
Como cada vez me preguntáis más por esos remedios de la abuela de toda la vida, y a mí me encanta recopilarlos, he estado acosando a mi familia gallega, que es de donde me viene a mí lo de las hierbas, para rescatar algunos de los remedios más raros y pintorescos que pudiese encontrar.
La condición era que no me contasen cualquier cosa.
Tenían que ser remedios que realmente hubiesen utilizado en casa y que, según la experiencia familiar, mereciese la pena conservar.
Después de volver loco a medio parentesco, estos son los diez que he rescatado.
Algunos forman parte de la tradición popular, otros utilizan plantas que seguimos empleando actualmente y alguno probablemente os sorprenderá tanto como me sorprendió a mí.
1. Para las verrugas
Aquí aparecieron dos remedios.
Uno ya lo conocía perfectamente porque lo probé en mis propias carnes y el otro me dejó bastante intrigada.
Saliva de primera hora de la mañana
El más conocido consiste en aplicar sobre la verruga, durante unos quince días, un poco de la saliva que tenemos en la boca nada más despertarnos.
Este remedio lo conozco desde niña.
Cuando tenía unos 15 años me apareció una verruga en el dedo pulgar y miña avoa me dijo que hiciera precisamente esto.
Y doy fe de que la verruga terminó desapareciendo.
La explicación tradicional que se daba era que la saliva de primera hora de la mañana era especialmente ácida. En realidad, el pH de la saliva varía y no podemos explicar la desaparición de una verruga simplemente por su acidez.
Las verrugas comunes, además, pueden desaparecer espontáneamente debido a la respuesta inmunitaria frente al virus del papiloma humano que las produce.
Pero como este artículo trata precisamente de conservar aquellos remedios familiares que han ido pasando de generación en generación, aquí queda también el de mi abuela y mi verruga del pulgar.
Clavel rojo para las verrugas
Este segundo remedio yo no lo conocía.
Necesitamos flores de clavel rojo.
Las ponemos en agua y las hervimos durante 10 minutos.
Después:
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Colamos.
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Reservamos el líquido.
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Dejamos enfriar.
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Aplicamos sobre la verruga 3 veces al día durante una semana.
Un remedio tradicional bastante curioso que queda incorporado a mi colección.
2. Para los ronquidos
Aquí, además de la receta, me contaron unas cuantas anécdotas familiares bastante graciosas.
Si bien es cierto que las mujeres también podemos roncar, en mi familia la pesadilla nocturna parece que venía fundamentalmente por parte de los maridos.
Y si tienes un buen roncador al lado, conciliar el sueño puede convertirse en una auténtica aventura.
Remedio tradicional con eucalipto
Necesitamos:
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1 vaso de agua.
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2 cucharadas grandes y colmadas de hojas de eucalipto.
Ponemos el agua y el eucalipto al fuego y dejamos hervir durante 10 minutos, vigilando que no se quede sin agua y añadiendo pequeñas cantidades si fuese necesario.
Después dejamos enfriar.
Empapamos ligeramente un algodón en el líquido y lo pasamos suavemente por la zona situada sobre el labio superior, en la zona del bigote, evitando introducirlo dentro de la nariz.
Según mis tías, si el marido reconocía que roncaba, se hacía justo antes de acostarse.
Y si pertenecía a esa maravillosa categoría de hombres que aseguraban solemnemente que ellos jamás roncaban, esperaban a que se durmiese para hacerlo.
Ellas aseguraban que funcionaba casi siempre.
El «casi» correspondía especialmente a aquellas noches en las que el marido había bebido más de la cuenta. En esos casos, la recomendación familiar era bastante más práctica: buscar otra habitación para dormir.
Más allá de la anécdota, un ronquido muy intenso y habitual, especialmente cuando existen pausas respiratorias, despertares con sensación de ahogo o mucha somnolencia durante el día, merece atención porque puede estar relacionado con apnea obstructiva del sueño.
3. Para el dolor menstrual
Este es uno de los remedios herbales de la recopilación.
Mezclamos a partes iguales:
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Salvia.
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Hierbabuena.
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Manzanilla.
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Canela.
Ponemos al fuego:
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2 vasos de agua.
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1 cucharada generosa de la mezcla anterior.
Lo dejamos hasta que comience a hervir con fuerza.
Apagamos el fuego, dejamos reposar 10 minutos y colamos.
