
La miel es una sustancia dulce elaborada por las abejas a partir principalmente del néctar de las flores. Las abejas lo recogen, lo transforman mediante enzimas, lo van concentrando por evaporación y finalmente lo almacenan en los panales para utilizarlo como alimento de la colmena.
Aunque hoy estamos acostumbrados a verla simplemente como un edulcorante, la miel lleva miles de años utilizándose también con fines medicinales. Aparece en la medicina ayurvédica tradicional, los egipcios la utilizaron sobre heridas, los griegos la relacionaban con la salud y la longevidad y encontramos referencias a sus virtudes tanto en textos islámicos como bíblicos. Sus propiedades antimicrobianas, antioxidantes, calmantes y cicatrizantes explican que haya mantenido durante siglos un lugar especial entre alimento y remedio tradicional.
Propiedades de la miel
El color de la miel puede variar enormemente, desde tonos casi transparentes y ámbar muy claro hasta mieles oscurísimas. El color no determina por sí solo que una miel sea mejor o más cara; depende fundamentalmente de su origen floral, aunque también influyen el territorio, la época de recolección y el procesamiento. Lo mismo ocurre con el sabor, el aroma, la textura y buena parte de sus propiedades.
Una miel de romero no es igual que una de brezo, castaño, eucalipto, tomillo o Manuka.
Está compuesta principalmente por azúcares, sobre todo fructosa y glucosa, además de agua y cantidades menores de maltosa, sacarosa y diferentes oligosacáridos. Aproximadamente un 70-80 % de la miel está formado por azúcares, aunque las proporciones varían según su procedencia. También contiene pequeñas cantidades de aminoácidos, proteínas, enzimas, minerales, ácidos orgánicos y compuestos fenólicos y flavonoides.
Entre los minerales podemos encontrar potasio, calcio, magnesio, fósforo, hierro y diferentes oligoelementos, aunque la miel no debe considerarse una fuente mineral importante por las cantidades que normalmente consumimos.
Su pH suele ser ácido, aproximadamente entre 3,2 y 4,5, y esta acidez forma parte de su capacidad para dificultar el desarrollo de numerosos microorganismos. A ella se suman su elevada concentración de azúcares, su baja actividad de agua, la producción de peróxido de hidrógeno en determinadas mieles y diferentes sustancias procedentes de las plantas.
Precisamente por eso no todas las mieles son iguales desde el punto de vista biológico. La composición cambia dependiendo de la flora utilizada por las abejas y con ella cambia también su concentración de polifenoles, enzimas, pigmentos y compuestos antimicrobianos.
Miel cruda y miel procesada
Siempre he preferido la miel cruda, es decir, aquella que ha sufrido la mínima manipulación posible después de salir de la colmena.
Puede contener pequeñas partículas de polen, propóleos, cera y otros componentes naturales y conserva mejor determinadas enzimas y sustancias sensibles al calor.
La miel comercial puede filtrarse, calentarse o procesarse para facilitar el envasado, evitar la cristalización y conseguir un producto más uniforme. El calentamiento intenso y prolongado puede disminuir la actividad de determinadas enzimas y modificar parte de sus compuestos antioxidantes y antimicrobianos.
Eso no convierte automáticamente una miel calentada en “azúcar sin absolutamente ninguna propiedad”, pero si buscamos precisamente los componentes que hacen de la miel algo más interesante que un simple edulcorante, prefiero una miel cruda, de buena procedencia y lo menos manipulada posible.
La cristalización, por cierto, no significa que la miel se haya estropeado. Muchas mieles naturales cristalizan precisamente por su composición en glucosa y fructosa.
Beneficios de la miel
Tos y dolor de garganta
Probablemente sea uno de sus usos domésticos más conocidos.
La miel tiene un efecto emoliente: recubre la mucosa de la garganta y forma una película que puede disminuir la irritación y la sensación que desencadena la tos.
Por eso una cucharadita de miel sola o añadida a una infusión ha pasado de generación en generación.
También se ha comparado con medicamentos antitusivos como el dextrometorfano en infecciones respiratorias, observándose en distintos estudios una disminución de la frecuencia y molestia de la tos, especialmente nocturna.
Aquí probablemente trabajan varios mecanismos a la vez: el efecto físico sobre la mucosa, el dulzor que estimula la salivación, sus compuestos aromáticos y sus propiedades antimicrobianas y antiinflamatorias.
