Para qué sirve el yodo

El yodo es un oligoelemento esencial estrechamente relacionado con la glándula tiroides. Su función más conocida, y probablemente la más importante, es formar parte de las hormonas tiroideas.

La tiroxina (T4) contiene cuatro átomos de yodo y la triyodotironina (T3) contiene tres. Esta pequeña diferencia forma parte de un sistema hormonal capaz de influir sobre el metabolismo energético de prácticamente todo nuestro organismo.

Por eso el yodo termina estando relacionado con cuestiones aparentemente tan diferentes como energía, temperatura corporal, crecimiento, sistema nervioso, corazón, intestino, piel o reproducción.

No porque el yodo actúe directamente sobre todos estos órganos, sino porque sin suficiente yodo la tiroides no puede fabricar adecuadamente sus hormonas.

Yodo y funcionamiento de la tiroides

La glándula tiroides posee un sistema especializado para captar yoduro de la sangre y utilizarlo en la fabricación de T4 y T3.

Una vez liberadas, estas hormonas viajan por el organismo regulando multitud de procesos metabólicos.

Por eso antiguamente se decía que el yodo «quema las grasas y proporciona energía». En realidad, el yodo no es un quemagrasas. Son las hormonas tiroideas las que participan en la regulación del gasto energético, utilización de nutrientes, producción de calor y metabolismo de grasas e hidratos de carbono.

Y aquí aparece una diferencia importante: aportar yodo cuando existe una carencia no es lo mismo que administrar más yodo a una persona cuya tiroides ya dispone del que necesita.

Con el yodo, más no significa mejor.

Yodo, cerebro y crecimiento

Durante el embarazo, la infancia y las etapas de crecimiento, el yodo adquiere una importancia enorme.

Las hormonas tiroideas son fundamentales para el desarrollo cerebral y neurológico, además del crecimiento y maduración de numerosos tejidos.

Una deficiencia importante durante la gestación y los primeros años de vida puede tener consecuencias especialmente graves precisamente porque el sistema nervioso se encuentra en pleno desarrollo.

En el adulto, una función tiroidea alterada también puede acompañarse de cambios en concentración, memoria, velocidad mental, estado de ánimo y energía.

Éste es el origen de aquella antigua asociación entre yodo y «facultades mentales». El protagonista fisiológico vuelve a ser el correcto funcionamiento del eje tiroideo.

Temperatura, energía y metabolismo

Las personas con una actividad tiroidea insuficiente pueden experimentar cansancio, intolerancia al frío, estreñimiento, piel seca, cabello áspero y tendencia a ganar peso.

Son signos clásicos del hipotiroidismo, pero no significan automáticamente que exista falta de yodo.

Podemos tener hipotiroidismo disponiendo de suficiente yodo, porque existen diferentes alteraciones capaces de afectar a la glándula tiroides.

Esto es especialmente importante hoy, cuando muchos productos destinados a «activar la tiroides» incorporan algas o grandes cantidades de yodo sin saber previamente qué está ocurriendo.

Síntomas de carencia de yodo

El signo clásico de una deficiencia mantenida es el bocio, es decir, el aumento del tamaño de la glándula tiroides.

Cuando falta yodo, el organismo intenta mantener la producción de hormonas tiroideas y la glándula puede aumentar de tamaño como mecanismo compensatorio.

Una deficiencia suficientemente importante puede terminar produciendo hipotiroidismo y, con él, aparecer síntomas como:

  • fatiga;

  • intolerancia al frío;

  • estreñimiento;

  • piel seca;

  • cabello áspero o quebradizo;

  • dificultad para mantener un peso adecuado;

  • alteraciones de la concentración;

  • y cambios en la función menstrual y reproductiva.

En niños, además, una carencia importante puede afectar al crecimiento y desarrollo neurológico.

La menopausia, sin embargo, no es un síntoma de falta de yodo, aunque durante esta etapa puedan coexistir cambios hormonales y alteraciones tiroideas que merezca la pena diferenciar.

Yodo, cabello, uñas y piel

El cabello y la piel responden con bastante sensibilidad a los cambios de la función tiroidea.

Cuando existe hipotiroidismo pueden aparecer piel seca, caída o fragilidad del cabello y cambios en las uñas.

Por eso el yodo aparece tradicionalmente asociado a pelo, piel y uñas.

Pero nuevamente debemos distinguir entre aportar un nutriente necesario y utilizarlo como tratamiento cosmético.

Si la persona dispone de suficiente yodo y su tiroides funciona correctamente, añadir más no hará necesariamente que el cabello crezca más fuerte.

Yodo y función cardiovascular

Las hormonas tiroideas influyen también sobre la frecuencia cardíaca, el gasto cardíaco y la resistencia vascular.

Por eso las alteraciones tiroideas pueden acompañarse de cambios importantes en la circulación y en la presión arterial.

En oligoterapia encontramos además asociaciones tradicionales del yodo con manganeso y cobre dentro de determinados terrenos constitucionales y alteraciones circulatorias.

Es un uso diferente del papel nutricional del yodo y forma parte del repertorio clásico de oligoelementos.

