Fitoterapia: terapia con plantas medicinales y su historia

Fitoterapia: terapia con plantas medicinales

Una vez que el ser humano descubrió el uso de los primeros cereales como parte de su alimentación, se encontró ante un inmenso patrimonio verde por conocer y utilizar.

Pero las plantas no solamente servían para alimentarse.

Muy pronto dirigió también su atención hacia otra necesidad primaria: conservar y recuperar la salud.

Entre los distintos tipos de terapias que el ser humano fue desarrollando a lo largo de su historia, la fitoterapia, es decir, la utilización de plantas medicinales con fines terapéuticos, ocupa un lugar privilegiado.

Y durante siglos, una parte importantísima de este conocimiento estuvo en manos de las mujeres.

Las brujas que conocían las plantas

Las verdaderas brujas eran muchas veces bastante diferentes de esas hechiceras amantes de Satán que posteriormente nos presentó la tradición.

Muchas eran mujeres que conocían profundamente el mundo vegetal.

Sabían qué plantas podían utilizarse, qué parte había que recoger, cuándo hacerlo, cómo prepararlas y cuáles podían resultar peligrosas.

Y ponían ese conocimiento a disposición del pueblo.

Durante muchos periodos de nuestra historia, acudir a un médico estaba fuera del alcance de una gran parte de la población. Para los pobres quedaban las curanderas, herbolarias, comadronas y mujeres que habían aprendido de sus madres y abuelas a preparar aquellos misteriosos potingues.

Y muchas veces funcionaban.

O, al menos, proporcionaban alivio, cuidados y esperanza a quienes sufrían y no tenían acceso a otra asistencia.

Cuando curar podía convertirte en bruja

Con el paso del tiempo, el ejercicio de la medicina fue regulándose y determinados conocimientos terapéuticos quedaron reservados a quienes podían ejercerlos oficialmente.

En Inglaterra, durante el siglo XVI, se produjeron importantes enfrentamientos entre médicos, cirujanos, boticarios y los llamados practicantes no autorizados.

Curanderos y herbolistas podían ser perseguidos y, en determinados contextos históricos, el conocimiento de plantas medicinales terminó mezclándose peligrosamente con las acusaciones de brujería.

Entre las víctimas estuvieron muchas de aquellas mujeres que ejercían como curanderas.

Un ejemplo fue la escocesa Gilly Duncan, acusada de brujería en 1590 durante los procesos de North Berwick.

Resulta especialmente significativo que entre las razones que despertaron sospechas sobre ella estuviese precisamente su capacidad para ayudar a personas enfermas.

Aquellas acusaciones podían terminar en interrogatorios, torturas y ejecuciones.

Y, sin embargo, los límites entre medicina, astrología, alquimia, religión y magia tampoco estaban demasiado claros entre algunos de los médicos oficiales de la época.

John Dee, médico, astrólogo y consejero de Isabel I

Un buen ejemplo es John Dee, relacionado con la corte de la reina Isabel I.

Dee fue matemático, astrónomo, astrólogo, alquimista y estudioso de numerosas disciplinas que actualmente consideraríamos completamente separadas.

En aquella época no existía la frontera tan clara que hoy establecemos entre ciencia, filosofía, astrología, espiritualidad y medicina.

Por eso resulta curioso observar cómo determinadas prácticas podían ser consideradas sabiduría cuando las realizaban hombres instruidos y peligrosas o demoníacas cuando procedían de mujeres humildes.

Naturalmente, no todas las llamadas brujas fueron «blancas» ni todos los médicos fueron «negros».

La historia nunca es tan sencilla.

Pero durante siglos se despreciaron conocimientos procedentes de la experiencia y de la sabiduría popular que posteriormente volverían a despertar el interés de médicos, botánicos y farmacólogos.

Paracelso y la medicina del pueblo

Una de las figuras más fascinantes de esta historia es Paracelso.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, el médico suizo-alemán mostró un enorme interés por los conocimientos terapéuticos que existían fuera de las universidades.

Viajó, observó y aprendió de mineros, campesinos, curanderos, barberos, comadronas y personas que utilizaban remedios transmitidos de generación en generación.

Paracelso se rebeló abiertamente contra buena parte de la medicina académica de su época.

En 1527, en Basilea, protagonizó uno de los gestos que terminarían formando parte de su leyenda: la quema pública de textos médicos tradicionales que representaban para él una autoridad que debía cuestionarse mediante la experiencia.

Para Paracelso, el verdadero conocimiento de la naturaleza no pertenecía exclusivamente a las universidades.

