
El invierno tiene una cesta mucho más variada de lo que a veces pensamos. Es la época de naranjas, mandarinas, pomelos, limones y kiwis, pero también de coles, brócoli, coliflor, puerros, acelgas, espinacas, escarola y numerosas raíces y hortalizas que parecen especialmente hechas para sopas, cremas, guisos y platos calientes.
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Comer frutas y verduras de temporada nos permite ir cambiando naturalmente nuestra alimentación a lo largo del año. Y el invierno tiene una particularidad preciosa: mientras la huerta se llena de verdes intensos, blancos y morados, buena parte de la fruta se tiñe de amarillo y naranja.
Las frutas del invierno
Los cítricos son probablemente los grandes protagonistas. Naranjas, mandarinas, limones y pomelos nos acompañan durante buena parte de los meses fríos y aportan vitamina C, flavonoides y otros compuestos vegetales.
También encontramos kiwis, manzanas y peras, además de algunas frutas que comienzan su temporada en otoño y pueden acompañarnos durante una parte del invierno, como el caqui, la granada o la chirimoya, dependiendo de la variedad y de la zona de cultivo.
La chirimoya es especialmente curiosa. Bajo su aspecto exótico encontramos una fruta cremosa, dulce y aromática que aporta hidratos de carbono, potasio, vitamina C y fibra.
Y aunque actualmente podemos comprar aguacates prácticamente durante todo el año gracias a distintas variedades y procedencias, también existen producciones españolas cuya recolección coincide con los meses de invierno.
Como siempre ocurre cuando hablamos de temporada, no existe una puerta que se cierre el 21 de diciembre y vuelva a abrirse el 21 de marzo. Las frutas de finales del otoño se solapan con las del invierno y las últimas del invierno terminan encontrándose con las primeras de primavera.
Una huerta de invierno espectacular
Si hay una familia que representa especialmente bien esta estación es la de las crucíferas.
Brócoli, coliflor, repollo, lombarda y otras coles encuentran durante los meses frescos uno de sus mejores momentos. Son verduras muy interesantes por su contenido en fibra, vitamina C, folatos y especialmente por sus glucosinolatos y compuestos azufrados.
El invierno también nos trae acelgas, espinacas, escarola y otras verduras de hoja, que permiten seguir comiendo verde incluso cuando apetecen mucho menos las ensaladas del verano.
A ellas se suman puerros, apio, cebollas, ajos, zanahorias, nabos y endivias. Tenemos así una combinación estupenda para preparar caldos, sopas y guisos, pero también verduras al horno, salteadas o simplemente cocidas y aliñadas con un buen aceite de oliva.
Y no podemos olvidarnos de la calabaza, que comienza a acompañarnos en otoño y continúa siendo una magnífica hortaliza durante los meses fríos.
Comer de temporada también nos hace variar
Una de las cosas que más me gustan de seguir mínimamente las estaciones es que evita que acabemos comprando siempre las mismas cuatro verduras.
En invierno podemos aprovechar las coles y verduras de hoja; en primavera aparecerán guisantes, habas, espárragos y fresas; el verano nos devolverá tomates, pepinos, sandías y melocotones y, cuando llegue nuevamente el otoño, volveremos a encontrarnos con granadas, caquis, castañas y boniatos.
Sin hacer cálculos complicados estamos consiguiendo rotar alimentos, colores y familias vegetales y, con ellos, diferentes fibras, vitaminas, minerales, carotenoides, polifenoles y compuestos azufrados.
Además, las verduras de invierno tienen una enorme ventaja: se prestan muchísimo a combinarlas.
Una crema de calabaza puede llevar puerro y cebolla. Un caldo admite apio, nabo, zanahoria y col. Podemos asar coliflor y brócoli, preparar lombarda con manzana o simplemente hacer unas acelgas con ajo y aceite de oliva.
Y para terminar tenemos mandarinas, naranjas, kiwi o cualquier otra fruta que esté en su mejor momento.
No necesitamos que todos los alimentos estén disponibles los doce meses del año.
A veces basta con volver a mirar la frutería y recuperar una costumbre muy sencilla: comer lo que cada estación nos va ofreciendo.


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