Heridas y quemaduras
Este es uno de los usos medicinales más antiguos y, curiosamente, uno de los que más se ha recuperado en la medicina moderna.
Antes de disponer de los antibióticos actuales la miel se utilizó ampliamente sobre heridas, úlceras y quemaduras.
Su elevada concentración de azúcares crea un ambiente osmótico poco favorable para muchos microorganismos; su acidez dificulta su crecimiento y determinadas mieles generan pequeñas cantidades de peróxido de hidrógeno mediante la enzima glucosa oxidasa.
Además mantiene un ambiente húmedo sobre la lesión y puede favorecer la eliminación del tejido desvitalizado y el proceso de cicatrización.
Por eso actualmente existen incluso mieles de grado médico, esterilizadas y preparadas específicamente para utilizar sobre heridas.
En uno de los estudios clásicos que recogía cuando escribí este artículo se trataron 59 pacientes con heridas y úlceras utilizando miel tópica y se observaron resultados favorables en la gran mayoría.
Y dentro de este terreno destaca especialmente la miel de Manuka, de la que hablaré más adelante.
Dermatitis seborreica y caspa
Este siempre me pareció uno de los usos más curiosos de la miel.
En un estudio realizado con pacientes que padecían dermatitis seborreica crónica del cuero cabelludo, cara y pecho se utilizó miel cruda diluida ligeramente en agua templada.
Se aplicaba aproximadamente una solución al 90 % de miel cada dos días, masajeando suavemente durante unos minutos y dejándola actuar antes de aclararla.
En cuatro semanas se observó una mejoría marcada. El picor disminuyó, la descamación empezó a desaparecer durante la primera semana y las lesiones cutáneas fueron mejorando durante las siguientes. Los pacientes también refirieron una mejoría subjetiva de la caída del cabello.
Posteriormente se utilizó una aplicación semanal como mantenimiento y los pacientes que continuaron con ella presentaron muchas menos recaídas que quienes dejaron de utilizarla.
Aquí tienen sentido tanto las propiedades antimicrobianas de la miel como su acción sobre la piel, el ambiente local y determinados microorganismos implicados en la dermatitis seborreica.
Energía y vitalidad
La miel contiene fundamentalmente glucosa y fructosa, así que constituye una fuente rápida de energía.
Por supuesto, la base para mantener una buena energía sigue siendo dormir correctamente y llevar una alimentación adecuada, pero hay momentos concretos en los que necesitamos combustible fácilmente disponible.
Por eso tradicionalmente se ha utilizado en épocas de cansancio, esfuerzo físico y recuperación, y puede resultar especialmente práctica antes, durante o después de determinados ejercicios.
La glucosa pasa rápidamente a sangre, mientras que la fructosa sigue una vía metabólica diferente, de modo que la combinación puede proporcionar una disponibilidad energética algo más progresiva que tomar únicamente glucosa.
De ahí que la miel haya tenido siempre bastante interés dentro de la alimentación deportiva.
Miel y alergias estacionales
Existe una práctica tradicional que consiste en utilizar miel producida en la misma zona en la que vive la persona cuando existen alergias estacionales.
La idea es que una miel local puede contener pequeñas cantidades de pólenes procedentes de las plantas de la zona y proporcionar una exposición oral repetida antes y durante la estación de polinización.
Tradicionalmente se recomienda comenzar varios meses antes, por ejemplo con una cucharadita diaria de miel local.
Esta es precisamente la razón por la que se insiste en que sea una miel cercana: una miel producida a cientos de kilómetros puede contener un perfil de pólenes completamente distinto.
Los resultados de las investigaciones realizadas sobre esta práctica han sido variables, probablemente porque tampoco todas las mieles contienen las mismas cantidades ni los mismos tipos de polen y porque las alergias respiratorias no dependen todas del mismo alérgeno.
Pero la conexión entre miel, polen y sistema inmunitario resulta interesante y explica que esta costumbre haya sobrevivido durante tanto tiempo.
Hay que recordar también la otra cara de la moneda: algunas personas sensibilizadas a determinados pólenes pueden reaccionar a una miel que contenga esos componentes, especialmente a pólenes de algunas familias vegetales.