Añadimos 1 cucharada generosa de miel de romero.
Una vez tibia, tradicionalmente se toman 2 tazas al día mientras duren las molestias.
Con estas cantidades salen aproximadamente las dos tazas.
La salvia, la manzanilla, la hierbabuena y la canela forman una combinación aromática muy interesante para esos días en los que, además del dolor menstrual, podemos tener molestias digestivas o sensación de hinchazón.
Si aparece un dolor menstrual extraordinariamente intenso, incapacitante o diferente del habitual, especialmente acompañado de sangrados muy abundantes, ya no estamos hablando simplemente de recurrir a la infusión de la abuela: interesa conocer qué está produciendo ese dolor.
4. Para el olor de pies
Si te huelen los pies y ya lo has intentado todo, en mi familia aparece un remedio extremadamente sencillo:
arcilla en los pies antes de dormir.
Podemos utilizar arcilla adecuada para uso externo.
Preparación
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Colocamos la arcilla en un recipiente.
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Añadimos agua poco a poco.
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Removemos hasta obtener una pasta consistente.
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Aplicamos sobre los pies realizando un pequeño masaje.
-
Dejamos actuar.
La receta tradicional consiste en mantenerla durante la noche.
Podemos colocar una toalla sobre la cama o utilizar unos calcetines ligeros que no nos importe manchar.
A la mañana siguiente retiramos la arcilla y lavamos bien los pies.
Se puede repetir cuando vuelva a aparecer el olor.
La arcilla tiene una gran capacidad absorbente, por lo que resulta especialmente interesante en pies con mucha humedad y sudoración.
Eso sí: si el mal olor es persistente y además encontramos descamación, picor, grietas o alteraciones entre los dedos, debemos considerar también la posibilidad de hongos en los pies.
5. Para el ojo seco
Este es otro de los remedios que aparecía en mi tradición familiar: el agua de tomillo.
La receta era muy sencilla.
Se utilizaba:
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1 litro de agua.
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1 puñado de tomillo.
Y aquí tenemos una de esas maravillosas unidades de medida de nuestras abuelas: un puñado significa exactamente todo el tomillo que nos quepa en una mano.
Se hervía durante 3 minutos, se colaba y se dejaba enfriar.
Tradicionalmente esta preparación se utilizaba para lavar los ojos por la mañana y por la noche.
Aquí sí hago una adaptación importante en la forma de utilizar el remedio: una infusión casera no es una preparación estéril y no debemos introducirla directamente dentro del ojo.
Podemos conservar el tomillo dentro de nuestra recopilación tradicional, pero cuando necesitamos hidratar o lavar directamente la superficie ocular es preferible utilizar productos estériles específicamente formulados para los ojos.
Además, el ojo seco puede aparecer por muchas razones: ambiente seco, pantallas, edad, menopausia, medicamentos, alteraciones de las glándulas de Meibomio o diferentes problemas de la superficie ocular.
6. Para combatir el cansancio
Para este remedio necesitamos:
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60 gramos de menta.
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50 gramos de cola de caballo.
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4 vasos de agua, aproximadamente 1 litro.
Ponemos las plantas y el agua al fuego y hervimos durante 10 minutos.
Después colamos y reservamos.
Tradicionalmente se toma una taza al día, tibia, acompañada de una cucharada y media de miel de romero.
Es uno de los reconstituyentes que aparecieron en mi recopilación familiar.
La menta aporta su característico efecto aromático y refrescante, mientras que la cola de caballo es una de las plantas tradicionales que más encontramos en los antiguos remedios de herbolario.
Como siempre, una cosa es ese cansancio ocasional después de unos días especialmente intensos y otra un agotamiento persistente sin una explicación clara.
7. Para la ansiedad
Otro remedio sorprendentemente sencillo utiliza únicamente avena y miel de romero.
Necesitamos:
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3 cucharadas de avena.
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¼ de litro de agua.
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1 cucharada de miel de romero.
Hervimos las 3 cucharadas de avena en ¼ de litro de agua.
Retiramos del fuego y añadimos 1 cucharada de miel de romero.
Tradicionalmente se tomaba una taza antes de las comidas.
La avena ha sido utilizada desde hace muchísimo tiempo como alimento nutritivo y también dentro de preparados tradicionales destinados a épocas de nerviosismo, agotamiento y sobrecarga.
