Adaptógenos para el estrés y el insomnio: cómo pueden ayudarte

A la hora de dormir, la sensación de angustia no es infrecuente. Puede tener diferentes orígenes y, cuando aparece de manera repetida, algunas personas terminan adoptando conductas como retrasar la hora de acostarse para evitar ese momento, lo que puede acabar interfiriendo con la conciliación y la calidad del sueño.

Una posible explicación de esta reacción podemos encontrarla en nuestra propia historia evolutiva.

¿Por qué la ansiedad y los pensamientos aparecen por la noche?

La llegada de la noche y, con ella, de la oscuridad suponía para nuestros antepasados un momento especialmente delicado: los depredadores nocturnos salían de caza y el ser humano podía convertirse en una posible presa.

Desde una perspectiva evolutiva, permanecer alerta ante sonidos, movimientos o amenazas durante la noche pudo representar una ventaja para la supervivencia. Se ha planteado que algunos de esos mecanismos de vigilancia permanecen en nuestro sistema nervioso, aunque no podemos afirmar que el miedo nocturno actual sea simplemente una conducta transmitida genéticamente desde nuestros antepasados.

Los depredadores han cambiado, pero nuestro cerebro sigue teniendo preocupaciones que interpretar como amenazas.

La ausencia de luz, las sombras, el silencio y la disminución de los estímulos externos que preceden al sueño dejan también más espacio para nuestros propios pensamientos. Las preocupaciones que durante el día permanecen en segundo plano pueden hacerse entonces mucho más presentes.

Ya no estamos pendientes de un animal escondido en la oscuridad, sino del trabajo, los problemas económicos, familiares, personales o de todas esas situaciones de estrés que forman parte de nuestra vida cotidiana.

Es entonces cuando la angustia, la ansiedad o los miedos nocturnos en las personas adultas pueden encontrar una explicación tanto en determinados mecanismos de alerta como en la tensión acumulada durante el día. Y cuando ese estado de activación se mantiene precisamente en el momento en el que deberíamos descansar, conciliar un sueño reparador puede resultar mucho más difícil.

Es en este tipo de situaciones donde los llamados adaptógenos pueden resultar especialmente interesantes.

¿Qué son los adaptógenos?

Los adaptógenos son un grupo de plantas procedentes de diferentes partes del mundo que se han utilizado tradicionalmente en distintos sistemas de medicina.

El término adaptógeno comenzó a desarrollarse científicamente durante el siglo XX, especialmente a partir de las investigaciones realizadas en la antigua Unión Soviética sobre determinadas sustancias y plantas capaces de aumentar la resistencia del organismo frente a diferentes factores de estrés.

Precisamente de ahí procede su nombre: se utilizan para favorecer la capacidad de adaptación del organismo ante situaciones que suponen una mayor exigencia física o mental.

Estas plantas se han empleado tradicionalmente para mejorar la resistencia del organismo frente al estrés físico y psíquico, favorecer la vitalidad y ayudar a mantener un mejor equilibrio durante épocas de cansancio o sobrecarga.

Y aquí existe una cuestión importante: un adaptógeno no es necesariamente una planta sedante.

No buscamos simplemente provocar sueño, sino ayudar al organismo a gestionar mejor el estrés que puede estar interfiriendo con el descanso. Por eso pueden resultar especialmente interesantes cuando detrás de la dificultad para dormir encontramos cansancio, tensión y una sensación de permanecer continuamente en alerta.

Entre los adaptógenos más conocidos encontramos la rodiola, la ashwagandha y la schisandra.

Rodiola (Rhodiola rosea)

La rodiola, conocida también como «raíz del Ártico», se emplea tradicionalmente en diferentes regiones de Asia y del este de Europa.

Se ha utilizado por su capacidad para favorecer la resistencia frente al estrés, mejorar el rendimiento físico y mental y disminuir la sensación de cansancio.

Precisamente por su perfil más estimulante, la rodiola resulta especialmente interesante cuando el estrés se acompaña de agotamiento, falta de energía o disminución del rendimiento.

Ashwagandha (Withania somnifera)

La ashwagandha, conocida popularmente como «ginseng indio», ocupa un lugar privilegiado dentro de la medicina ayurvédica.

Tradicionalmente se considera una planta rejuvenecedora y se utiliza para favorecer un estado de bienestar físico y mental, especialmente en situaciones relacionadas con el estrés, el agotamiento y la dificultad para recuperar el equilibrio.

Por sus características, es uno de los adaptógenos más utilizados cuando el estrés termina repercutiendo sobre el descanso.

Schisandra (Schisandra chinensis)

La schisandra es una planta originaria de China y Rusia que se ha utilizado tradicionalmente para favorecer la resistencia física y mental.

Se considera un adaptógeno porque puede ayudar al organismo a responder y adaptarse mejor a situaciones de estrés y sobrecarga.

Otras plantas para el sistema nervioso y el descanso

Además de los adaptógenos, existen otras plantas que, aunque no pertenecen propiamente a este grupo, pueden resultar muy útiles cuando el estrés, el nerviosismo o la tensión interfieren con el descanso.

Entre ellas encontramos la pasiflora y la avena.

La pasiflora se utiliza tradicionalmente para favorecer la relajación y el descanso, especialmente cuando existe nerviosismo o dificultad para desconectar al final del día.

La avena también cuenta con una larga tradición de uso como planta de apoyo en estados de agotamiento y debilidad nerviosa.

La diferencia es importante: no todas las plantas utilizadas para el estrés o el sueño son adaptógenas. Dependiendo de qué esté provocando la dificultad para descansar, podemos necesitar favorecer la adaptación al estrés, facilitar la relajación o trabajar ambas cosas.

Sal de Schüssler nº 5: Kalium phosphoricum

Por su parte, la sal de Schüssler nº 5 (Kalium phosphoricum) es conocida tradicionalmente como la sal de los nervios.

Dentro del sistema de las Sales de Schüssler se utiliza especialmente en estados de agotamiento físico y mental, cansancio nervioso y situaciones en las que la sobrecarga termina afectando tanto a la energía como al descanso.

Adaptarse al estrés para poder descansar

Cuando una persona llega agotada al final del día pero, al acostarse, su cabeza parece activarse en lugar de desconectar, centrarnos exclusivamente en «dormir» puede dejarnos una parte del problema sin resolver.

En ocasiones hay que mirar también qué está sucediendo durante el día.

Los adaptógenos resultan especialmente interesantes precisamente porque el objetivo no es únicamente favorecer el descanso nocturno, sino ayudar al organismo a responder mejor ante las situaciones de estrés físico y mental que pueden estar detrás de esa dificultad para desconectar.

Rodiola, ashwagandha o schisandra tienen características diferentes y no tienen por qué ser adecuadas para todas las personas ni para todas las situaciones. Elegir una u otra dependerá de si predomina el agotamiento, la tensión, la falta de energía, la dificultad para descansar o una combinación de varios factores.

Y cuando lo que necesitamos es fundamentalmente relajación, podemos recurrir además a otras herramientas tradicionales como la pasiflora, la avena o la sal de Schüssler nº 5.

Porque algunas veces el problema no empieza cuando apagamos la luz. Empieza muchas horas antes, con un organismo que lleva todo el día intentando adaptarse al estrés y que, llegada la noche, todavía no ha recibido el mensaje de que ya puede descansar.

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