Usos tradicionales de la miel
Entre los usos más habituales encontramos:
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tos y dolor de garganta;
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cansancio y falta de energía;
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heridas;
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quemaduras;
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dermatitis y determinadas alteraciones de la piel;
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alergias estacionales;
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herpes labial;
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apoyo durante el ejercicio;
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insomnio;
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y tradicionalmente también memoria, concentración, energía y vitalidad.
Miel de Manuka: propiedades y beneficios
En los últimos años ha adquirido muchísimo protagonismo una variedad especial: la miel de Manuka.
Procede principalmente del néctar de las flores del mānuka, Leptospermum scoparium, un arbusto originario de Nueva Zelanda y zonas de Australia.
Conviene no confundirlo con el conocido árbol del té, Melaleuca alternifolia, del que se obtiene el aceite esencial de árbol del té. Son plantas diferentes.
La miel de Manuka ha despertado especial interés por su potente actividad antibacteriana y por su capacidad para actuar frente a numerosas bacterias, incluidas cepas resistentes a antibióticos como Staphylococcus aureus resistente a meticilina (MRSA).
También se han investigado cepas MSSA, enterococos resistentes y muchas otras bacterias tanto Gram positivas como Gram negativas.
La miel convencional ejerce buena parte de su actividad antibacteriana mediante la combinación de alta concentración de azúcar, acidez y formación enzimática de peróxido de hidrógeno.
Sin embargo, la miel de Manuka posee además una potente actividad antibacteriana no dependiente del peróxido.
Durante años esta propiedad recibió el nombre de Unique Manuka Factor o UMF, porque no se conocía exactamente cuál era el compuesto responsable.
Actualmente sabemos que una parte fundamental de esa actividad procede del metilglioxal (MGO), presente en concentraciones especialmente elevadas en la miel de Manuka y formado a partir de la dihidroxiacetona presente en el néctar de la planta.
Pero el MGO no explica por sí solo toda la actividad de la miel. Intervienen también polifenoles y otros componentes de la matriz de la miel, y estudios recientes siguen encontrando una actividad antimicrobiana superior a la que producen aisladamente cantidades equivalentes de azúcar o metilglioxal.
Por eso actualmente encontramos mieles de Manuka etiquetadas tanto mediante su UMF como mediante su concentración de MGO.
Cuanto mayor sea la cifra, mayor suele ser su potencia antibacteriana, aunque naturalmente también aumenta muchísimo su precio.
Miel y herpes
La miel cruda se ha utilizado tradicionalmente sobre las lesiones de herpes labial.
Hay varios mecanismos que pueden explicar su utilidad sobre la lesión: mantiene una determinada humedad, favorece la reparación cutánea, su alta concentración de azúcares dificulta el crecimiento microbiano y la glucosa oxidasa añadida por las abejas puede generar pequeñas cantidades de peróxido de hidrógeno cuando la miel se diluye con los fluidos de la lesión.
Además, diferentes tipos de miel contienen compuestos con actividad antiviral y antiinflamatoria.
Uno de los pequeños estudios que más me llamó la atención comparó la aplicación tópica de miel con crema de aciclovir en 16 adultos con herpes recurrente, tanto labial como genital.
Cada paciente utilizó miel durante un brote y aciclovir durante otro, lo que permitía comparar ambos episodios en la misma persona.
En el herpes labial, el tiempo medio de curación fue un 43 % menor con miel, mientras que en el herpes genital fue un 59 % menor. También disminuyeron el dolor y la formación de costras. Dos episodios de herpes labial y uno genital llegaron a abortarse completamente durante el tratamiento con miel.
Años después se han realizado más investigaciones sobre miel y otros productos de la abeja en herpes, y esta sigue siendo una línea de trabajo interesante.
La miel actúa fundamentalmente sobre la lesión y su evolución local. El virus herpes simple permanece latente en los ganglios nerviosos, por lo que curar la lesión externa no significa eliminar el virus del organismo.
Miel, memoria y menopausia
Otra conexión curiosa es la de la miel con la memoria.
La miel aporta numerosos compuestos antioxidantes, especialmente polifenoles, que han despertado interés por su posible papel neuroprotector.
En 2011 se publicó además un estudio especialmente interesante en mujeres posmenopáusicas.
