
El hígado graso es una acumulación excesiva de grasa en las células hepáticas. Es un problema cada vez más frecuente y está estrechamente relacionado con alteraciones metabólicas como la resistencia a la insulina, el exceso de grasa abdominal, los triglicéridos elevados y la diabetes tipo 2.
Una de sus particularidades es que puede avanzar durante años sin producir síntomas claros. Muchas personas descubren que tienen grasa acumulada en el hígado de manera casual, después de una analítica, una ecografía abdominal u otra prueba realizada por un motivo diferente.
La buena noticia es que el hígado posee una extraordinaria capacidad de adaptación y regeneración y que, especialmente en las primeras etapas, alimentación, ejercicio, pérdida de grasa visceral cuando existe y mejora del metabolismo pueden producir cambios muy importantes.
¿Qué es el hígado graso?
Todos hemos oído hablar del foie gras, término francés que significa literalmente «hígado graso».
Para producirlo se sobrealimenta a patos o gansos con el objetivo de provocar una gran acumulación de grasa en su hígado.
Salvando las enormes diferencias entre ese procedimiento y lo que ocurre en una persona, la comparación permite visualizar bastante bien el problema: el hígado empieza a almacenar una cantidad de grasa que no debería encontrarse allí.
Actualmente se utiliza el término enfermedad hepática esteatósica para describir la acumulación excesiva de grasa en el hígado.
Dentro de ella encontramos la MASLD o enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica, denominación que ha sustituido en gran medida al antiguo término «hígado graso no alcohólico».
Este cambio de nombre es interesante porque pone el foco precisamente donde muchas veces debemos mirar: el metabolismo.
No todas las personas con grasa en el hígado presentan el mismo problema ni evolucionan igual. En algunas existe únicamente acumulación de grasa, mientras que en otras puede aparecer inflamación y, con el tiempo, fibrosis.
¿Por qué aparece el hígado graso?
El hígado participa constantemente en el metabolismo de hidratos de carbono, grasas y proteínas.
Cuando recibe más energía de la que el organismo necesita y existe un terreno de resistencia a la insulina, exceso de grasa visceral u otras alteraciones metabólicas, puede comenzar a acumular triglicéridos dentro de sus células.
Uno de los mecanismos implicados es la lipogénesis de novo, mediante la cual el hígado puede fabricar ácidos grasos a partir de otros sustratos, especialmente cuando existe un exceso mantenido de carbohidratos.
La fructosa tiene además un metabolismo fundamentalmente hepático, por lo que un consumo elevado procedente de azúcares añadidos y bebidas azucaradas resulta especialmente poco interesante en este contexto.
Esto no significa que una pieza de fruta sea equivalente a beber un refresco.
En la fruta encontramos agua, fibra, vitaminas, minerales y compuestos vegetales dentro de una matriz alimentaria completamente diferente. El problema aparece especialmente con el consumo habitual de refrescos, zumos azucarados, bollería, dulces, jarabes, harinas refinadas y otros productos ultraprocesados.
Por eso, aunque durante mucho tiempo cuando hablábamos de grasa en el hígado parecía lógico pensar únicamente en la grasa de la alimentación, el problema es bastante más complejo.
Hígado graso y resistencia a la insulina
Una de las conexiones que más me interesa cuando aparece hígado graso es su relación con la resistencia a la insulina.
El tejido adiposo visceral y el hígado participan activamente en el metabolismo.
Cuando existe resistencia a la insulina aumenta la llegada de ácidos grasos al hígado y se altera la manera en que este maneja y almacena la energía.
Podemos encontrarnos entonces con un conjunto bastante característico:
-
Acumulación de grasa abdominal.
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Triglicéridos elevados.
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HDL bajo.
-
Alteraciones de glucosa.
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Resistencia a la insulina.
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Hipertensión.
-
Hígado graso.
No significa que todas las personas tengan necesariamente todas estas alteraciones, pero cuando aparecen varias juntas merece la pena observar el terreno metabólico completo, no solamente las transaminasas.
¿Cómo puedo saber si tengo hígado graso?
Aquí encontramos uno de los problemas de esta enfermedad: puede existir sin dar síntomas y con transaminasas normales.
Por tanto, una analítica hepática aparentemente normal no siempre permite descartarlo.
En la valoración pueden utilizarse diferentes herramientas:
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Historia clínica y factores metabólicos.
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Analítica sanguínea.
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Ecografía abdominal.
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Índices que ayudan a estimar el riesgo de fibrosis.
