Sodio: beneficios, funciones y contraindicaciones

El sodio tiene bastante mala fama. Durante años hemos hablado de él casi exclusivamente para decir que debemos reducirlo, que aumenta la tensión arterial o que favorece la retención de líquidos.

Y todo eso ha terminado provocando una curiosa confusión: pensar que el sodio es malo.

No lo es.

El sodio es un electrolito esencial y el principal catión del líquido extracelular de nuestro organismo. Sin él no podríamos mantener adecuadamente el equilibrio de los líquidos, transmitir impulsos nerviosos ni contraer nuestros músculos.

El problema, como ocurre tantas veces en nutrición, no es que exista sodio en nuestra alimentación. El problema puede aparecer tanto cuando tenemos demasiado como cuando tenemos demasiado poco, y además debemos distinguir entre la cantidad de sodio que comemos y la concentración de sodio que existe en nuestra sangre.

No son exactamente lo mismo.

¿Para qué sirve el sodio?

La mayor parte del sodio corporal se encuentra fuera de las células. Dentro de ellas predomina otro mineral que conocemos muy bien: el potasio.

Esta distribución aparentemente sencilla es fundamental para la vida.

Sodio y potasio mantienen diferencias de concentración a ambos lados de las membranas celulares. La conocida bomba sodio-potasio utiliza energía para mantener esa distribución y gracias a ella nuestras células pueden conservar su funcionamiento normal.

Esto permite, entre otras cosas, que una neurona pueda transmitir una señal y que una fibra muscular pueda responder y contraerse.

Por eso cuando se produce una alteración importante de los electrolitos aparecen síntomas musculares y neurológicos.

El sodio participa también en el mantenimiento del volumen del líquido extracelular, presión osmótica, equilibrio de agua y regulación de la presión arterial.

Los riñones tienen aquí un papel extraordinariamente importante. Continuamente filtran y recuperan sodio y agua, adaptándose a las necesidades del organismo con ayuda de diferentes sistemas hormonales.

Nuestro cuerpo no funciona contando únicamente cuántos miligramos de sodio hemos comido. Funciona regulando continuamente agua, sodio, potasio y otros electrolitos.

Sodio, glucosa y absorción intestinal

Hay una función del sodio especialmente interesante y que muchas veces pasa desapercibida.

En el intestino delgado existen transportadores que aprovechan el movimiento del sodio para facilitar la absorción de otras sustancias.

Uno de los ejemplos más conocidos es el cotransportador sodio-glucosa.

Sodio y glucosa pueden absorberse conjuntamente y el agua los acompaña.

Ésta es precisamente una de las bases fisiológicas de las soluciones de rehidratación oral utilizadas cuando existe una pérdida importante de agua y electrolitos por diarrea u otras circunstancias.

No es casualidad que estas soluciones contengan agua, sales y glucosa en proporciones determinadas.

El sodio también participa en el transporte intestinal de determinados aminoácidos y otros nutrientes.

Sodio y sistema nervioso

El cerebro es especialmente sensible a los cambios importantes en la concentración de sodio porque éstos modifican también el movimiento del agua entre los diferentes compartimentos del organismo.

El sodio participa en la generación y transmisión de los impulsos nerviosos. Cuando cambia la permeabilidad de la membrana de una neurona, el movimiento de sodio y posteriormente de otros iones permite generar el potencial eléctrico que transmite la información.

Por eso una alteración importante del sodio sanguíneo puede manifestarse con dolor de cabeza, confusión, debilidad, alteraciones neurológicas, convulsiones e incluso coma en los casos graves.

No es que tomar más sodio haga que el cerebro funcione mejor.

Lo que necesita nuestro sistema nervioso es mantener los electrolitos dentro de sus rangos fisiológicos.

Sodio y músculos

Exactamente lo mismo ocurre con los músculos.

Para que exista una contracción muscular necesitamos cambios eléctricos en las membranas celulares y el movimiento coordinado de diferentes iones.

Sodio, potasio y calcio participan en estos procesos.

De ahí viene también la relación popular entre electrolitos y calambres, especialmente cuando hacemos ejercicio intenso o sudamos mucho.

Pero un calambre no significa automáticamente que nos falte sodio. Puede aparecer por diferentes razones relacionadas con esfuerzo muscular, fatiga, hidratación y equilibrio electrolítico.

¿Qué ocurre cuando sudamos mucho?