Participaron 102 mujeres, distribuidas entre un grupo que recibió 20 gramos diarios de miel Tualang de Malasia, otro que recibió tratamiento hormonal y un grupo control.
Después de 16 semanas, las mujeres que habían tomado miel mostraron mejoras en determinadas pruebas de memoria inmediata.
En mi artículo antiguo relacionaba este efecto también con la capacidad de la miel para favorecer la absorción del calcio. Hoy no necesitaría apoyarme tanto en esa explicación porque la propia miel contiene flavonoides, ácidos fenólicos y otros compuestos antioxidantes mucho más interesantes para explicar su relación con el tejido nervioso.
Esto abre además una conexión bonita con la menopausia, una etapa en la que cambios hormonales, sueño, estrés, metabolismo y función cognitiva están profundamente relacionados.
Miel e insomnio
La miel también se ha utilizado tradicionalmente antes de dormir.
Contiene glucosa y fructosa y puede producir una respuesta moderada de insulina. La insulina influye en la disponibilidad de aminoácidos y puede favorecer indirectamente la entrada relativa de triptófano al cerebro.
El triptófano es precursor de serotonina y posteriormente de melatonina, una de las principales señales químicas implicadas en la regulación del ciclo sueño-vigilia.
Por eso tiene cierta lógica fisiológica la antigua combinación de leche templada con miel antes de dormir: además del propio ritual relajante, aportamos hidratos de carbono y aminoácidos relacionados con las vías serotoninérgica y melatoninérgica.
No necesitamos grandes cantidades. Una pequeña cantidad de miel ya cumple perfectamente esa función.
Contraindicaciones y precauciones de la miel
Aunque sea un alimento natural, la miel sigue estando compuesta fundamentalmente por azúcares simples, de modo que la cantidad importa.
Su contenido de fructosa no es siempre del 53 % como aparecía en el artículo antiguo; normalmente la fructosa ronda aproximadamente el 38 %, la glucosa alrededor del 31 %, y las proporciones cambian mucho según la miel.
Las personas con diabetes, resistencia a la insulina, síndrome metabólico, triglicéridos elevados o sobrepeso deben tener en cuenta esta carga de azúcares y utilizarla dentro del conjunto de su alimentación.
Eso no significa que miel y azúcar refinado sean químicamente idénticos. La miel contiene además ácidos orgánicos, enzimas, polifenoles, pequeñas cantidades de minerales y numerosos compuestos procedentes de las plantas. Pero sigue siendo un alimento muy rico en azúcar, por lo que no tiene sentido tomarla sin límite por el hecho de ser natural.
Como orientación práctica, una o dos cucharadas son ya una cantidad considerable y normalmente no necesitamos más para obtener su sabor y utilizar sus propiedades.
Existe además una contraindicación absolutamente importante: los niños menores de 12 meses no deben consumir miel.
La miel puede contener esporas de Clostridium botulinum. El aparato digestivo de un adulto y el de un niño mayor puede impedir normalmente su germinación, pero el intestino todavía inmaduro de un lactante puede permitir que las esporas germinen y produzcan toxina, causando botulismo infantil.
Y esto también ocurre con la miel pasteurizada: el tratamiento habitual de la miel no garantiza la destrucción de estas esporas.
Las personas con alergia conocida a la miel, productos apícolas o determinados pólenes también deben tener precaución.
Por último, una propiedad extraordinaria de la miel es su capacidad de conservación. Su baja actividad de agua, elevada concentración de azúcar y acidez dificultan enormemente el crecimiento microbiano. Si se mantiene bien cerrada, protegida de humedad y contaminación, puede conservarse durante periodos larguísimos.
Puede cristalizar, oscurecerse o modificar lentamente su aroma con el tiempo, pero eso no significa necesariamente que se haya estropeado.
Quizá por eso la miel lleva acompañándonos durante miles de años. Es azúcar, sí, pero no es solamente azúcar. Dentro de una cucharada encontramos el trabajo de miles de abejas, las sustancias de las plantas que visitaron, enzimas añadidas durante su elaboración y una combinación química que cambia completamente de una miel a otra.
Y probablemente ahí está también la razón de que un alimento tan sencillo haya conseguido mantener durante más de cuatro mil años un lugar simultáneo en nuestra cocina y en nuestra medicina tradicional.


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