
Tendemos a pensar en las hormonas solamente durante los grandes cambios de nuestra vida: pubertad, embarazo, perimenopausia y menopausia.
Pero las hormonas nos afectan todos los días.
Influyen en nuestro ciclo menstrual, la piel, el cabello, el sueño, el apetito, la energía, el deseo sexual, el estado de ánimo e incluso en nuestra capacidad para concentrarnos.
Cuando estos mensajeros químicos trabajan de forma coordinada apenas pensamos en ellos: tenemos energía, nuestra mente funciona con facilidad y nos sentimos bien.
Pero cuando alguna hormona aumenta, disminuye o pierde su ritmo habitual, podemos empezar a notar una larga lista de cambios: desde acné y retención de líquidos hasta insomnio, cansancio o la muerte temporal de nuestra libido.
Y ¿cómo podemos saber que algo está cambiando?
Estas son algunas de las señales más frecuentes.
1. Menstruación irregular
Los cambios en la menstruación son una de las señales más habituales de que algo está ocurriendo en nuestro entorno hormonal.
Podemos observar:
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Reglas que desaparecen.
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Ciclos más cortos o más largos.
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Sangrado más abundante o más escaso.
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Cambios importantes en la duración.
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Aparición o empeoramiento del síndrome premenstrual.
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Cambios en el dolor menstrual.
Durante la perimenopausia, las fluctuaciones de estrógenos y progesterona pueden hacer que ciclos que anteriormente funcionaban como un reloj empiecen a hacer prácticamente lo que les da la gana.
Pero no todo cambio menstrual es menopausia.
Las alteraciones tiroideas también pueden modificar la menstruación, al igual que el estrés, los cambios importantes de peso, el síndrome de ovario poliquístico y otras alteraciones hormonales.
Por eso el ciclo menstrual puede proporcionarnos muchísima información sobre lo que está ocurriendo en el resto del organismo.
2. Problemas de la piel
La piel también responde a nuestras hormonas.
Si de repente está extremadamente seca y parece incapaz de retener la humedad independientemente de la cantidad de crema que utilicemos, merece la pena observar la función tiroidea.
Cuando existe una función tiroidea disminuida también puede reducirse el ritmo normal de renovación de la piel.
El resultado puede ser:
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Sequedad.
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Piel áspera.
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Descamación.
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Cambios de textura.
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Mayor sensibilidad.
En el extremo contrario encontramos los andrógenos.
Un aumento de la actividad androgénica puede estimular las glándulas sebáceas y aumentar la producción de grasa, favoreciendo la aparición de acné.
En las mujeres resulta especialmente característico el acné que aparece alrededor de:
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Mandíbula.
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Barbilla.
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Parte inferior de las mejillas.
Y cuando el acné aparece acompañado de menstruaciones irregulares, aumento del vello corporal o caída del cabello, el patrón hormonal resulta todavía más interesante.
¿Qué podemos hacer?
Reducir los alimentos ultraprocesados y aumentar los alimentos frescos y poco procesados es un buen punto de partida.
También merece la pena disminuir nuestra exposición innecesaria a determinados disruptores endocrinos, sustancias capaces de interferir con diferentes señales hormonales y que pueden encontrarse en algunos plásticos, pesticidas, cosméticos y otros productos de uso cotidiano.
No se trata de vivir aterrorizados por todo lo que tocamos.
Se trata de disminuir aquello que podemos evitar fácilmente y comer comida de verdad siempre que sea posible.
3. Insomnio y ansiedad
Estás agotada durante todo el día y, cuando por fin llega el momento de acostarte, tu cerebro decide que son las tres de la tarde.
Aquí también podemos encontrar una relación hormonal.
La progesterona y algunos de sus metabolitos interactúan con sistemas cerebrales relacionados con la relajación y el sueño.
Por eso algunas mujeres observan que durante determinados momentos del ciclo aparecen:
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Dificultad para conciliar el sueño.
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Despertares nocturnos.
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Mayor ansiedad.
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Irritabilidad.
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Sensación de alerta.
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Sueño menos reparador.
La progesterona también participa en la regulación de la temperatura corporal y después de la ovulación produce un pequeño aumento de la temperatura basal.
Cuando cambia la relación entre estrógenos y progesterona, especialmente durante la perimenopausia, también pueden aparecer sudores nocturnos y alteraciones del sueño.
¿Qué podemos hacer?
Una de las primeras cosas que podemos revisar es el alcohol.
El alcohol puede interferir con:
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Calidad del sueño.
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Sistema nervioso.
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Metabolismo hepático.
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Regulación de la glucosa.
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Sistema endocrino.
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Hormonas sexuales.
Puede ayudarnos inicialmente a dormirnos, pero eso no significa que nos proporcione un sueño reparador.
4. Cabello débil o caída del cabello
Nuestro cabello también puede reflejar lo que ocurre hormonalmente.
Las variaciones de estrógenos y progesterona pueden modificar el ciclo de crecimiento del cabello.
Por eso muchas mujeres observan cambios importantes durante:
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Embarazo.
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Posparto.
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Perimenopausia.
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Menopausia.
