en:

  • menopausia y sofocos;

  • cambios del climaterio;

  • mantenimiento de la masa ósea;

  • osteoporosis;

  • salud cardiovascular;

  • colesterol elevado;

  • función endotelial y circulación;

  • resistencia a la insulina;

  • alteraciones de la glucemia;

  • cambios metabólicos asociados a la menopausia;

  • salud prostática;

  • y como fuente de compuestos antioxidantes y moduladores de los receptores estrogénicos.

La elección entre alimentos de soja, extractos de soja, genisteína aislada o preparados de isoflavonas depende del objetivo que se persiga. No son exactamente equivalentes y tampoco proporcionan necesariamente las mismas cantidades.

Para una alimentación habitual me siguen pareciendo especialmente interesantes los alimentos tradicionales de soja, sobre todo el tempeh, además de tofu, edamame y soja cocinada.

Cuando buscamos una cantidad concreta de isoflavonas para trabajar un objetivo determinado ya entramos en el terreno de los extractos estandarizados, donde es importante conocer cuántos miligramos de isoflavonas aporta realmente el preparado y cuál es su composición.

Contraindicaciones y precauciones

Las isoflavonas son sustancias biológicamente activas y los alimentos de soja no son exactamente lo mismo que un suplemento concentrado de genisteína o isoflavonas.

En mujeres que han padecido cáncer de mama hormonodependiente es especialmente importante hacer esta distinción. El consumo alimentario tradicional de soja y un suplemento concentrado de fitoestrógenos son exposiciones distintas. Cuando existe tratamiento hormonal oncológico o antecedentes de este tipo de tumores, la utilización de dosis altas de isoflavonas debe valorarse de manera individual.

La misma precaución se aplica cuando se utilizan tratamientos como tamoxifeno o inhibidores de la aromatasa: no debemos equiparar automáticamente el consumo normal de tofu o tempeh con una cápsula que aporte una dosis elevada y concentrada de genisteína.

En los problemas de tiroides hay otra conexión que merece atención.

La genisteína y la daidzeína pueden interactuar con la tiroperoxidasa o TPO, una enzima necesaria para la síntesis de hormonas tiroideas. El estado de yodo resulta especialmente importante en esta relación, por lo que un aporte adecuado de yodo cambia mucho el contexto.

Además, la soja puede interferir con la absorción intestinal de levotiroxina, por lo que conviene separar ambos consumos y mantener horarios constantes.

No establecería un límite universal de 100 mg diarios como frontera entre una dosis segura y una peligrosa, porque diferentes extractos y estudios utilizan cantidades distintas y además importa qué isoflavonas contiene el preparado.

En suplementos concentrados interesa respetar la dosis del producto y valorar especialmente el contexto hormonal y tiroideo de la persona.

La soja también puede provocar alergia. En personas sensibles pueden aparecer síntomas digestivos, picor, congestión nasal, urticaria u otras manifestaciones.

En otras personas cantidades elevadas pueden producir gases, molestias digestivas, cambios en las deposiciones, estreñimiento o dolor de cabeza.

Las isoflavonas son un buen ejemplo de por qué una sustancia vegetal no puede comprenderse únicamente preguntando si “sube o baja los estrógenos”.

Su comportamiento depende del receptor, del tejido, del contexto hormonal, de la microbiota intestinal y hasta de nuestra capacidad para transformar la daidzeína en equol.

Y precisamente esa capacidad de modular en lugar de actuar siempre en una única dirección es una de las características que hacen tan interesantes a las isoflavonas de soja.

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