
Hoy en día encontramos edulcorantes en una enorme cantidad de alimentos y bebidas.
Productos light, refrescos sin azúcar, postres, yogures, chicles, productos deportivos e incluso alimentos que aparentemente no asociaríamos con un sabor especialmente dulce.
Durante mucho tiempo se consideraron una solución sencilla: conseguimos sabor dulce sin añadir azúcar y con muy pocas o ninguna caloría.
Pero en 2014 un estudio realizado por investigadores del Instituto Weizmann de Ciencias de Israel abrió una pregunta muchísimo más interesante:
¿Qué ocurre cuando una sustancia que nosotros apenas metabolizamos entra en contacto con los millones de microorganismos que viven en nuestro intestino?
Los investigadores observaron que determinados edulcorantes podían modificar la microbiota intestinal y que estos cambios podían repercutir sobre la tolerancia a la glucosa.
Y años después, el mismo grupo volvió sobre la cuestión, esta vez mediante un ensayo controlado realizado en humanos.
¿Son todos los sustitutos del azúcar iguales?
No.
Y ésta es una distinción importante.
Un sustituto del azúcar es una sustancia utilizada para proporcionar sabor dulce sustituyendo total o parcialmente al azúcar.
Entre los edulcorantes no nutritivos encontramos sustancias como:
-
Sacarina.
-
Sucralosa.
-
Aspartamo.
-
Acesulfamo potásico o Ace-K.
-
Neotamo.
-
Estevia y sus glucósidos de esteviol.
Por otro lado tenemos los polioles, como el xilitol o azúcar de abedul, eritritol, sorbitol o maltitol, que constituyen otra categoría y tienen características metabólicas diferentes.
Por tanto, no podemos hablar de «los edulcorantes» como si todos fueran una única sustancia y produjeran exactamente los mismos efectos.
¿Pueden los edulcorantes alterar nuestra microbiota intestinal?
Ésta fue precisamente la pregunta que hizo especialmente interesante el trabajo publicado en 2014.
Nuestro intestino contiene una comunidad extraordinariamente compleja de microorganismos.
La microbiota participa, entre otras cosas, en:
-
Metabolismo de nutrientes.
-
Producción de metabolitos.
-
Integridad de la barrera intestinal.
-
Comunicación con el sistema inmunitario.
-
Regulación metabólica.
Por eso, una sustancia puede aportar pocas calorías para nosotros y, sin embargo, no ser necesariamente invisible para nuestra microbiota.
El estudio del Instituto Weizmann
En 2014, Jotham Suez, Eran Elinav, Eran Segal y otros investigadores del Instituto Weizmann publicaron en Nature un trabajo titulado:
Artificial sweeteners induce glucose intolerance by altering the gut microbiota.
Los investigadores estudiaron inicialmente en ratones tres edulcorantes no calóricos de uso habitual:
-
Sacarina.
-
Sucralosa.
-
Aspartamo.
Los animales que consumieron estos edulcorantes desarrollaron alteraciones en la tolerancia a la glucosa en comparación con los grupos control.
La sacarina produjo uno de los efectos más marcados y por eso fue estudiada con mayor profundidad.
¿Qué ocurrió con la microbiota?
Los investigadores comprobaron que el consumo de sacarina modificaba tanto la composición como determinadas funciones metabólicas de la microbiota intestinal.
No se trataba únicamente de contar si había más o menos bacterias.
También analizaron qué estaban haciendo esas comunidades bacterianas.
Encontraron modificaciones en diferentes grupos microbianos, entre ellos especies pertenecientes a Bacteroides, Clostridiales y otros microorganismos intestinales, además de cambios funcionales en vías relacionadas con el metabolismo de los glicanos.
Esto resultaba especialmente interesante porque algunas de esas funciones microbianas ya se habían relacionado con alteraciones metabólicas.
El experimento que cambió la historia
Pero todavía quedaba una pregunta fundamental.
Que aparecieran simultáneamente:
edulcorantes + cambios en microbiota + intolerancia a la glucosa
no demostraba por sí solo que la microbiota fuera responsable.
Así que hicieron algo mucho más interesante.
Cuando administraron antibióticos a los ratones para alterar profundamente su microbiota intestinal, el efecto metabólico desapareció.
Y fueron todavía más lejos.
Trasplantaron microbiota procedente de animales que habían consumido sacarina a ratones libres de gérmenes.
Los animales receptores desarrollaron también alteraciones en la tolerancia a la glucosa.
Es decir, el efecto podía transferirse mediante la microbiota.
Aquello proporcionaba una pista muy potente de que los microorganismos intestinales no eran simples espectadores.
¿Y qué ocurrió en humanos?
El estudio de 2014 incluyó también una pequeña intervención en humanos.
Siete personas que habitualmente no consumían edulcorantes artificiales tomaron sacarina durante siete días.
