
La correcta alimentación es fundamental en todas las etapas de la vida, pero adquiere una importancia especial durante la infancia, cuando el organismo se encuentra en pleno crecimiento y desarrollo.
Sin embargo, es muy frecuente que los padres lleguen preocupados porque su hijo «no come nada».
Y aquí lo primero es distinguir entre un niño que realmente presenta falta de apetito y otro que simplemente come menos de lo que los adultos esperamos.
El apetito infantil no es constante.
Puede variar según la edad, el ritmo de crecimiento, la actividad física, el sueño, el estado emocional, las enfermedades e incluso la época del año.
Por eso, antes de intentar abrirle el apetito a toda costa, debemos preguntarnos algo mucho más importante:
¿Por qué no quiere comer?
¿Por qué un niño puede perder el apetito?
El apetito es el deseo de comer y está regulado por numerosos mecanismos digestivos, hormonales, neurológicos y emocionales.
En los niños puede disminuir temporalmente por:
- cansancio;
- estrés;
- ansiedad;
- cambios familiares;
- enfermedades;
- fiebre;
- molestias digestivas;
- estreñimiento;
- determinados medicamentos;
- falta de sueño;
- exceso de picoteo entre comidas;
- crecimiento más lento durante determinadas etapas.
También podemos encontrarnos con niños que rechazan determinados sabores, olores o texturas.
Por eso la inapetencia no debería interpretarse automáticamente como un capricho.
Antes de estimular el apetito, observa al niño
No debemos mirar solamente cuánto queda en el plato.
También podemos observar:
- si está creciendo correctamente;
- si mantiene su peso;
- si tiene energía;
- cómo duerme;
- cómo son sus deposiciones;
- si tiene dolor abdominal;
- si presenta gases o hinchazón;
- si está excesivamente cansado;
- si rechaza todos los alimentos o solamente algunos;
- si tiene hambre entre comidas;
- cuánto picotea durante el día.
Un niño activo, que crece correctamente y que simplemente atraviesa una temporada en la que come menos no presenta la misma situación que un niño que está perdiendo peso, se encuentra continuamente cansado o tiene síntomas digestivos.
¿Pueden ayudar los probióticos a los niños con poco apetito?
Aquí entramos en algo especialmente interesante.
El intestino no sirve únicamente para digerir la comida.
En él convive una enorme comunidad de microorganismos que participa en numerosos procesos relacionados con la digestión, el aprovechamiento de nutrientes y la relación entre intestino, sistema inmunitario y sistema nervioso.
Cuando un niño presenta una alteración de su microbiota intestinal podemos encontrar síntomas como:
- gases;
- hinchazón;
- digestiones incómodas;
- alteraciones de las deposiciones;
- molestias abdominales;
- cambios después de determinados tratamientos;
- rechazo de la comida porque comer termina asociándose con sentirse mal.
En estos casos, trabajar sobre la microbiota puede formar parte del abordaje.
Los probióticos para niños aportan microorganismos seleccionados destinados a complementar y favorecer el equilibrio de la microbiota intestinal.
Pero debemos elegirlos correctamente.
No todos los probióticos son iguales y no todas las cepas tienen las mismas aplicaciones.
Probióticos después de los antibióticos
Una situación especialmente frecuente es que el niño haya necesitado un tratamiento antibiótico y posteriormente aparezcan cambios digestivos.
Los antibióticos actúan sobre las bacterias responsables de determinadas infecciones, pero también pueden modificar la microbiota intestinal.
Por eso, cuando después de un tratamiento encontramos:
- diarrea;
- estreñimiento;
- gases;
- molestias digestivas;
- cambios en las deposiciones;
- disminución del apetito,
puede resultar interesante prestar atención al intestino y valorar la utilización de probióticos adecuados para su edad.
Vitaminas y minerales cuando un niño no come
Otro error habitual consiste en pensar que cualquier multivitamínico va a abrir automáticamente el apetito.
Primero debemos preguntarnos si existe alguna carencia.
Hierro, zinc, vitaminas del grupo B, vitamina D y otros nutrientes participan en el crecimiento, el metabolismo y el funcionamiento normal del organismo.
Una alimentación demasiado limitada puede favorecer carencias, pero también puede ocurrir al revés: determinados déficits pueden acompañarse de cansancio y alteraciones del apetito.
Por eso suplementar sin saber qué estamos buscando no siempre es la mejor estrategia.
Consejos para estimular el apetito de los niños
Crea un ambiente agradable
La hora de comer no debería convertirse diariamente en una batalla.
Si cada comida empieza con:
«Cómete eso.»
«Te quedan tres cucharadas.»
«Hasta que no termines no te levantas.»
el niño puede terminar asociando la comida con tensión y conflicto.
Comer juntos, conversar y crear un ambiente agradable puede resultar mucho más eficaz.
Sirve porciones pequeñas
Un plato enorme puede resultar abrumador para un niño con poco apetito.
Es preferible servir una cantidad pequeña y permitirle repetir si quiere.
Psicológicamente resulta mucho más agradable terminar un pequeño plato y pedir más que enfrentarse desde el principio a una montaña de comida.
Evita el picoteo continuo
Si un niño pasa todo el día tomando galletas, zumos, leche, snacks o pequeñas cantidades de comida, es bastante lógico que llegue sin hambre a la comida principal.
Necesitamos dejar espacio para que aparezca el apetito.
Haz que la comida resulte atractiva
No necesitamos convertir cada plato en un parque temático.
Pero podemos jugar con:
- colores;
- formas;
- diferentes texturas;
- presentaciones;
- alimentos que pueda comer con las manos;
- platos en los que el propio niño pueda participar.
También resulta muy útil dejarle colaborar en la cocina.
Un alimento que el niño ha lavado, mezclado o ayudado a preparar puede despertar mucha más curiosidad.
No utilices la comida como premio o castigo
«Si te comes las verduras te doy chocolate» transmite un mensaje bastante claro:
Las verduras son el castigo y el chocolate es el premio.
Queremos precisamente evitar esa asociación.
Respeta las señales de hambre y saciedad
Los niños también saben cuándo están llenos.
Nuestro objetivo no debería ser conseguir que coman siempre todo lo que hemos decidido ponerles en el plato.
Queremos ayudarles a mantener una buena relación con la comida y a reconocer sus propias señales de hambre y saciedad.
La paciencia también forma parte del tratamiento
La inapetencia infantil no siempre es producto de un capricho.
En ocasiones ni siquiera el propio niño sabe explicar qué le ocurre.
Puede estar cansado.
Puede tener molestias digestivas.
Puede estar preocupado.
Puede atravesar una etapa de crecimiento más lento.
O sencillamente puede no necesitar la cantidad de comida que nosotros pensamos.
Por eso, antes de perseguirle por toda la casa con una cuchara, merece la pena observar.
Cuando existe un problema digestivo, trabajar sobre la microbiota mediante alimentación y probióticos adecuados puede resultar una herramienta muy interesante.
Cuando existe una carencia nutricional, habrá que corregirla.
Y cuando el niño simplemente está sano y creciendo correctamente pero come menos durante una temporada, quizá lo que necesitemos no sea estimular su apetito.
Quizá necesitemos confiar un poco más en él.
Si la falta de apetito es persistente y aparece acompañada de pérdida de peso, detención del crecimiento, cansancio importante, vómitos, diarrea persistente, dolor o cualquier otro síntoma llamativo, sí debemos averiguar qué está ocurriendo antes de intentar solucionarlo únicamente con un suplemento.


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