
La enfermedad de Alzheimer es la forma más frecuente de demencia y provoca un deterioro progresivo de la memoria, el pensamiento y la capacidad para realizar las actividades cotidianas.
Conforme avanza, puede afectar también al lenguaje, la orientación, el comportamiento, la personalidad y finalmente a la autonomía de la persona.
Pero el Alzheimer no empieza el día en que alguien olvida dónde ha dejado las llaves.
Los cambios cerebrales pueden comenzar mucho antes de que aparezcan los síntomas evidentes y, además, la salud cerebral mantiene una estrecha relación con el metabolismo, la circulación, la inflamación, la alimentación, el sueño, la actividad física y nuestro entorno.
Precisamente por eso, desde la Naturopatía resulta especialmente interesante contemplar el cerebro dentro del conjunto del organismo.
¿Qué es el Alzheimer?
La enfermedad de Alzheimer es un proceso neurodegenerativo caracterizado por la pérdida progresiva de neuronas y conexiones entre ellas.
Entre sus alteraciones más conocidas encontramos la acumulación de beta-amiloide entre las células nerviosas y los cambios anormales de la proteína tau, que forma los denominados ovillos neurofibrilares.
Pero reducir todo el Alzheimer a las placas de beta-amiloide sería simplificar demasiado un problema extraordinariamente complejo.
También se estudian procesos relacionados con:
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Inflamación.
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Estrés oxidativo.
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Alteraciones mitocondriales.
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Metabolismo de la glucosa.
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Resistencia a la insulina.
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Salud vascular.
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Factores genéticos.
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Déficits nutricionales.
-
Exposición ambiental.
Por eso me interesa especialmente contemplar el terreno metabólico y cardiovascular.
Diabetes, hipertensión, obesidad y otros problemas vasculares aparecen con frecuencia entre los factores asociados a un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia.
Cuidar el corazón también significa cuidar el cerebro.
Síntomas del Alzheimer
Entre los síntomas que pueden aparecer encontramos:
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Cambios progresivos en la memoria.
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Dificultad para resolver problemas.
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Problemas para realizar tareas habituales.
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Desorientación temporal o espacial.
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Dificultad para reconocer correctamente objetos o situaciones.
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Problemas con el lenguaje oral y escrito.
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Colocar objetos en lugares extraños.
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Alteraciones del juicio y la capacidad para tomar decisiones.
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Pérdida de iniciativa.
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Cambios de humor, comportamiento o personalidad.
La evolución no es idéntica en todas las personas.
Aunque tradicionalmente se ha dividido el Alzheimer en tres grandes fases, actualmente resulta más útil entenderlo como un proceso progresivo cuya velocidad y manifestaciones pueden variar considerablemente.
Primera fase
Durante las etapas iniciales comienza a deteriorarse especialmente la memoria reciente.
La persona puede olvidar conversaciones, acontecimientos recientes, dónde ha dejado determinadas cosas o qué tenía pensado hacer.
También pueden aparecer:
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Desorientación en lugares conocidos.
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Problemas para recordar fechas.
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Dificultad para concentrarse.
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Mayor cansancio mental.
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Apatía.
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Pérdida de iniciativa.
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Ansiedad.
-
Cambios de humor.
Algunas personas muestran también mayor inquietud o confusión al final de la tarde o durante la noche.
Segunda fase
Conforme progresa la enfermedad, los problemas empiezan a afectar de manera más evidente a la vida cotidiana.
Pueden aparecer dificultades para:
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Encontrar las palabras.
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Expresarse.
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Vestirse.
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Utilizar correctamente objetos cotidianos.
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Reconocer personas o lugares.
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Mantener el aseo personal.
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Realizar cálculos.
-
Organizar actividades.
También pueden producirse conductas repetitivas, alteraciones del sueño, agitación, ideas extrañas e incluso alucinaciones.
La persona puede preguntar por familiares que murieron hace años o creer que está viviendo en otra época de su vida.
Y para ella esa realidad puede resultar completamente verdadera y profundamente angustiante.
