
Hace años hablar de probióticos era hablar prácticamente para cuatro personas que estudiábamos microbiota intestinal. Hoy encontramos probióticos en farmacias, herbolarios, supermercados e incluso anunciados en televisión.
Y, paradójicamente, cuanto más populares se han hecho, más fácil resulta cometer un error: pensar que todos los probióticos sirven para lo mismo.
No es así.
Cuando hablamos de probióticos nos referimos a microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, pueden proporcionar un beneficio al huésped. Pero sus propiedades dependen de algo fundamental: qué microorganismo estamos utilizando y, especialmente, qué cepa.
No podemos elegir un probiótico simplemente porque en la caja aparezcan veinte mil millones de bacterias.
Para trabajar correctamente sobre el intestino hay que mirar bastante más.
Probióticos y microbiota intestinal
Nuestro intestino alberga una enorme comunidad de microorganismos que participa en procesos digestivos y metabólicos, interactúa con la mucosa intestinal y mantiene una comunicación continua con nuestro sistema inmunitario.
Esta comunidad no es estática.
La alimentación, edad, estrés, infecciones, antibióticos, tránsito intestinal y numerosos factores pueden modificarla.
Los probióticos permiten introducir temporalmente microorganismos seleccionados con unas características concretas. Dependiendo de las cepas utilizadas pueden ayudarnos a trabajar sobre regularidad intestinal, consistencia de las deposiciones, gases, distensión abdominal y determinados cambios de la microbiota.
También pueden interactuar con las bacterias que ya viven en nuestro intestino, producir diferentes metabolitos y participar en el mantenimiento de la barrera intestinal.
Pero aquí aparece una diferencia que considero fundamental.
No se trata necesariamente de conseguir que las bacterias de una cápsula lleguen al intestino y se queden allí para siempre. Muchas cepas ejercen su función mientras atraviesan el aparato digestivo, interactúan con nuestro ecosistema intestinal y posteriormente desaparecen.
Por eso el probiótico debe elegirse por lo que queremos conseguir y no solamente por el número de microorganismos que contiene.
Probióticos e intestino irritable
El síndrome del intestino irritable (SII) es mucho más complejo que tener simplemente «mala digestión».
Puede cursar con dolor abdominal, distensión, gases y alteraciones de las deposiciones, predominando en algunas personas el estreñimiento, en otras la diarrea y en otras alternándose ambos.
Además, existe una estrechísima relación entre intestino y sistema nervioso.
No es casualidad que muchas personas observen que su aparato digestivo cambia radicalmente durante épocas de estrés, preocupación o ansiedad. El denominado eje intestino-cerebro mantiene una comunicación bidireccional continua en la que participan el sistema nervioso, las señales hormonales, el sistema inmunitario y la propia microbiota.
Por eso, en consulta nunca me interesa únicamente saber que una persona «tiene colon irritable». Me interesa saber cómo es ese intestino irritable.
¿Predomina diarrea o estreñimiento? ¿Hay distensión después de comer? ¿Muchos gases? ¿Dolor? ¿Empeora con el estrés? ¿Ha tomado antibióticos recientemente? ¿Existen intolerancias? ¿Cómo es su alimentación?
Todo esto cambia muchísimo la elección.
Una cepa no es lo mismo que una especie
Éste es probablemente uno de los conceptos más importantes a la hora de comprar un probiótico.
Podemos encontrar, por ejemplo, diferentes cepas pertenecientes a especies de Lactobacillus, Bifidobacterium y otros géneros bacterianos, además de microorganismos completamente diferentes como la levadura Saccharomyces boulardii.
Y no son intercambiables.
Incluso dentro de una misma especie, dos cepas pueden presentar características distintas.
Por eso me gustan los productos que identifican claramente género, especie y cepa, en lugar de limitarse a decir «complejo de lactobacilos».
Es exactamente lo mismo que ocurre con las plantas: saber que un producto contiene «una planta medicinal» no nos dice prácticamente nada. Necesitamos saber cuál.
Con los probióticos ocurre igual.
¿Más millones significa mejor probiótico?
Tampoco.
Las famosas UFC o unidades formadoras de colonias indican la cantidad de microorganismos viables presentes en el producto.
Es un dato importante, pero no es una competición para ver qué fabricante consigue escribir el número más grande en la caja.
Un producto con una cepa bien seleccionada y una cantidad adecuada puede ser mucho más interesante para un objetivo concreto que otro con una enorme cantidad de microorganismos elegidos sin demasiada lógica.
Además de las UFC, yo miraría las cepas utilizadas, para qué han sido seleccionadas, estabilidad del producto, conservación y momento hasta el que el fabricante garantiza su viabilidad.
Probióticos después de los antibióticos
Ésta es otra de las situaciones en las que más se utilizan.
Los antibióticos son necesarios en numerosas circunstancias, pero no distinguen perfectamente entre «la bacteria que queremos eliminar» y todas las demás bacterias que forman parte de nuestro ecosistema.
Por eso después de determinados tratamientos podemos encontrarnos con cambios en el tránsito, diarrea, gases o una microbiota diferente a la que teníamos anteriormente.
Aquí existen probióticos especialmente estudiados y Saccharomyces boulardii ocupa un lugar muy interesante porque, además, no es una bacteria sino una levadura.
Esto demuestra nuevamente por qué hablar simplemente de «tomar probióticos» se queda muy corto.
Probióticos y alimentación
Tampoco podemos pretender cuidar la microbiota únicamente tomando una cápsula.
Los microorganismos intestinales viven dentro de un ecosistema que alimentamos todos los días.
La fibra y los diferentes compuestos vegetales de nuestra dieta sirven de sustrato para distintas poblaciones bacterianas. De ahí el interés de verduras, frutas, legumbres, frutos secos, semillas y otros alimentos vegetales dentro de una alimentación variada.
Tenemos además los prebióticos, sustancias que son utilizadas selectivamente por determinados microorganismos y pueden favorecer cambios beneficiosos en la microbiota.
Y disponemos de alimentos fermentados como yogur, kéfir, chucrut, kimchi o determinadas preparaciones tradicionales que pueden aportar microorganismos o productos derivados de la fermentación.
Probióticos, prebióticos y alimentación no son exactamente lo mismo, pero forman parte de una conversación mucho más amplia: cómo cuidamos el ecosistema intestinal.
Cómo elegir un probiótico para adultos
No existe «el mejor probiótico» para todo el mundo.
Una persona que quiere acompañar una diarrea después de un antibiótico no está buscando necesariamente lo mismo que alguien con estreñimiento, distensión abdominal o síndrome de intestino irritable.
Por eso, cuando elegimos un producto, me fijaría en:
-
microorganismos y cepas que contiene;
-
finalidad para la que se ha formulado;
-
cantidad de microorganismos viables;
-
condiciones de conservación;
-
presencia de prebióticos u otros ingredientes;
-
y, sobre todo, qué está ocurriendo realmente en ese intestino.
En Herbolario de Confianza disponemos de diferentes probióticos para adultos, precisamente porque no considero que exista una única fórmula apropiada para cualquier problema digestivo.
En algunos casos una fórmula sencilla será suficiente. En otros puede interesarnos una combinación específica y, cuando existen problemas digestivos persistentes, merece la pena estudiar el conjunto antes de empezar a acumular suplementos.
Los probióticos son una herramienta extraordinariamente interesante, pero funcionan mucho mejor cuando dejamos de tratarlos como si fueran simplemente «bacterias buenas para el intestino».
La microbiota es bastante más compleja.
Y precisamente por eso resulta tan fascinante.


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