Cuando sudamos perdemos agua y electrolitos, entre ellos sodio.

La cantidad perdida cambia muchísimo de una persona a otra y depende también de la temperatura, humedad, duración del ejercicio, intensidad y aclimatación al calor.

Una persona que sale a caminar tranquilamente media hora no tiene las mismas necesidades que alguien que corre durante varias horas en pleno verano.

Por eso los deportistas de resistencia y las personas que realizan trabajos físicos prolongados con mucho calor pueden necesitar prestar especial atención a la reposición de líquidos y electrolitos.

Además, existe una situación curiosa que demuestra perfectamente por qué no debemos pensar únicamente en beber agua.

Durante un ejercicio muy prolongado, beber enormes cantidades de agua mientras se pierde sodio por el sudor puede contribuir a disminuir excesivamente la concentración de sodio en sangre.

Es lo que conocemos como hiponatremia asociada al ejercicio.

Es decir, podemos tener un problema de sodio incluso mientras estamos bebiendo agua.

Calor, deshidratación y golpe de calor

En verano solemos mezclar tres conceptos diferentes: deshidratación, pérdida de electrolitos y golpe de calor.

No son exactamente lo mismo.

Cuando sudamos mucho perdemos agua y sales y necesitamos reponerlas adecuadamente. En determinadas circunstancias puede ser útil utilizar bebidas o soluciones que aporten también electrolitos.

Pero un golpe de calor es una situación mucho más grave en la que el organismo pierde la capacidad de controlar adecuadamente su temperatura y puede aparecer afectación neurológica.

No se resuelve simplemente tomando agua con sal y azúcar.

Una persona expuesta al calor que presenta confusión, desorientación, pérdida de conocimiento o temperatura corporal muy elevada necesita atención urgente.

¿Qué ocurre cuando falta sodio?

La concentración anormalmente baja de sodio en sangre se denomina hiponatremia.

Puede aparecer por circunstancias muy diferentes y no significa necesariamente que una persona simplemente haya comido poca sal.

Puede producirse por pérdidas digestivas importantes, determinados medicamentos, enfermedades renales, cardíacas o endocrinas, pérdidas intensas por sudor acompañadas de una reposición inadecuada y también por un exceso relativo de agua respecto al sodio disponible.

Los síntomas dependen tanto de la intensidad como de la rapidez con la que haya descendido el sodio.

Pueden aparecer náuseas, dolor de cabeza, debilidad, cansancio, confusión, alteraciones musculares y somnolencia.

Cuando la alteración es importante pueden aparecer convulsiones, pérdida de conciencia y otras complicaciones neurológicas graves.

Por eso una hiponatremia importante no se trata simplemente echando más sal a la comida. Primero necesitamos saber por qué ha bajado el sodio.

¿Y cuando hay demasiado sodio en sangre?

La hipernatremia significa que la concentración de sodio en sangre es demasiado elevada.

Muchas veces existe detrás un déficit de agua en relación con la cantidad de sodio corporal.

Puede aparecer, por ejemplo, cuando existen pérdidas importantes de agua y no podemos reponerla adecuadamente.

La sed suele ser una de las primeras señales. Si progresa pueden aparecer debilidad, irritabilidad, confusión y alteraciones neurológicas.

En los casos graves también puede resultar peligrosa.

Esto es diferente de decir que una persona que come demasiada sal tiene necesariamente hipernatremia.

Si los riñones funcionan correctamente y disponemos de agua, el organismo tiene mecanismos muy eficaces para mantener la concentración sanguínea de sodio dentro de límites estrechos.

El problema del exceso habitual de sal en la alimentación va por otro camino.

Exceso de sal, retención de líquidos y presión arterial

Cuando consumimos una cantidad elevada de sodio, nuestro organismo tiene que mantener el equilibrio entre sodio y agua.

El riñón desempeña un papel fundamental eliminando el exceso.

En determinadas personas, una ingesta elevada y mantenida de sal favorece un aumento de la presión arterial.

No todos respondemos exactamente igual. Existen personas con mayor sensibilidad a la sal y también influyen edad, genética, función renal, potasio dietético, peso corporal y estado metabólico.

El exceso de sodio también puede favorecer la retención de líquidos y el edema en determinadas circunstancias, especialmente cuando existen enfermedades cardíacas, renales o hepáticas que dificultan la regulación normal de líquidos.

