Los beneficios de la vitamina E

La vitamina E no es en realidad una única sustancia, sino una familia formada por ocho compuestos naturales con actividad vitamínica E: cuatro tocoferoles —alfa, beta, gamma y delta— y cuatro tocotrienoles —también alfa, beta, gamma y delta—.

De todos ellos, el alfa-tocoferol es la forma que el organismo humano mantiene preferentemente y la que tradicionalmente se ha utilizado como referencia al hablar de vitamina E.

Es una vitamina liposoluble y uno de los principales antioxidantes de nuestras membranas celulares. Su función resulta especialmente importante allí donde abundan los lípidos susceptibles de oxidarse, y esto explica buena parte de sus relaciones con los glóbulos rojos, el sistema nervioso, los músculos, el sistema inmunitario y otros tejidos.

Curiosamente, durante mucho tiempo se la conoció como «la vitamina de la fertilidad». Y no es un nombre casual.

Vitamina E, tocoferol y fertilidad

La historia de esta vitamina está íntimamente ligada a la reproducción.

De hecho, la palabra tocoferol procede del griego tokos, relacionado con el parto o la descendencia, y pherein, llevar o portar.

Los primeros trabajos que condujeron al descubrimiento de la vitamina E observaron problemas reproductivos en animales sometidos a dietas deficientes y su recuperación al introducir determinados componentes de los alimentos.

De ahí surgió esa antigua denominación de «vitamina de la fertilidad».

La vitamina E participa en la protección antioxidante de las células y tejidos relacionados con la función reproductiva, incluidas las células germinales. Su relación con fertilidad masculina y femenina, calidad espermática y estrés oxidativo reproductivo continúa siendo objeto de estudio.

Tradicionalmente también se utilizó en problemas de fertilidad, aborto recurrente, alteraciones menstruales y diferentes situaciones relacionadas con la salud femenina. Hoy sabemos que son problemas mucho más complejos y que no pueden reducirse a la presencia o ausencia de una sola vitamina, pero esta historia explica por qué reproducción y vitamina E aparecen juntas en tantos textos antiguos de nutrición.

Un antioxidante especializado en proteger nuestras membranas

La vitamina E actúa principalmente como antioxidante liposoluble.

Las membranas de nuestras células contienen gran cantidad de lípidos y, especialmente, ácidos grasos poliinsaturados susceptibles de sufrir oxidación. El alfa-tocoferol puede interrumpir las reacciones en cadena de peroxidación lipídica, ayudando a proteger estas estructuras.

Por eso su función antioxidante no consiste en «depurar» o expulsar toxinas del organismo.

Lo que hace es proteger determinados componentes celulares frente al daño oxidativo.

Y esto ayuda a comprender por qué una misma vitamina termina apareciendo relacionada con tejidos aparentemente tan diferentes.

Vitamina E y glóbulos rojos

Los glóbulos rojos son un magnífico ejemplo.

Sus membranas están continuamente expuestas al oxígeno y necesitan sistemas antioxidantes capaces de mantener su estabilidad.

La vitamina E contribuye a proteger esas membranas frente a la oxidación. Cuando existe una deficiencia importante pueden aumentar su fragilidad y la hemólisis, llegando a aparecer anemia hemolítica en determinadas situaciones.

Ésta es una de las manifestaciones clásicas de la deficiencia grave de vitamina E.

Sistema nervioso y músculos

El sistema nervioso también depende de la integridad de estructuras muy ricas en lípidos.

La vitamina E participa en la protección de las membranas neuronales y axonales, y una carencia mantenida puede terminar provocando alteraciones neuromusculares y neurológicas.

Entre las manifestaciones descritas en deficiencias importantes encontramos debilidad muscular, pérdida de coordinación, alteraciones de los reflejos, problemas de equilibrio y diferentes formas de neuropatía.

Esto también explica el interés que ha despertado la vitamina E en el estudio del envejecimiento cerebral, deterioro cognitivo y pérdida de memoria, donde el estrés oxidativo constituye una de las numerosas piezas implicadas.

No significa que tomar vitamina E impida envejecer al cerebro, pero sí que su función antioxidante forma parte de los sistemas con los que las neuronas mantienen la estabilidad de sus membranas.

Sistema inmunitario

La vitamina E también interviene en el funcionamiento normal del sistema inmunitario.

Su papel resulta especialmente interesante en situaciones de mayor estrés oxidativo, ya que las propias células inmunitarias generan especies reactivas durante sus mecanismos de defensa y necesitan, al mismo tiempo, proteger sus membranas.

Se ha estudiado su participación en la proliferación y función de diferentes células inmunitarias y en la regulación de la respuesta celular.

Otra vez encontramos la misma lógica: no actúa como una sustancia aislada que «sube las defensas», sino formando parte de los mecanismos que permiten que las células funcionen y se protejan correctamente.

Vitamina E, circulación y corazón

Durante muchos años se ha investigado intensamente la relación entre vitamina E, oxidación de los lípidos y salud cardiovascular.

Su capacidad antioxidante permite proteger los ácidos grasos poliinsaturados y otras estructuras lipídicas frente a la oxidación, lo que explica buena parte de este interés.

También se han estudiado sus efectos sobre diferentes mecanismos relacionados con la función vascular, agregación plaquetaria y señalización celular.

Esto es bastante más preciso que describirla simplemente como un «vasodilatador natural»: su relación con el sistema cardiovascular es compleja y está muy ligada a su actividad antioxidante sobre los lípidos y las membranas.