Es uno de esos remedios extremadamente simples que nuestras abuelas podían preparar con lo que tenían en la despensa.
8. Para las pequeñas quemaduras
Aquí la protagonista era la patata.
La receta familiar consistía en colocar una patata en la nevera aproximadamente media hora, cortarla y aplicar la superficie fresca sobre la zona quemada para aliviar la sensación de dolor.
Podía volver a aplicarse unas horas después.
En una quemadura reciente, sin embargo, hay algo todavía más sencillo que debemos hacer primero:
enfriar la zona bajo agua corriente fresca durante unos 20 minutos.
No utilizamos hielo directamente sobre la piel.
Una vez enfriada una quemadura pequeña y superficial, la patata fresca forma parte de esos remedios domésticos utilizados tradicionalmente por su efecto refrescante.
Naturalmente, esto hablamos de pequeñas quemaduras superficiales.
Las quemaduras extensas, profundas, eléctricas o químicas, las que afectan cara, manos, genitales o articulaciones importantes, o aquellas que desarrollan lesiones importantes necesitan otro tipo de atención.
9. Para los orzuelos
Para los orzuelos encontramos otro clásico de nuestras abuelas: la manzanilla romana.
Se prepara una infusión y, una vez templada, la receta tradicional consiste en aplicar cada 3 o 4 horas compresas empapadas sobre el párpado cerrado.
El calor suave de una compresa puede resultar agradable y favorecer el drenaje natural de un orzuelo.
Si utilizamos una preparación alrededor del ojo debemos extremar la higiene, utilizar una gasa o compresa limpia cada vez y mantener siempre el ojo cerrado.
No debemos apretar ni intentar reventar el orzuelo.
Si aumenta mucho la inflamación, afecta a la visión, se extiende por el párpado o no evoluciona adecuadamente, conviene revisarlo.
10. Para los callos
Y terminamos con una combinación muy de cocina y muy de remedio antiguo:
cebolla y ajo.
Necesitamos:
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1 vaso de agua.
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3 rodajas de cebolla.
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3 dientes de ajo grandes.
Ponemos todo al fuego y hervimos durante 5 minutos.
Después sacamos la cebolla y el ajo, desechando el agua de cocción.
Colocamos ambos ingredientes en un almirez y machacamos hasta obtener una pasta uniforme.
La receta tradicional consiste en:
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Aplicar la pasta sobre la zona del callo.
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Cubrirla con una gasa.
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Dejarla actuar durante unos minutos, sin superar los 20 minutos.
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Retirar.
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Lavar cuidadosamente con agua y jabón neutro.
El ajo fresco puede resultar bastante irritante para algunas pieles, por lo que si aparece ardor intenso debemos retirarlo inmediatamente y no continuar utilizándolo.
Tampoco aplicaremos esta preparación sobre piel agrietada, heridas o zonas inflamadas.
Los callos suelen aparecer precisamente donde existe presión o roce repetido. Por eso podemos trabajar sobre la dureza, pero si no corregimos el zapato, la pisada o aquello que está provocando continuamente la presión, probablemente volverá a aparecer.
Los remedios de nuestras abuelas también forman parte de nuestra historia
Una de las cosas que más me gustan de recopilar estos remedios es que detrás de cada uno hay mucho más que una planta o una receta.
Hay una forma de observar.
Una cocina.
Un jardín.
Una familia.
Y conocimientos que durante generaciones se transmitieron simplemente diciendo:
«Haz esto, que mi madre ya lo hacía».
Algunos de aquellos remedios podemos explicarlos hoy de otra manera. Otros los utilizamos actualmente de una forma algo diferente. Y algunos continúan siendo tan sencillos como una infusión, un poco de arcilla o una compresa caliente.
Pero me parece una pena que desaparezcan.
En mi caso, además, una parte importante de mi relación con las plantas viene precisamente de ahí, de mi familia gallega y de miña avoa.
Así que seguiré acosando al parentesco.
Seguro que todavía queda alguna receta escondida por ahí.
Este artículo recoge remedios tradicionales familiares con finalidad educativa y divulgativa. Que una preparación haya sido utilizada durante generaciones no significa que sea adecuada para cualquier situación; especialmente en ojos, oídos, quemaduras, heridas o síntomas persistentes debemos distinguir entre el autocuidado doméstico y aquello que necesita valoración.


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