Cuatro de ellas desarrollaron una respuesta glucémica alterada, mientras que tres no respondieron de la misma manera.
Y aquí apareció una idea que con los años se ha vuelto cada vez más importante:
no todos tenemos la misma microbiota y no todos respondemos igual a un mismo alimento o edulcorante.
Era un experimento humano muy pequeño, por lo que no permitía sacar conclusiones universales.
Pero dejó abierta una puerta fascinante.
En 2022 volvieron a estudiarlo en 120 personas
Años después, los investigadores volvieron sobre la cuestión con un ensayo controlado y aleatorizado publicado en Cell.
Esta vez participaron 120 adultos sanos que no consumían habitualmente edulcorantes no nutritivos.
Estudiaron:
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Sacarina.
-
Sucralosa.
-
Aspartamo.
-
Estevia.
Y utilizaron cantidades inferiores a la ingesta diaria admisible establecida para cada uno.
Los cuatro edulcorantes produjeron cambios específicos en la microbiota intestinal y oral y en el metaboloma.
Pero no todos produjeron la misma respuesta glucémica.
La sacarina y la sucralosa empeoraron significativamente la respuesta glucémica durante el periodo de exposición.
En cambio, en este ensayo el aspartamo y la estevia no produjeron un deterioro significativo de la tolerancia a la glucosa frente a los grupos control.
Y volvieron a hacer el experimento del trasplante
Ésta es probablemente una de las partes que más me gustan de toda esta investigación.
Los investigadores seleccionaron personas que habían respondido mucho y personas que apenas habían respondido a los edulcorantes.
Después trasplantaron sus microbiotas a ratones libres de gérmenes.
Los ratones desarrollaron respuestas glucémicas que reflejaban en gran medida las de las personas de las que procedía aquella microbiota.
Una vez más, la microbiota parecía estar participando activamente en el efecto.
Entonces, ¿los edulcorantes provocan diabetes?
No podemos hacer ese salto.
Una modificación transitoria de la respuesta glucémica durante un experimento no significa automáticamente que una persona vaya a desarrollar diabetes tipo 2.
Pero estos estudios sí desmontaron una idea demasiado simplista:
que los edulcorantes no nutritivos son metabólicamente inertes simplemente porque aporten pocas o ninguna caloría.
Nuestro organismo no es solamente nuestras células.
También convivimos con billones de microorganismos capaces de interactuar con aquello que comemos.
Y lo que nosotros no metabolizamos necesariamente puede ser utilizado, transformado o percibido por ellos.
El problema del círculo vicioso
Aquí aparece una paradoja especialmente interesante.
Las personas que con mayor frecuencia recurren a productos sin azúcar suelen ser precisamente aquellas preocupadas por:
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Sobrepeso.
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Obesidad.
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Resistencia a la insulina.
-
Glucosa elevada.
-
Síndrome metabólico.
Es decir, utilizamos estos productos intentando mejorar una situación metabólica.
Pero si determinados edulcorantes pueden modificar la microbiota y alterar la respuesta glucémica en algunas personas, la elección del sustituto del azúcar deja de ser una cuestión tan sencilla como contar calorías.
¿Qué podemos utilizar entonces?
Mi primera opción no sería buscar continuamente una sustancia cada vez más potente para que todo siga sabiendo tremendamente dulce.
También podemos reeducar el paladar.
Cuando reducimos progresivamente el sabor dulce, alimentos que antes nos parecían insípidos comienzan a parecernos mucho más dulces.
Y cuando necesitemos un sustituto, conviene distinguir entre las diferentes familias en lugar de meterlas todas en el mismo saco.
El xilitol o azúcar de abedul, por ejemplo, es un poliol y no pertenece al mismo grupo que sacarina, sucralosa o aspartamo.
También podemos encontrar eritritol, estevia y otros sustitutos, cada uno con características diferentes.
No existe una razón para asumir que todos producirán exactamente el mismo efecto sobre todas las personas.
Una cuestión mucho más interesante que contar calorías
Durante décadas hemos juzgado muchos alimentos casi exclusivamente por:
cuántas calorías tienen.
Pero la investigación sobre microbiota está cambiando nuestra forma de entender la alimentación.
Ahora también tenemos que preguntarnos:
¿Qué ocurre con este alimento cuando llega al intestino?
¿Qué microorganismos favorece?
¿Qué metabolitos producen esos microorganismos?
¿Cómo afecta todo esto a nuestra respuesta metabólica?
Y quizá la pregunta más interesante de todas:
¿por qué una misma sustancia puede afectar de manera diferente a dos personas distintas?
La relación entre edulcorantes, microbiota y metabolismo todavía tiene muchísimo que enseñarnos.
Pero una cosa parece cada vez más clara:
que algo no contenga azúcar no significa que sea metabólicamente invisible.


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