
La primavera cambia el paisaje y también cambia nuestra cesta de la compra. Empiezan a desaparecer algunos de los alimentos más propios del invierno y llegan fresas, cerezas, nísperos, albaricoques, espárragos, guisantes, habas y muchas verduras tiernas.
Consumir frutas y verduras de temporada no significa que tengamos que comer exclusivamente aquello que se produce durante unos pocos meses. Hoy podemos encontrar prácticamente cualquier alimento durante todo el año. Pero aprovechar su temporada natural nos permite disfrutar de productos que normalmente llegan con mejor sabor, aroma y textura, además de variar nuestra alimentación siguiendo el ritmo de las estaciones.
Frutas de primavera
Las fresas son una de las primeras señales de que se acerca la primavera. Aportan vitamina C, folatos, manganeso y una interesante variedad de polifenoles, entre ellos antocianinas responsables de su color rojo.
A medida que avanza la estación llegan los nísperos, ricos en carotenoides y fibra, y después los albaricoques, cuyo color anaranjado ya nos da una pista de su contenido en carotenoides.
También aparecen las primeras cerezas, especialmente al final de la primavera. Además de vitamina C y potasio, contienen antocianinas y otros compuestos fenólicos. Y con el aumento de las temperaturas llegan las brevas, la primera cosecha de determinadas higueras, antes de los higos que tendremos posteriormente.
Mientras tanto continúan acompañándonos algunos cítricos. Naranjas y limones pueden seguir estando presentes durante parte de la primavera dependiendo de la variedad y zona de cultivo.
El aguacate también aparece en el calendario, aunque su temporada española es bastante amplia y depende mucho de la variedad. Nutricionalmente se diferencia bastante del resto de frutas porque contiene principalmente grasas monoinsaturadas, además de fibra, potasio, folatos y vitamina E.
Verduras y hortalizas de primavera
Si las frutas cambian, las verduras todavía más.
La primavera es una época estupenda para disfrutar de habas y guisantes frescos. Aunque botánicamente sean legumbres, cuando los consumimos tiernos los utilizamos en cocina como verduras. Nos proporcionan fibra, proteínas vegetales, folatos, vitaminas y minerales.
También es temporada de espárragos, especialmente interesantes por su contenido en folatos, fibra y diferentes compuestos vegetales. En estas fechas podemos encontrarlos con muchísimo más sabor que durante el resto del año.
Las alcachofas continúan durante parte de la primavera. Contienen fibra, inulina y compuestos fenólicos como los derivados del ácido cafeoilquínico, y siempre han ocupado un lugar especial dentro de la alimentación relacionada con el hígado y la digestión.
Tenemos además acelgas, espinacas y lechugas, que nos permiten aumentar fácilmente el consumo de verduras de hoja verde. Aportan folatos, carotenoides, vitamina K y numerosos compuestos vegetales.
El brócoli y la coliflor todavía pueden acompañarnos al comienzo de la estación. Como crucíferas aportan glucosinolatos, unos compuestos azufrados especialmente interesantes y responsables de buena parte de las propiedades que asociamos a esta familia de verduras.
Conforme nos acercamos al verano empiezan a tomar protagonismo alimentos como calabacín, pepino, tomate y pimiento. Es precisamente una de las cosas bonitas de comer siguiendo las estaciones: la primavera no tiene una frontera rígida. Comienza conservando alimentos del invierno y termina anunciándonos los del verano.
Durante estos meses encontramos también puerros, cebollas, ajos, zanahorias, apio y patatas, alimentos sencillos que permiten combinar las verduras más estacionales de muchísimas maneras diferentes.
¿Por qué aprovechar los alimentos de temporada?
Para mí una de las mayores ventajas es la variedad.
Si compramos exactamente las mismas cinco frutas y verduras durante los doce meses del año, nuestra alimentación puede parecer muy saludable y, sin embargo, resultar tremendamente monótona.
Seguir mínimamente las temporadas nos obliga casi sin darnos cuenta a cambiar.
Pasamos de cítricos y crucíferas a fresas y verduras tiernas; después llegan cerezas, albaricoques y calabacines y, cuando empieza el calor, aparecen tomates, pepinos, pimientos y toda la explosión de frutas del verano.
Con ello también vamos cambiando los polifenoles, carotenoides, compuestos azufrados, fibras y otros fitonutrientes que incorporamos a nuestra alimentación.
Además, un alimento recogido en su momento natural de producción suele necesitar menos tiempo de almacenamiento y, cuando procede de cultivos cercanos, puede llegar a nuestra mesa después de un recorrido mucho más corto.
No hace falta aprenderse un calendario de memoria.
Basta con observar el mercado.
Cuando de repente las fresas están por todas partes, los espárragos tienen buen aspecto y empiezan a aparecer las primeras cerezas, la naturaleza ya nos está diciendo que hemos cambiado de estación.
La imagen que acompaña este artículo puede servir como una pequeña guía para recordar las principales frutas y verduras de primavera y, sobre todo, para animarnos a no comer exactamente igual durante todo el año.


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