Usos tradicionales del yodo en oligoterapia

Dentro de la oligoterapia, el yodo ha aparecido tradicionalmente asociado a un repertorio bastante amplio de situaciones, entre ellas:

  • alteraciones funcionales de la tiroides;

  • hipertensión e hipotensión;

  • alopecia y uñas quebradizas;

  • celulitis;

  • alteraciones del metabolismo lipídico;

  • amenorrea y otros trastornos menstruales;

  • espasmos palpebrales;

  • tinnitus o acúfenos;

  • rinitis crónica;

  • bronquitis crónica;

  • y diferentes alteraciones relacionadas con el terreno endocrino y metabólico.

Esta utilización pertenece al marco de la oligoterapia y no debe confundirse con los síntomas de una deficiencia nutricional de yodo.

Esa distinción es importante porque una persona puede presentar cualquiera de estos problemas sin tener absolutamente ninguna carencia de yodo.

Fuentes naturales de yodo

El contenido de yodo de los alimentos depende bastante del medio en el que se producen.

Entre sus fuentes encontramos:

  • pescados marinos como bacalao y abadejo;

  • mariscos como gambas y otros crustáceos;

  • huevos y algunos productos lácteos;

  • sal yodada;

  • algas marinas;

  • kelp;

  • y fucus.

Las algas merecen una consideración especial.

Son capaces de concentrar minerales presentes en el medio marino y algunas pueden contener cantidades extraordinariamente elevadas de yodo.

Además, la concentración puede variar muchísimo entre especies e incluso entre diferentes productos de una misma alga.

Por eso «natural» no significa necesariamente «cantidad pequeña».

Un preparado de kelp o fucus puede aportar mucho más yodo que un alimento convencional y no me parece buena idea utilizarlo indiscriminadamente para estimular la tiroides.

¿Quién puede tener mayor riesgo de carencia?

La introducción de la sal yodada fue una de las grandes medidas nutricionales destinadas a disminuir la deficiencia de yodo y el bocio en numerosas poblaciones.

El riesgo puede aumentar cuando la alimentación aporta poco yodo, especialmente si tampoco se consume sal yodada ni alimentos marinos.

Las necesidades adquieren además especial importancia durante embarazo y lactancia, debido al papel de las hormonas tiroideas en el desarrollo neurológico.

También existen sustancias presentes en algunos alimentos que pueden interferir con diferentes aspectos del metabolismo tiroideo cuando concurren determinadas circunstancias, aunque en una alimentación variada y con un aporte adecuado de yodo esto no significa que debamos eliminar esos alimentos.

El exceso de yodo también puede alterar la tiroides

Ésta es probablemente la particularidad más importante del yodo.

Podemos tener problemas por defecto y por exceso.

Ante una entrada muy elevada de yodo, la glándula tiroides dispone de mecanismos destinados a reducir temporalmente la síntesis hormonal. Uno de ellos se conoce como efecto Wolff-Chaikoff.

Normalmente el organismo consigue adaptarse, pero no siempre ocurre de la misma manera.

En determinadas personas, un exceso de yodo puede favorecer hipotiroidismo. En otras, especialmente cuando existen ciertas alteraciones tiroideas previas, una carga elevada puede precipitar hipertiroidismo.

Por eso me parece especialmente importante tener cuidado con los complementos de algas concentradas.

Una glándula tiroides alterada no siempre necesita más yodo.

Contraindicaciones y precauciones

Las cantidades de yodo que obtenemos normalmente a través de una alimentación equilibrada no tienen nada que ver con una ingesta excesiva mediante productos concentrados.

Un exceso importante puede producir sabor metálico, irritación de boca y garganta, aumento de salivación, molestias digestivas, náuseas, diarrea y alteraciones tiroideas.

Las personas con enfermedades de la tiroides deben prestar especial atención a los productos que contienen cantidades elevadas de yodo, particularmente kelp, fucus y otros concentrados de algas.

También existen medicamentos que contienen o modifican considerablemente la exposición al yodo y que pueden alterar la función tiroidea.

El yodo utilizado sobre la piel pertenece a otro contexto. Los antisépticos yodados pueden producir irritación o dermatitis de contacto en algunas personas y deben utilizarse conforme a las características del producto.

Un mineral pequeño con una función enorme

El yodo es un magnífico ejemplo de por qué con los oligoelementos no debemos pensar en términos de «cuanto más, mejor».

Necesitamos muy poco, pero ese poco resulta imprescindible para fabricar T4 y T3.

Y a través de esas dos hormonas termina influyendo sobre crecimiento, cerebro, temperatura, energía, metabolismo, corazón, intestino, piel y reproducción.

La clave está precisamente en el equilibrio.

Porque tanto la carencia como el exceso de yodo pueden alterar el funcionamiento de la misma glándula que pretendemos proteger.

Este artículo tiene finalidad educativa e informativa. La suplementación con yodo, especialmente mediante algas concentradas, debe individualizarse cuando existen alteraciones tiroideas o se utilizan medicamentos que puedan modificar la función de la tiroides.

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