Ormus y minerales monoatómicos: entre la alquimia y la química

Los Ormus, también conocidos como ORMES, elementos en estado-M, minerales monoatómicos u oro monoatómico, forman parte de una de las corrientes más curiosas que han aparecido en las últimas décadas alrededor de la nutrición, la mineralización, la alquimia y los estados de la materia.

Y digo curiosa con toda la intención.

Porque alrededor de los Ormus encontramos química, física, antiguas referencias alquímicas, interpretaciones modernas de esas tradiciones y una enorme cantidad de experiencias relatadas por quienes los han utilizado.

Durante un tiempo también trabajé con este tipo de preparados y, precisamente por eso, me parece interesante conservar su historia.

Pero para entender de qué estamos hablando hay que separar varias cosas que con los años terminaron mezclándose.

¿Qué son los Ormus u ORMES?

El término ORMES procede de Orbitally Rearranged Monoatomic Elements y fue popularizado por David Radius Hudson, un agricultor e investigador estadounidense que durante la década de 1980 comenzó a estudiar unos materiales que aparecían durante determinados procesos realizados con suelos ricos en minerales.

Hudson llegó a la conclusión de que había encontrado una forma extraordinaria de determinados elementos, especialmente metales de transición y metales preciosos.

Entre ellos aparecían elementos como oro, platino, paladio, rodio, iridio, osmio y rutenio.

Los llamó ORMES y desarrolló alrededor de ellos una teoría según la cual determinados elementos podían encontrarse en estados muy diferentes de sus formas metálicas habituales.

Aquí comienza la historia del famoso oro monoatómico, también llamado oro blanco en polvo u oro Ormus.

La materia es bastante más extraña de lo que aprendimos en el colegio

Normalmente aprendemos que la materia puede encontrarse en estado sólido, líquido o gaseoso.

Pero la física moderna conoce bastantes más estados.

Tenemos plasmas, superfluidos, diferentes fases de cristales líquidos y los extraordinarios condensados de Bose-Einstein, entre otros.

También sabemos que las propiedades de un material pueden cambiar enormemente dependiendo de cómo estén organizados sus átomos.

Existen átomos aislados, moléculas formadas por dos átomos y estructuras constituidas por cantidades enormes de ellos. También existen pequeños agrupamientos o clústeres atómicos, cuyas propiedades pueden diferir de las que presenta el mismo elemento cuando forma un material macroscópico.

Y ésta fue una de las ideas sobre las que se desarrolló la teoría de los Ormus.

Hudson proponía que determinados elementos podían existir en un estado especial en el que dejaban de presentar algunas de las propiedades que asociamos normalmente con el metal.

El problema aparece cuando intentamos identificar ese supuesto estado ORMUS directamente con fenómenos físicos conocidos.

Un átomo aislado, un clúster atómico y un condensado de Bose-Einstein son cosas diferentes.

Precisamente ahí se encuentra la frontera más interesante de toda esta historia.

El oro blanco y la alquimia

La idea de transformar el oro o conseguir de él una sustancia con propiedades extraordinarias resulta inevitablemente familiar.

Los alquimistas llevaban siglos hablando de transformaciones de la materia, piedras filosofales, elixires y sustancias obtenidas mediante complejos procedimientos.

La espagiria continuó parte de esa tradición aplicada especialmente a plantas y preparados medicinales mediante procesos de separación, purificación y recombinación.

Cuando aparecieron las teorías de Hudson, muchas personas encontraron paralelismos entre los ORMES y determinados textos alquímicos.

El llamado polvo blanco de oro comenzó entonces a rodearse de referencias a la alquimia egipcia, la piedra filosofal y antiguas sustancias destinadas a favorecer longevidad, conocimiento o transformación.

De ahí procede buena parte del aura —nunca mejor dicho— que todavía rodea al Ormus.

¿Qué contaban las personas que utilizaban Ormus?

Ésta fue probablemente la razón de su expansión.

Los usuarios comenzaron a describir experiencias muy diversas después de consumir preparados comercializados como minerales monoatómicos.

Entre las más repetidas aparecían:

  • aumento de energía y resistencia;

  • mayor capacidad de concentración;

  • sensación de claridad mental;

  • aumento de la libido;

  • mejor estado general;

  • sensación de rejuvenecimiento;

  • cambios en la percepción;

  • experiencias relacionadas con meditación y estados de conciencia.

Algunos usuarios describían una cantidad de energía tan intensa que reducían considerablemente las cantidades utilizadas.

A partir de estas experiencias se desarrollaron diferentes explicaciones sobre bioelectricidad, comunicación celular y metabolismo.

El cuerpo humano, electricidad y fotones

Nuestro organismo es efectivamente un sistema electroquímico.

Las células mantienen diferencias de potencial a ambos lados de sus membranas. El sistema nervioso utiliza fenómenos eléctricos y químicos. Minerales como sodio, potasio, calcio y magnesio participan constantemente en esos procesos.

Las células también pueden emitir cantidades extremadamente pequeñas de fotones, fenómeno que se estudia bajo conceptos como emisión ultradébil de fotones o biofotones.

A partir de estas observaciones, dentro del mundo Ormus se desarrolló una interpretación mucho más ambiciosa.