Ojos y cataratas

El ojo es otro tejido sometido continuamente a luz y estrés oxidativo.

Por eso la vitamina E, junto con otros antioxidantes, se ha estudiado ampliamente en relación con el envejecimiento ocular y la formación de cataratas.

También aquí debemos pensar en conjunto: los tejidos disponen de diferentes antioxidantes que trabajan relacionados entre sí, y la vitamina E constituye una de las piezas de ese sistema.

Piel, heridas y cicatrización

La vitamina E también tiene una larga historia relacionada con la piel, las heridas y las quemaduras.

Desde el punto de vista fisiológico, su función antioxidante contribuye a proteger las membranas celulares durante los procesos de reparación de los tejidos.

Esto explica que haya formado parte tradicionalmente de preparados destinados al cuidado cutáneo y que continúe apareciendo con tanta frecuencia en cosmética.

Sin embargo, cicatrizar una herida es un proceso muchísimo más complejo que aplicar o tomar una vitamina: intervienen proteínas, vitamina C, zinc, circulación, respuesta inmunitaria y multitud de señales celulares.

Protección frente al estrés oxidativo

En mis antiguos apuntes aparecía la vitamina E asociada a la protección frente a metales pesados, radiaciones, medicamentos y diferentes sustancias tóxicas.

La explicación que actualmente me parece más interesante es su papel como protector frente al estrés oxidativo generado en determinadas exposiciones.

No neutraliza directamente todos esos tóxicos ni los elimina del organismo. Protege componentes celulares susceptibles de sufrir oxidación como consecuencia de diferentes agresiones.

También se ha investigado esta función antioxidante en procesos relacionados con carcinogénesis y daño celular. De nuevo, el interés está en comprender cómo se protege una célula frente al daño oxidativo, no en considerar la vitamina E como un tratamiento aislado frente al cáncer.

Cómo se absorbe la vitamina E

Al ser una vitamina liposoluble, su absorción está íntimamente relacionada con la digestión de las grasas.

Necesitamos una adecuada secreción de bilis y enzimas pancreáticas, formación de micelas y absorción intestinal de los lípidos para aprovechar correctamente la vitamina E de los alimentos.

Después se incorpora a quilomicrones, circula por el organismo y el hígado desempeña un papel especialmente importante seleccionando y redistribuyendo el alfa-tocoferol.

Por eso determinadas enfermedades que dificultan la digestión o absorción de las grasas pueden terminar provocando una deficiencia de vitamina E aunque la alimentación la contenga.

El organismo almacena vitamina E fundamentalmente en el tejido adiposo, además de encontrarse distribuida por numerosos tejidos.

¿La cocción destruye la vitamina E?

La vitamina E presenta cierta estabilidad frente al calor habitual de la cocina, pero es sensible a la oxidación, la luz y exposiciones prolongadas a temperaturas elevadas.

Esto es especialmente importante en los aceites.

Los aceites vegetales pueden ser excelentes fuentes de vitamina E, pero los calentamientos repetidos, las frituras prolongadas y el contacto con el oxígeno favorecen procesos oxidativos que deterioran tanto los propios ácidos grasos como diferentes componentes antioxidantes.

De ahí que el modo de conservar y utilizar un aceite también influya en su calidad nutricional.

Carencia de vitamina E

La deficiencia de vitamina E es poco frecuente en personas sanas con una alimentación normal.

Cuando aparece, suele estar relacionada con problemas de malabsorción de grasas, determinadas enfermedades digestivas, alteraciones del metabolismo de las lipoproteínas o situaciones clínicas específicas.

Una deficiencia importante y mantenida puede producir:

  • anemia hemolítica;

  • debilidad muscular;

  • alteraciones neuromusculares;

  • neuropatía periférica;

  • dificultad para mantener el equilibrio y coordinar movimientos;

  • alteraciones de los reflejos;

  • problemas visuales;

  • y alteraciones de la respuesta inmunitaria.

En los primeros estudios experimentales sobre deficiencia de vitamina E también se describieron esterilidad, pérdida gestacional, alteraciones del crecimiento, distrofia muscular, lesiones hepáticas y renales y cambios dentales, especialmente en animales. Muchos de esos hallazgos fueron precisamente los que permitieron descubrir las funciones biológicas de esta vitamina.

¿Dónde encontramos vitamina E?

La encontramos principalmente en alimentos ricos en grasas vegetales y, especialmente, en:

  • aceite de germen de trigo;

  • semillas y sus aceites;

  • almendras, avellanas, cacahuetes y otros frutos secos;

  • aceites vegetales como girasol, soja y oliva;

  • cereales integrales;

  • aguacate;

  • algunas hortalizas de hoja verde;

  • y otros alimentos vegetales que contienen naturalmente tocoferoles y tocotrienoles.

Durante años se habló casi exclusivamente del alfa-tocoferol, pero hoy resulta mucho más interesante recordar que la naturaleza nos proporciona una familia completa de tocoferoles y tocotrienoles.

La vitamina E es, sobre todo, una vitamina de protección: protege lípidos y membranas celulares frente al daño oxidativo. Y desde esa función aparentemente sencilla podemos entender buena parte de sus relaciones con los glóbulos rojos, el sistema nervioso, los músculos, la inmunidad, los ojos y la reproducción.

Este artículo tiene finalidad educativa e informativa y no constituye una pauta individual de suplementación.

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