La tiroides también tiene una relación muy importante con el cabello. Tanto determinadas alteraciones tiroideas como sus cambios metabólicos pueden acompañarse de pérdida de densidad, sequedad o caída.
Y los andrógenos tienen su propio papel.
En personas con predisposición y sensibilidad folicular, una mayor actividad de determinados andrógenos, especialmente la relacionada con la dihidrotestosterona (DHT), puede favorecer progresivamente el afinamiento del cabello.
Añade grasas saludables
Las grasas forman parte de una alimentación necesaria para la síntesis hormonal y la salud de nuestras membranas celulares.
Podemos incorporar:
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Aguacate.
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Aceite de oliva virgen extra.
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Nueces.
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Almendras.
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Anacardos.
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Semillas.
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Pescado azul.
Los omega 3 resultan además interesantes para la piel, el cuero cabelludo y la regulación de los procesos inflamatorios.
5. Niebla mental
Entras en una habitación y no recuerdas a qué ibas.
Abres el ordenador y durante unos segundos tampoco sabes qué demonios ibas a buscar.
La niebla mental puede tener muchísimas causas, pero también aparece relacionada con los cambios hormonales.
Algunas mujeres observan alteraciones en:
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Memoria.
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Concentración.
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Velocidad mental.
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Capacidad para encontrar palabras.
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Atención.
Estas manifestaciones son especialmente conocidas durante la perimenopausia y menopausia, etapas en las que los niveles de estrógenos dejan de mantener el patrón hormonal que habían seguido durante años.
Los estrógenos tienen además diferentes funciones en el cerebro y se relacionan con neurotransmisores, circulación cerebral y funcionamiento neuronal.
Muévete
El ejercicio es una estupenda herramienta para cuidar tanto el metabolismo como el cerebro.
La actividad física regular puede mejorar:
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Sensibilidad a la insulina.
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Circulación.
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Sueño.
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Estado de ánimo.
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Respuesta al estrés.
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Concentración.
No necesitamos convertirnos en atletas.
Caminar, entrenar fuerza, bailar, nadar o realizar cualquier actividad que podamos mantener con regularidad ya supone una diferencia.
6. Apatía y pérdida de interés
No estás exactamente triste.
Tampoco especialmente enfadada.
Simplemente no te apetece absolutamente nada.
Durante el ciclo menstrual pueden existir cambios normales en nuestra necesidad de actividad social, descanso, apetito y deseo sexual.
En la fase lútea, después de la ovulación, aumenta la progesterona y posteriormente, si no se produce embarazo, descienden tanto progesterona como estrógenos.
Algunas mujeres notan entonces:
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Mayor necesidad de tranquilidad.
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Menos ganas de socializar.
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Cambios de apetito.
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Menor energía.
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Cambios en la libido.
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Mayor sensibilidad emocional.
Eso no significa necesariamente que exista ningún problema.
Otra cosa diferente es que el desinterés sea persistente y vaya acompañado de pérdida de energía, disminución del deseo sexual, alteraciones de memoria o cambios importantes en el bienestar.
Aquí podemos encontrarnos también con la DHEA.
La dehidroepiandrosterona (DHEA) es una hormona esteroidea producida principalmente por las glándulas suprarrenales y actúa además como precursora de otras hormonas sexuales.
Sus niveles alcanzan sus valores más elevados durante la juventud y disminuyen progresivamente con la edad.
La DHEA se ha relacionado con:
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Vitalidad.
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Libido.
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Masa muscular.
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Estado de ánimo.
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Función cognitiva.
Por eso, dentro de una valoración hormonal más amplia, puede resultar interesante observarla cuando existen determinados patrones de agotamiento, pérdida de deseo y disminución de vitalidad.
El estrés crónico y la falta de sueño también pueden alterar el funcionamiento del eje que regula nuestra respuesta al estrés y modificar nuestra percepción de energía y bienestar.
Reduce el azúcar
Un consumo elevado de azúcar refinado favorece grandes oscilaciones de glucosa e insulina.
Y esas oscilaciones pueden terminar reflejándose en:
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Energía.
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Hambre.
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Estado de ánimo.
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Concentración.
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Piel.
Además, insulina, hormonas sexuales y metabolismo no funcionan como compartimentos independientes.
Nuestro sistema endocrino es precisamente eso: un sistema.
Las hormonas no trabajan solas
Este es probablemente el concepto más importante.
No tenemos una caja para la tiroides, otra para los ovarios, otra para las suprarrenales y otra para la insulina.
Todos estos sistemas se comunican.
Por eso una mujer puede empezar consultando porque duerme mal y, al observar el conjunto, descubrir que además han cambiado sus menstruaciones, tiene más hambre, ha perdido libido, se le cae el pelo y ya no tolera el estrés como antes.
Por separado parecen pequeñas cosas.
Juntas pueden estar contando una historia hormonal.
Y aprender a observar esos cambios es muchas veces el primer paso para comprender qué está ocurriendo.
Este artículo tiene carácter informativo y educativo. Los síntomas hormonales pueden tener diferentes causas y deben valorarse en conjunto, especialmente cuando son persistentes, aparecen de forma brusca o interfieren significativamente en la vida diaria.


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