Por eso tampoco podemos aplicar exactamente la misma recomendación a todo el mundo.

Sodio, calcio, riñón y huesos

Otro aspecto interesante es la relación entre una ingesta elevada de sodio y la eliminación urinaria de calcio.

Cuando aumenta mucho el sodio que eliminamos por la orina puede aumentar también la excreción urinaria de calcio.

Esto adquiere especial importancia en personas con determinados tipos de cálculos renales, en las que moderar la sal puede formar parte de las medidas nutricionales utilizadas para reducir el riesgo de nuevas piedras.

También existe interés por la relación entre una alimentación crónicamente muy salada y la salud ósea, aunque aquí intervienen muchos otros factores: calcio, vitamina D, proteínas, actividad física, hormonas, función renal y alimentación general.

Una vez más, el mineral no actúa aislado.

Sal y estómago

Las dietas con un consumo muy elevado de sal también se han relacionado con alteraciones de la mucosa gástrica y con un entorno que puede favorecer los efectos perjudiciales de Helicobacter pylori.

Esto resulta especialmente interesante porque nos recuerda que la sal no afecta únicamente a la presión arterial.

La alimentación funciona como un conjunto y determinados hábitos mantenidos durante años pueden modificar nuestro terreno digestivo.

¿Dónde encontramos sodio?

Cuando pensamos en sodio pensamos inmediatamente en el salero, pero una parte importante del que consumimos puede estar ya incorporada a los alimentos.

La sal común es cloruro sódico y constituye nuestra fuente más evidente.

También podemos encontrar cantidades importantes en:

  • Embutidos y carnes curadas.

  • Quesos, especialmente algunos quesos curados y procesados.

  • Pescados ahumados o salados.

  • Conservas.

  • Encurtidos.

  • Salsas.

  • Aperitivos salados.

  • Panes y productos de panadería.

  • Platos preparados.

  • Sopas y caldos comerciales.

  • Bicarbonato sódico y alimentos que lo incorporan.

Los alimentos frescos también contienen sodio naturalmente, pero frutas como manzana o plátano y muchas verduras contienen cantidades pequeñas en comparación con los alimentos a los que se ha añadido sal.

Por eso muchas veces una persona dice «yo casi no utilizo el salero» y, sin embargo, consume bastante sodio.

Hay que mirar toda la alimentación.

¿Cuánto sodio necesitamos?

Nuestro organismo necesita sodio todos los días, pero las necesidades fisiológicas y el límite recomendable de consumo no son exactamente el mismo concepto.

Además, cuando leemos etiquetas es fácil confundir sodio y sal.

No son equivalentes.

La sal común contiene aproximadamente un 40 % de sodio. Como orientación, 1 gramo de sodio equivale aproximadamente a 2,5 gramos de sal.

Esta pequeña cuenta resulta muy útil cuando queremos interpretar una etiqueta nutricional.

Las necesidades individuales también pueden cambiar. No tiene la misma situación una persona sedentaria que un deportista de resistencia que pierde grandes cantidades de sudor durante varias horas.

Tampoco alguien con una enfermedad renal o cardíaca debe modificar de forma importante su consumo de sodio siguiendo únicamente una recomendación general.

Entonces, ¿el sodio es bueno o malo?

Ninguna de las dos cosas.

Es imprescindible.

Necesitamos sodio para mantener los líquidos corporales, absorber determinados nutrientes, transmitir impulsos nerviosos y permitir el funcionamiento normal de nuestros músculos.

Sin sodio no vivimos.

Pero eso no significa que cuanto más consumamos mejor.

Una alimentación moderna puede proporcionar cantidades muy elevadas sin que apenas nos demos cuenta porque el sodio no procede solamente de la sal que añadimos en casa.

Y en el otro extremo, eliminar obsesivamente toda fuente de sal tampoco tiene sentido, especialmente cuando existen grandes pérdidas por sudor, problemas digestivos u otras circunstancias que alteran el equilibrio de agua y electrolitos.

Como ocurre tantas veces en el organismo, lo verdaderamente importante no es declarar enemigo a un nutriente.

Es mantener el equilibrio.

Este contenido tiene carácter educativo e informativo. Las alteraciones importantes del sodio sanguíneo pueden tener causas muy diferentes y requieren identificar su origen; no deben corregirse por cuenta propia aumentando o suprimiendo drásticamente la sal.

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