Y buena parte de ese conocimiento estaba entre el pueblo.

De las plantas de las brujas a los medicamentos

Aquí encontramos una de las partes más interesantes de la historia de la Fitoterapia.

Plantas que durante generaciones fueron utilizadas por curanderas y herbolistas terminaron proporcionando sustancias que posteriormente tendrían una enorme importancia en medicina y farmacología.

La digital o dedalera (Digitalis) se utilizó tradicionalmente mucho antes de que sus glucósidos cardiacos fueran estudiados y utilizados en medicina.

La belladona (Atropa belladonna), a pesar de su elevada toxicidad, fue utilizada tradicionalmente por sus efectos antiespasmódicos y posteriormente proporcionaría alcaloides tan importantes como la atropina.

El estramonio (Datura stramonium), otra planta extremadamente tóxica, fue utilizado antiguamente para aliviar los espasmos bronquiales y el asma.

Aquellas personas que trabajaban con plantas aprendieron también algo fundamental: una planta medicinal no es inocua simplemente porque sea natural.

Había que conocerla.

Había que saber utilizarla.

Y había que conocer sus límites.

Ese principio sigue siendo exactamente igual de importante en la Fitoterapia actual.

Mujeres, plantas medicinales y transmisión del conocimiento

Las mujeres tuvieron un papel fundamental en la conservación y transmisión de estos conocimientos.

Durante siglos fueron madres, cuidadoras, comadronas, recolectoras, curanderas y conocedoras de remedios domésticos.

Sin embargo, precisamente por ser mujeres, durante gran parte de la historia tuvieron enormes dificultades para acceder a una educación reglada y ejercer abiertamente determinadas profesiones.

Una de las grandes excepciones que ha llegado hasta nosotros es Hildegarda de Bingen.

Abadesa, escritora, compositora y estudiosa de la naturaleza, Hildegarda dejó importantes escritos sobre plantas, alimentos, minerales y remedios utilizados en su época.

Su posición dentro de la Iglesia le permitió escribir y transmitir conocimientos en un momento histórico en el que pocas mujeres podían hacerlo.

Muchas otras no tuvieron esa oportunidad.

Sus conocimientos sobrevivieron de otra manera: pasando de madres a hijas, de abuelas a nietas y de unas mujeres a otras.

La Fitoterapia moderna

Hoy llamamos Fitoterapia a la utilización de plantas medicinales y de sus preparados con finalidad terapéutica.

Pero detrás de esa palabra aparentemente moderna existen miles de años de observación.

Actualmente podemos estudiar los principios activos de una planta, sus flavonoides, alcaloides, terpenos, mucílagos, taninos, aceites esenciales y otros compuestos.

Podemos comprender mecanismos que aquellas mujeres desconocían.

Pero ellas conocían la planta.

Sabían que determinadas plantas calmaban, otras ayudaban a dormir, algunas favorecían la digestión, otras modificaban las secreciones, otras ayudaban a cicatrizar y algunas podían resultar peligrosas si se utilizaban incorrectamente.

Ese conocimiento empírico fue pasando de generación en generación hasta convertirse en parte del inmenso patrimonio de la Fitoterapia actual.

Un homenaje a las brujas, herbolistas y curanderos

Desde Herbolario de Confianza, este artículo es mi pequeño homenaje a todas aquellas mujeres y hombres valientes que consiguieron transmitir su sabiduría hasta nuestros días.

Y como terapeuta especializada en Fitoterapia, me gusta lucir con orgullo aquel título que hace varios siglos podía utilizarse despectivamente:

BRUJA.

Mujer sabia que conoce las plantas.

Porque detrás de muchos de aquellos potingues había observación, experiencia y un profundo conocimiento de la naturaleza.

Y porque buena parte de ese saber habría desaparecido si alguien no hubiese tenido el valor de conservarlo y enseñárselo a la siguiente generación.

Volver a mirar hacia la naturaleza

La tierra no es de nadie.

El ser humano no está por encima de todo.

Los animales son nuestros compañeros y las plantas forman parte de esa naturaleza que durante miles de años nos ha proporcionado alimento, cobijo y remedios.

Quizá, entre tantos avances, también necesitemos recordar de dónde venimos.

Espero de verdad que volvamos a aprender a respetar nuestro planeta y que enseñemos a nuestros hijos que gracias a él comemos, vivimos y podemos encontrar recursos que nos ayudan a recuperar nuestro equilibrio.

Porque conocer las plantas no significa regresar al pasado.

Significa no olvidar todo lo que el pasado tuvo que enseñarnos.

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