Las 3 causas mas habituales de la piel seca

Nuestra piel refleja en muchas ocasiones nuestro estado de salud. Cuando algo no funciona correctamente en el interior, a veces es precisamente en el exterior donde empiezan a aparecer las primeras pistas.

Y tiene sentido si lo pensamos bien: la piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo y constituye nuestra principal barrera frente al exterior.

Si tienes los talones agrietados, te pican las manos o el cuero cabelludo o notas la piel de la cara seca, tirante y apagada, quizá no deberías considerarlo únicamente un problema de belleza y limitarte a aplicar una crema.

La crema puede ayudarnos a proteger y reparar la barrera cutánea, por supuesto, pero también podemos preguntarnos:

¿Por qué se está secando mi piel?

Hay muchísimas causas posibles, pero hoy vamos a detenernos en tres que podemos valorar desde la alimentación y la salud digestiva.

1. Deshidratación

El agua es fundamental para prácticamente todas las funciones de nuestro organismo y también participa en el mantenimiento normal de los tejidos.

Una hidratación insuficiente puede contribuir a que la piel pierda parte de su aspecto saludable y se encuentre menos flexible.

Sin embargo, conviene hacer una distinción: tener la piel seca no significa automáticamente estar deshidratado.

La sequedad cutánea depende en gran medida de la capacidad de la capa más externa de nuestra piel para retener agua y mantener intacta su barrera protectora.

Por eso podemos beber suficiente agua y seguir teniendo la piel seca.

Aun así, lo primero es asegurarnos de que estamos correctamente hidratados.

Además de beber según nuestras necesidades, podemos incorporar alimentos naturalmente ricos en agua como:

  • sandía;
  • naranja;
  • melón;
  • pepino;
  • lechuga;
  • apio;
  • espinacas;
  • otras frutas y verduras frescas.

También conviene observar nuestro consumo de alcohol y no utilizar continuamente bebidas con cafeína como sustituto del agua.

Y hay otro detalle importante: hidratar la piel desde dentro no elimina la necesidad de cuidarla desde fuera.

Duchas demasiado calientes, jabones agresivos, calefacción, aire acondicionado, frío, viento o lavarnos excesivamente pueden deteriorar la barrera cutánea y favorecer la pérdida de agua.

2. Deficiencia o desequilibrio de ácidos grasos

Los ácidos grasos omega-3 participan en numerosas funciones del organismo y resultan especialmente interesantes para la salud cardiovascular, cerebral y celular.

Pero las grasas también son fundamentales para nuestra piel.

La barrera cutánea contiene diferentes lípidos que ayudan a evitar una pérdida excesiva de agua y mantienen la piel flexible y protegida.

Por eso una alimentación excesivamente pobre en grasas o desequilibrada puede terminar reflejándose también en nuestro aspecto exterior.

Para mejorar la calidad de las grasas de nuestra alimentación podemos incluir:

  • nueces;
  • semillas de lino;
  • semillas de chía;
  • aceite de lino;
  • salmón;
  • arenque;
  • sardinas;
  • caballa;
  • trucha.

Las semillas de lino, chía y las nueces aportan principalmente ácido alfa-linolénico o ALA, mientras que el pescado azul proporciona directamente EPA y DHA.

También podemos recurrir a un complemento de omega-3 cuando sea necesario, especialmente cuando nuestra alimentación aporta poca cantidad de estas grasas.

Pero no debemos obsesionarnos únicamente con los omega-3.

La piel necesita una alimentación que proporcione suficientes grasas de calidad en conjunto, además de proteínas, vitaminas, minerales y antioxidantes.

3. Mala absorción de las grasas

Esta es probablemente la causa menos evidente y, precisamente por eso, una de las que más me interesa.

Podemos estar consumiendo grasas de excelente calidad y, sin embargo, no absorberlas correctamente.

La digestión de las grasas es un proceso bastante complejo.

Necesitamos una correcta producción y liberación de bilis, una adecuada actividad pancreática y enzimas como las lipasas, que permiten descomponer los triglicéridos para facilitar posteriormente su absorción intestinal.

Cuando este proceso no funciona correctamente pueden aparecer otros síntomas además de una piel seca, escamosa o tirante.

Por ejemplo:

  • digestiones pesadas después de comidas grasas;
  • hinchazón;
  • molestias abdominales;
  • cambios en las deposiciones;
  • heces especialmente grasas, brillantes o difíciles de limpiar;
  • déficits nutricionales.

Además, una mala absorción mantenida de grasas puede comprometer la absorción de las vitaminas liposolubles A, D, E y K.

Y algunas de ellas tienen una relación especialmente importante con la piel.

Por eso, cuando la sequedad cutánea aparece acompañada de problemas digestivos, merece la pena mirar un poco más allá del bote de crema.

Entre las situaciones que pueden alterar la digestión o absorción de nutrientes encontramos diferentes enfermedades intestinales, pancreáticas o biliares, además de problemas como la enfermedad celíaca o la enfermedad de Crohn.

Las enzimas digestivas que contienen lipasa pueden resultar interesantes en determinados casos para apoyar la digestión de las grasas, pero si realmente existe una malabsorción debemos averiguar primero por qué está ocurriendo.

La piel también se alimenta desde dentro

Una piel seca no siempre significa que tengamos una enfermedad ni una deficiencia nutricional.

Muchas veces la explicación será mucho más sencilla: invierno, calefacción, duchas demasiado calientes, exceso de jabón, menopausia, cambios hormonales o simplemente una barrera cutánea que necesita más cuidados.

Pero cuando la sequedad es persistente, aparece de repente o se acompaña de problemas digestivos, cansancio, caída del cabello, alteraciones en las uñas u otros síntomas, tiene sentido observar también lo que está ocurriendo dentro.

Porque podemos aplicarnos una crema estupenda todos los días.

Pero si nos falta agua, nuestra alimentación no proporciona las grasas que necesitamos o nuestro intestino no está absorbiendo correctamente los nutrientes que le damos, también tendremos que trabajar desde dentro.

La piel no está separada del resto del organismo.

Y muchas veces nos cuenta bastante más de nuestra salud de lo que pensamos.

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