-
Elastografía u otras pruebas cuando están indicadas.
La ecografía puede detectar esteatosis cuando la acumulación de grasa es suficientemente importante, aunque tampoco permite responder por sí sola a todas las preguntas sobre el estado del hígado.
Por eso no me parece buena idea intentar autodiagnosticar un hígado graso simplemente porque exista barriga, cansancio o apetencia por alimentos dulces.
Si existe sospecha, lo interesante es comprobarlo y conocer además en qué situación se encuentra el tejido hepático.
¿Por qué debemos prestar atención al hígado graso?
No todas las personas con hígado graso desarrollarán una enfermedad hepática avanzada.
Sin embargo, en algunas la acumulación de grasa puede acompañarse de inflamación y posteriormente de fibrosis.
Cuando esta progresa durante años puede aumentar el riesgo de cirrosis y otras complicaciones hepáticas.
Pero además existe otra razón importantísima para prestarle atención: el hígado graso suele formar parte de un problema metabólico mucho más amplio.
Su presencia se asocia frecuentemente con:
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Resistencia a la insulina.
-
Diabetes tipo 2.
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Obesidad abdominal.
-
Alteraciones de triglicéridos y colesterol.
-
Mayor riesgo cardiovascular.
Por eso no me interesa trabajar únicamente «el hígado». Me interesa entender por qué ese hígado está acumulando grasa.
Qué hacer si tenemos hígado graso
Reducir azúcares añadidos y harinas refinadas
Esta es una de las primeras medidas que trabajaría.
Reduciría especialmente:
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Refrescos.
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Bebidas azucaradas.
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Bollería.
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Dulces.
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Galletas.
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Cereales azucarados.
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Panes y productos elaborados principalmente con harinas refinadas.
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Jarabes y productos con grandes cantidades de azúcares añadidos.
También prestaría atención a determinados productos que se venden como «saludables», «light» o destinados a personas que quieren controlar el azúcar y que, sin embargo, pueden seguir siendo alimentos ultraprocesados de escaso interés nutricional.
No tener miedo a la fruta entera
No eliminaría automáticamente la fruta por contener fructosa.
Una cosa es consumir grandes cantidades de azúcares añadidos o beberlos y otra muy diferente comer una pieza de fruta dentro de una alimentación equilibrada.
Frutas, verduras y hortalizas aportan además fibra y numerosos compuestos vegetales que nos interesan dentro de una alimentación destinada a mejorar la salud metabólica.
Aumentar verduras, frutos secos y semillas
Una alimentación rica en vegetales proporciona fibra, potasio, magnesio, antioxidantes y una enorme variedad de fitoquímicos.
Utilizaría regularmente:
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Verduras.
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Hortalizas.
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Frutas enteras.
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Legumbres.
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Frutos secos.
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Semillas.
Elegir buenas fuentes de proteínas
La proteína ayuda a mantener la masa muscular, algo especialmente importante cuando queremos mejorar el metabolismo.
Podemos utilizar, según el tipo de alimentación de cada persona:
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Pescado.
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Huevos.
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Aves.
-
Legumbres.
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Otros alimentos proteicos poco procesados.
Elegir bien las grasas
Tener grasa en el hígado no significa que debamos eliminar toda la grasa de la alimentación.
Me interesan especialmente alimentos como:
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Aceite de oliva virgen extra.
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Aguacate.
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Frutos secos.
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Semillas.
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Pescado azul.
Más que perseguir un único macronutriente, prefiero eliminar el exceso de ultraprocesados y construir una alimentación basada fundamentalmente en alimentos reales.
Ejercicio y masa muscular
El ejercicio es una de las herramientas más interesantes para mejorar el hígado graso porque actúa sobre uno de los problemas que frecuentemente encontramos detrás: la resistencia a la insulina.
No hace falta pensar únicamente en «quemar calorías».
Cuando trabajamos el músculo mejoramos nuestra capacidad para utilizar glucosa y energía.
Por eso combinaría:
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Caminar y mantenerse activo diariamente.
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Ejercicio aeróbico.
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Ejercicio de fuerza.
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Reducción del tiempo que permanecemos sentados.
La masa muscular es un auténtico órgano metabólico y conservarla adquiere todavía más importancia con la edad.
Pérdida de grasa visceral
Cuando existe sobrepeso u obesidad abdominal, reducir grasa corporal puede producir una disminución importante de la cantidad de grasa almacenada en el hígado.