Se propuso que los elementos en estado-M podían mejorar la comunicación celular y comportarse como una especie de sistema superconductor dentro del organismo, permitiendo un flujo mucho mayor de información.

De ahí surgieron expresiones tan peculiares como «luz líquida» o «polvo de luz».

La comparación que se utilizaba era muy gráfica: nuestro sistema biológico pasaría de funcionar como un cable de cobre a hacerlo como una fibra óptica.

Es una imagen preciosa.

Pero sigue siendo una interpretación propia de la teoría Ormus, no una descripción establecida de la fisiología humana.

¿Y la superconductividad?

Ésta es probablemente la afirmación más famosa de toda la historia.

Hudson interpretó determinados resultados obtenidos con sus materiales como indicios de un estado especial y llegó a relacionarlos con fenómenos de superconductividad.

Un superconductor es un material que, bajo determinadas condiciones, presenta propiedades eléctricas y magnéticas extraordinarias.

El descubrimiento de superconductores y de nuevos estados cuánticos de la materia revolucionó la física y abrió posibilidades que décadas antes habrían parecido ciencia ficción.

Pero que existan materiales superconductores no demuestra que un preparado denominado oro monoatómico vaya a convertir nuestras células en superconductores a temperatura corporal.

Son dos afirmaciones completamente diferentes.

Éste fue precisamente uno de los grandes saltos interpretativos que convirtió una historia de química muy peculiar en toda una teoría sobre salud y conciencia.

David Hudson y la controversia

David Hudson dedicó años a investigar estos materiales y a divulgar sus hipótesis.

Según sus interpretaciones, un elemento en estado metálico podía mostrar conductividad eléctrica, reactividad y características propias de un metal, mientras que determinados materiales que él identificaba como estados monoatómicos presentaban propiedades más próximas a las de materiales cerámicos.

Sus investigaciones despertaron interés, pero también importantes discrepancias sobre la interpretación de los resultados.

Investigadores relacionados con mineralogía, química y física no aceptaron necesariamente que los materiales observados representasen ese nuevo estado de los elementos tal como Hudson lo describía.

Y ahí quedó abierta una discusión que todavía hoy alimenta buena parte del universo Ormus.

Las fotografías Kirlian

Otra de las historias inseparables de los minerales monoatómicos son las fotografías Kirlian.

Esta técnica produce imágenes mediante descargas eléctricas de alto voltaje alrededor de un objeto colocado sobre una placa fotográfica.

Dentro del mundo de las terapias energéticas se interpretaron durante años estas imágenes como representaciones del aura o campo energético.

En experimentos realizados con usuarios de Ormus se describieron cambios en las imágenes obtenidas antes y después de consumir determinados preparados, que fueron interpretados como un aumento de su campo energético.

La fotografía Kirlian registra realmente fenómenos de descarga eléctrica y puede verse afectada por numerosos factores, entre ellos humedad, presión, conductividad y características de la superficie.

Eso no le quita ni un ápice de curiosidad a las imágenes, pero sí hace necesario distinguir lo que fotografía el aparato de la interpretación que posteriormente hacemos de esa fotografía.

Entonces, ¿qué es realmente el Ormus?

Ésa es la pregunta del millón.

Porque además no existe una única sustancia llamada Ormus.

Bajo ese nombre se han comercializado preparados minerales obtenidos mediante procedimientos y materias primas muy diferentes.

Podemos encontrar productos procedentes de agua marina, sales minerales y otros materiales, además de preparados que contienen oro u otros elementos.

Por eso dos frascos que lleven escrito «Ormus» pueden no tener prácticamente nada que ver entre sí.

Y éste es uno de los mayores problemas a la hora de hablar de sus propiedades.

Antes de preguntarnos qué hace un Ormus tendríamos que preguntar qué contiene realmente ese Ormus.

Entre la química y la alquimia moderna

Quizá ésta sea la parte que más me interesa de toda la historia.

La física y la química modernas nos han demostrado que la materia es muchísimo más compleja de lo que parece.

Sabemos que la organización de los átomos modifica las propiedades de los materiales. Sabemos que existen clústeres extraordinariamente pequeños. Conocemos superconductores, estados cuánticos de la materia y fenómenos que hace apenas un siglo habrían parecido imposibles.

Pero entre reconocer todo eso y afirmar que hemos encontrado un polvo de oro capaz de transformar nuestro organismo en una especie de superconductor biológico existe un salto enorme.

Y precisamente en ese espacio nació el Ormus.

Una parte de química.

Una parte de física.

Una parte de alquimia.

Una parte de experiencias personales.

Y una enorme cantidad de preguntas.

Quizá por eso, varias décadas después de David Hudson, los minerales monoatómicos continúan despertando tanta fascinación.

No sé si algún día la física encontrará detrás de toda esta historia algo que nos obligue a contemplarla de otra manera.

Lo que sí sé es que constituye un capítulo fascinante de ese lugar en el que periódicamente vuelven a encontrarse dos viejas conocidas:

la ciencia de la materia y el eterno sueño humano de la alquimia.

Este artículo tiene carácter divulgativo y recoge tanto conceptos establecidos de física y química como las teorías e interpretaciones desarrolladas alrededor del movimiento ORMUS. No deben confundirse unas con otras ni utilizarse como sustitución de un tratamiento sanitario.

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