Tercera fase
En las etapas avanzadas existe una afectación importante de las capacidades cognitivas y de la autonomía.
La persona puede dejar de reconocer a familiares e incluso su propio reflejo.
Progresivamente puede perder capacidades que antes realizaba automáticamente:
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Vestirse.
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Lavarse.
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Comer.
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Caminar.
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Controlar esfínteres.
También pueden aparecer rigidez muscular, alteraciones del movimiento y, en algunos casos, crisis epilépticas.
Finalmente muchas personas necesitan ayuda continua para prácticamente todas las actividades cotidianas.
Cómo cuidar el cerebro y reducir factores de riesgo
No podemos controlar todos los factores relacionados con el Alzheimer.
La edad y la genética existen.
Pero también existen numerosos factores sobre los que sí podemos actuar.
1. Vigilar la vitamina D
La vitamina D es mucho más que una vitamina relacionada con los huesos.
Existen receptores de vitamina D en numerosos tejidos y participa en procesos inmunitarios, inflamatorios y neurológicos.
Cuando encontramos niveles bajos resulta razonable corregir esa deficiencia, especialmente dentro de una estrategia global de salud.
2. Cuidar la glucosa y la resistencia a la insulina
Éste es uno de los aspectos que más me interesan.
El cerebro necesita una enorme cantidad de energía y su relación con el metabolismo de la glucosa es fundamental.
Por eso debemos prestar atención a:
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Glucosa.
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Insulina.
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Resistencia a la insulina.
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Diabetes.
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Obesidad abdominal.
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Síndrome metabólico.
Reducir azúcares añadidos, bebidas azucaradas, bollería y alimentos ultraprocesados ayuda a cuidar simultáneamente el metabolismo y la salud cardiovascular.
Y cuando hablamos de fructosa conviene diferenciar la fructosa naturalmente presente en una fruta entera, acompañada de agua, fibra y numerosos nutrientes, de las grandes cantidades de azúcares libres presentes en bebidas y alimentos procesados.
3. Vigilar la vitamina B12
La vitamina B12 es fundamental para el sistema nervioso.
Una deficiencia puede producir alteraciones neurológicas y cognitivas, por lo que resulta especialmente importante detectarla y corregirla.
Debemos prestarle particular atención en personas mayores, problemas de absorción digestiva y dietas veganas o vegetarianas muy restrictivas.
4. Consumir omega-3
El DHA es un ácido graso especialmente abundante en las membranas neuronales y tiene un papel importante en la estructura y funcionamiento cerebral.
Lo encontramos principalmente en pescados azules.
Para quienes no consumen pescado existe también DHA procedente de microalgas, una alternativa vegetal especialmente interesante.
5. Reducir la exposición innecesaria a tóxicos
Desde la Naturopatía también podemos valorar la exposición ambiental acumulada.
Metales pesados, contaminación atmosférica, determinados productos químicos y otras exposiciones forman parte del ambiente en el que nuestro organismo tiene que funcionar.
En el caso de las amalgamas dentales, si se plantea su retirada, ésta debe realizarla un profesional preparado para hacerlo con las medidas adecuadas.
No tiene ningún sentido arrancar amalgamas indiscriminadamente sin valorar previamente la situación.
6. Hacer ejercicio regularmente
Probablemente sea una de las medidas más importantes que podemos incorporar.
La actividad física beneficia simultáneamente:
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Circulación cerebral.
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Metabolismo de la glucosa.
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Presión arterial.
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Peso corporal.
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Salud cardiovascular.
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Estado de ánimo.
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Sueño.
Además, el ejercicio interviene en diferentes mecanismos relacionados con la plasticidad cerebral y el mantenimiento de las conexiones neuronales.
Mover el cuerpo también es cuidar el cerebro.
7. Desafiar la mente
El cerebro necesita actividad.
Aprender algo nuevo, tocar un instrumento, estudiar un idioma, leer, escribir, hacer cálculos, bailar o aprender nuevas habilidades obliga al cerebro a seguir utilizando y creando circuitos.