Pero esto no significa que todas las personas con hígado graso tengan obesidad.
También existe hígado graso en personas delgadas, por lo que nuevamente debemos estudiar el contexto metabólico individual.
Suplementos que utilizo como apoyo hepático
Dentro de la medicina natural existen diferentes nutrientes y plantas que utilizamos tradicionalmente para apoyar la función hepática y los sistemas antioxidantes.
Cardo mariano
El cardo mariano (Silybum marianum) es probablemente una de las plantas más conocidas en fitoterapia hepática.
Sus frutos contienen un complejo de flavonolignanos conocido como silimarina, dentro del cual encontramos compuestos como la silibina.
Es una planta que utilizo con mucha frecuencia cuando quiero trabajar el terreno hepático.
N-acetil-L-cisteína (NAC)
La N-acetilcisteína proporciona cisteína, uno de los aminoácidos necesarios para la síntesis de glutatión.
El glutatión es uno de los principales sistemas antioxidantes celulares y tiene especial importancia en el hígado.
Ácido alfa-lipoico
El ácido alfa-lipoico participa en el metabolismo energético y posee actividad antioxidante.
Además, interviene en redes antioxidantes relacionadas con otros compuestos, motivo por el que aparece con frecuencia en fórmulas destinadas al metabolismo y al apoyo hepático.
Vitaminas del grupo B
Las vitaminas B participan como cofactores en numerosas rutas relacionadas con el metabolismo energético, los aminoácidos y otros procesos celulares.
Más que utilizarlas indiscriminadamente, me interesa valorar el estado nutricional global de la persona.
Magnesio
El magnesio interviene en cientos de reacciones enzimáticas y tiene una relación especialmente interesante con el metabolismo de la glucosa y la función muscular.
Por eso tampoco lo considero simplemente «un mineral para el hígado», sino parte del terreno metabólico que estamos intentando mejorar.
Glutatión: una pieza importante del sistema antioxidante hepático
Cuando hablamos de cardo mariano, NAC, ácido alfa-lipoico y determinados micronutrientes aparece repetidamente una palabra: glutatión.
El glutatión participa en los sistemas antioxidantes y de detoxificación celular del hígado.
Por eso, en lugar de pensar únicamente en «limpiar el hígado», me interesa mucho más proporcionar al organismo los nutrientes necesarios para que pueda realizar correctamente sus propias rutas metabólicas y de protección celular.
Lo que utilizo en consulta
En consulta llevo años utilizando fórmulas que reúnen varios nutrientes y plantas destinados al apoyo hepático, porque en determinados casos resulta mucho más práctico que utilizar numerosos suplementos por separado.
Una de las fórmulas que he utilizado con frecuencia es Cardo Complex de HealthAid o Fepa Liver Complex.
Me gusta precisamente porque combina diferentes ingredientes relacionados con el cuidado hepático y permite simplificar considerablemente una pauta que, de otra manera, podría terminar llena de botes.
Como siempre, la elección depende de la persona, de su alimentación, medicación, analíticas y del motivo por el que estamos trabajando el hígado. Y cuando utilizamos una fórmula comercial conviene revisar su composición actual, porque los fabricantes pueden modificar los ingredientes con el tiempo.
El hígado graso no se trabaja únicamente con un hepatoprotector
Esta es probablemente la idea más importante de todo el artículo.
Podemos utilizar cardo mariano, NAC, ácido alfa-lipoico y otros recursos interesantes, pero si continuamos manteniendo aquello que está favoreciendo la acumulación de grasa, estaremos trabajando solamente una parte del problema.
Cuando abordo un hígado graso me interesa revisar:
alimentación, azúcares y harinas refinadas, grasa visceral, resistencia a la insulina, actividad física, masa muscular, alcohol, medicación, estado nutricional y salud metabólica en conjunto.
El hígado tiene una enorme capacidad de recuperación, especialmente cuando intervenimos antes de que exista un daño avanzado.
Por eso descubrir un hígado graso no debería servir únicamente para buscar «algo para el hígado», sino para aprovechar la oportunidad de revisar qué está ocurriendo metabólicamente y empezar a cambiarlo.
La información de este artículo tiene finalidad educativa e informativa y recoge estrategias nutricionales y recursos utilizados en medicina natural. Un hígado graso diagnosticado requiere valorar también el grado de afectación hepática y sus posibles causas, especialmente cuando existen alteraciones persistentes en las pruebas hepáticas o riesgo de fibrosis.


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