No se trata únicamente de hacer crucigramas.
Cuanto más rica y variada sea la estimulación, mejor.
Y todavía resulta más interesante cuando esa actividad combina aprendizaje, movimiento y relación social.
8. Revisar los medicamentos con carga anticolinérgica
La acetilcolina es un neurotransmisor fundamental para la memoria y el aprendizaje.
Algunos medicamentos poseen actividad anticolinérgica y, especialmente cuando se acumulan varios de ellos durante largos periodos, pueden afectar negativamente a la función cognitiva.
Entre ellos encontramos determinados:
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Antihistamínicos.
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Medicamentos para dormir.
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Antidepresivos.
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Tratamientos para la vejiga hiperactiva.
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Otros fármacos.
Esto no significa que debamos suspenderlos por nuestra cuenta.
Significa que, especialmente en personas mayores que toman muchos medicamentos, resulta interesante revisar periódicamente la carga anticolinérgica total.
9. Cuidar la salud cardiovascular
Hipertensión, diabetes, alteraciones de los lípidos, obesidad y tabaquismo también afectan a los vasos sanguíneos que mantienen nuestro cerebro.
Por eso no debemos contemplar colesterol, glucosa o tensión arterial como problemas completamente independientes de la salud cerebral.
El objetivo no es retirar indiscriminadamente tratamientos destinados a controlar estos factores, sino mantener un buen terreno cardiovascular y metabólico.
10. Dormir bien
Mientras dormimos el cerebro no permanece inactivo.
Durante el sueño se producen procesos de reparación, consolidación de la memoria y eliminación de determinados productos metabólicos mediante el denominado sistema glinfático.
También se ha estudiado cómo la posición corporal puede modificar este proceso, aunque no convertiría por ello el simple hecho de dormir de lado en una garantía frente al Alzheimer.
Lo verdaderamente importante es conseguir un sueño suficiente y de buena calidad y detectar problemas como la apnea del sueño cuando existan.
11. Seguir una buena alimentación
La dieta mediterránea constituye un magnífico punto de partida para cuidar simultáneamente cerebro, circulación y metabolismo.
Podemos basar nuestra alimentación en:
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Frutas y verduras frescas.
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Verduras de hoja verde.
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Aceite de oliva virgen extra.
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Frutos secos y semillas.
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Legumbres.
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Hierbas y especias.
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Cereales integrales según tolerancia.
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Pescado y marisco.
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Huevos.
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Alimentos fermentados.
La alimentación no debería contemplarse únicamente como una fuente de calorías.
Cada día estamos proporcionando al cerebro los materiales que necesita para mantener membranas, fabricar neurotransmisores, producir energía y protegerse frente al estrés oxidativo.
Alimentos que conviene reducir
Especialmente:
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Alimentos ultraprocesados.
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Grasas trans.
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Exceso de azúcar.
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Harinas y cereales muy refinados.
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Consumo excesivo de alcohol.
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Alimentos de baja calidad nutricional.
También podemos reducir nuestra exposición innecesaria a determinados contaminantes ambientales y evitar calentar alimentos en recipientes que no estén destinados para ello.
Alimentos especialmente interesantes para el cerebro
Dentro de una alimentación variada podemos destacar:
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Aguacate.
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Remolacha.
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Arándanos.
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Caldo de huesos.
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Brócoli.
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Apio.
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Aceite de coco.
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Chocolate negro con alto porcentaje de cacao.
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Yema de huevo.
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Aceite de oliva virgen extra en crudo.
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Verduras de hoja verde.
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Romero.
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Pescado azul.
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Cúrcuma.
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Nueces.
No necesitamos convertir ninguno de ellos en un alimento milagroso.
Lo interesante es la combinación de grasas saludables, polifenoles, antioxidantes, minerales, vitaminas y otros compuestos bioactivos dentro del conjunto de la dieta.
Suplementos y plantas utilizados desde la Naturopatía
Ashwagandha
La ashwagandha (Withania somnifera) es una de las grandes plantas adaptógenas de la medicina ayurvédica.
Además de su utilización tradicional frente al estrés, resulta especialmente interesante la investigación sobre sus withanólidos y otros compuestos en relación con:
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Estrés oxidativo.
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Neuroinflamación.
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Crecimiento de neuritas.
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Beta-amiloide.
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Mecanismos de protección neuronal.
Es una planta que merece especial atención cuando estudiamos el envejecimiento cerebral desde una perspectiva naturopática.
Cúrcuma y curcumina
La curcumina, uno de los principales compuestos de la cúrcuma, ha despertado enorme interés por sus propiedades antioxidantes y antiinflamatorias y por su interacción con diferentes procesos relacionados con el beta-amiloide.
La pimienta negra contiene piperina, capaz de modificar considerablemente la biodisponibilidad de la curcumina.
Por eso cúrcuma y pimienta aparecen juntas en tantas preparaciones tradicionales y complementos.
L-carnosina
La L-carnosina es un dipéptido formado por beta-alanina e histidina.
Resulta particularmente interesante por su actividad:
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Antioxidante.
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Antiglicación.
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Quelante de determinados metales.
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Protectora frente a aldehídos reactivos.
También se ha investigado su interacción con procesos relacionados con la agregación de beta-amiloide y la neurodegeneración.
La conexión con los productos finales de glicación avanzada o AGE resulta especialmente interesante cuando contemplamos conjuntamente envejecimiento, metabolismo y cerebro.
DHA
El DHA es uno de los principales ácidos grasos estructurales del cerebro.
Podemos obtenerlo mediante pescado azul, aceite de pescado o aceite de microalgas.
Cuando valoramos suplementación, la necesidad dependerá de la alimentación y de las características de cada persona.
Coenzima Q10
La coenzima Q10 participa en la producción de energía dentro de las mitocondrias y posee además actividad antioxidante.
Por eso resulta interesante dentro de estrategias destinadas a trabajar sobre energía celular, envejecimiento y estrés oxidativo.
Ginkgo biloba
El Ginkgo biloba es probablemente una de las plantas más conocidas cuando hablamos de circulación cerebral y función cognitiva.
Tradicionalmente se utiliza para favorecer la microcirculación y apoyar memoria y concentración.
Es especialmente importante tener en cuenta sus posibles interacciones, particularmente cuando la persona utiliza medicamentos anticoagulantes o antiagregantes.
Fosfatidilserina
La fosfatidilserina es un fosfolípido presente en las membranas celulares y especialmente abundante en el tejido nervioso.
Participa en la estructura y comunicación de las células nerviosas y se utiliza como complemento dentro de diferentes estrategias destinadas a apoyar memoria y función cognitiva.
Vitamina D
Además de valorar la vitamina D dentro de la prevención y el estado general, podemos incluirla entre los nutrientes que interesa estudiar individualmente cuando existen niveles insuficientes.
No se trata de suplementar automáticamente.
Se trata de saber cómo está esa persona.
El abordaje naturopático del Alzheimer no empieza por una cápsula
Si queremos abordar el Alzheimer desde la Naturopatía, no empezaría haciendo una lista interminable de suplementos.
Empezaría mirando a la persona.
¿Cómo está su glucosa?
¿Cómo está su presión arterial?
¿Cómo duerme?
¿Cómo se alimenta?
¿Se mueve?
¿Tiene deficiencias nutricionales?
¿Cómo está su digestión?
¿Qué medicamentos utiliza?
¿Existe una carga anticolinérgica importante?
¿Está socialmente activa?
¿Sigue aprendiendo cosas?
¿Existen exposiciones ambientales que podamos reducir?
Y solamente después decidiría qué nutrientes, plantas o complementos pueden tener sentido en ese caso concreto.
Porque el cerebro no vive aislado dentro del cráneo.
Forma parte de un organismo completo y envejece con él.
Por eso cuidar metabolismo, circulación, alimentación, sueño, actividad física, relaciones sociales y estimulación mental también significa cuidar nuestro cerebro.


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